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"Si la libertad significa algo será,sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oir" George Orwell

domingo, 16 de octubre de 2016

Loris Zanatta y el populismo

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Su tesis central es que la democracia liberal está amenazada por los populismos tanto de derecha como de izquierda
por Claudio Chaves
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Loris Zanatta es un historiador italiano, profesor de la Universidad de Bolonia, especializado en temas iberoamericanos. Su foco de investigación es el peronismo, la Iglesia Católica y, en general el populismo, una categoría muy usada en la actualidad y manoseada por intelectuales de aliento corto. Suele visitar nuestro país, dar notas al periodismo, charlas en universidades y escribir artículos según se lo demanden. Está de moda. Su tesis central es que la democracia liberal está amenazada por los populismos tanto de derecha como de izquierda. En el diario La Nación(10/10/2016) afirmó: "Debemos defender la universalización de los valores modernos. Y hoy el populismo es el mayor desafío contra los principios iluministas. No interesa si se trata de populismo de derecha o de izquierda".
Esta aseveración merece un análisis detallado, aunque más no sea por medio de un artículo periodístico de difusión general.
El primer interrogante a despejar: ¿qué es el iluminismo? Para un lector no especializado en el tema y para no complicarle la existencia, el iluminismo fue y es una ideología que se potenció en Francia con aportes de intelectuales ingleses y norteamericanos. Hizo su aparición en el mundo en la primera mitad del siglo XVIII. Pueden usarse como sinónimos: racionalismo, enciclopedismo y, finalmente, liberalismo. Este cuerpo de doctrina habilitó los grandes cambios revolucionarios en los Estados Unidos, en 1776 y en Francia, en 1789. En esencia, el iluminismo se sostiene en la razón como único camino al conocimiento, al progreso, la convivencia social y al crecimiento económico, poseyendo, al mismo tiempo, un código ético. Como ideología, intenta cubrir todos los aspectos de la vivencia humana. En este sentido es totalitario, porque da respuestas a la totalidad de las dudas y las controversias. Para ser honesto, el racionalismo no admite la duda. Pero hay algo más importante que define al iluminismo y esto es la construcción de una idea, de una propuesta, de una forma de organización social cimentada en la cabeza, por medio de la razón y la especulación intelectual y llevada desde ahí hasta la realidad. Metida a presión. Desde arriba, por un gobierno omnímodo o desde abajo, por medio de una revolución de élites. Lo que podríamos llamar la construcción de la utopía que se impone a golpes de fuerza desde afuera de la historia con el afán de empezar de nuevo. Decía Friedrich Hegel acerca de la Revolución francesa: "Desde que el Sol está en el firmamento y los planetas giran a su alrededor, no se había visto que el hombre se sostuviera sobre su cabeza, es decir, sobre el pensamiento y construyera la realidad de acuerdo con él". Finalmente, Hegel tomó distancia de la revolución al transformarse esta en un baño de sangre.
De modo que el iluminismo fue responsable de la utopía redentorista de Maximilien Robespierre y su período de terror. Como también lo fue de George W. Bush cuando decidió la invasión a Irak, pues en esa oportunidad afirmó: "Estamos dispuestos a extender la dignidad humana, la libertad de culto y la libertad de conciencia" (Tzvetan Todorov). En una palabra, hacer tabula rasa con la historia, la cultura y las tradiciones de los pueblos y empezar de nuevo. Aunque volveremos sobre esto, el papa Francisco criticó duramente a las potencias occidentales por tratar de exportar su propio estilo de democracia a países como Irak y Libia, sin respetar la cultura política local (La Nación, 17/05/2016).
Aclarado en términos generales los males del iluminismo, pasemos a otra parte del texto de Zanatta: "El populismo, sea de izquierda o derecha, es el mayor desafío a los principios iluministas". Error, si de izquierda hablamos, hablamos de marxismo y este dogma es primo hermano del iluminismo. Construida en la cabeza la utopía comunista, su revolución se impone por la fuerza y desde afuera del desenvolvimiento histórico. Así mismo, la derecha, para Loris Zanatta, los nacionalismos como el fascismo y el nazismo, y su degradación en el resto del mundo, también son primos del iluminismo, aunque él lo ignore. Construida en la cabeza la utopía de la nación y la raza superior, se trata de imponerla por la fuerza. De modo que los tres cuerpos de doctrina son parientes, tienen un mecanismo similar. Y los tres han ocasionado catástrofes en el mundo.
 
Otro liberalismo. No iluminista
Juan Bautista Alberdi fue uno de los más profundos pensadores argentinos del siglo XIX, si no fue el mayor. Formó parte de la élite liberal que dio forma y contenido a nuestra patria. Batalló infatigablemente contra otro sector del liberalismo representado por Bartolomé Mitre y Domingo Faustino Sarmiento. Su liberalismo, salvo honrosas excepciones, no fue comprendido. Si bien difirió esencialmente del que profesaron contemporáneos suyos como Castelli, Rivadavia, Mitre o Sarmiento, por caso, sesgados al racionalismo iluminista de la Revolución francesa que puso en manos de la idea y la razón los destinos de la historia. Alberdi pensaba distinto, no creía que la idea se imponía a la realidad. Su liberalismo vinculado con el romanticismo construyó lo que se conoce como historicismo. Ambos, iluminismo e historicismo, pertenecen a la vasta ideología liberal, ambos creen en el progreso indefinido. Sin embargo, este progreso se alcanza por caminos diferentes. El racionalismo lo promueve por golpes bruscos y cambios revolucionarios, puesto que la razón se impone a la historia, o, lo que es lo mismo, la idea crea la realidad. Formulados, entonces, los valores, estos fuerzan el contexto en el marco espiritual de una utopía revolucionaria. En consecuencia, creen en la revolución como motor del progreso. A manera de ejemplo, tomo al azar una frase de Sarmiento, expresión del iluminismo criollo: "Y el hecho práctico desmiente solemnemente la idea del progreso lento, paulatino, moderado. El progreso ha sido siempre exabrupto, repentino, rápido".
Por el contrario, el historicismo entiende el progreso como un movimiento interior a la historia. Inmanente a ella, que, en un crescendo continuo y armonioso, alcanza el porvenir sin sobresaltos revolucionarios. Son leyes que responden a un sinfín de factores culturales, religiosos, históricos, geográficos o de costumbres las que impulsan la marcha. El progreso está en la naturaleza de la historia. Ínsito en ella. Creen en la evolución, no en la revolución. Esto hace que Alberdi afirmara: "Promover el progreso, sin precipitarlo; evitar los saltos y las soluciones violentas en el camino gradual de los adelantamientos; abstenerse de hacer, cuando no se sabe hacer, o no se puede hacer; proteger las garantías públicas, sin descuidar las individualidades […] cambiar, mudar, corregir conservando".
Los iluministas, por el contario, no conservan, arrasan las tradiciones y las costumbres. Se sienten obligados a una higiene general para adecuar la realidad a su utopía y homogeneizar la sociedad en torno a sus valores universales. Igualando lo que por naturaleza es diferente. Y este liberalismo historicista que Zanatta ignora es el que profesaba el general Juan Domingo Perón junto al general José María Sarobe y el sector liberal del Ejército comandado por el general Agustín P. Justo.
Veamos cómo eran el pensamiento y la comprensión que tenía de la realidad Juan Perón. Fue un lugar común en él la afirmación de "crear una montura y cabalgar la historia", o aquella otra de "ir con la marea". En su libro Conducción política escribía: "No hay recetas para conducir pueblos, ni hay libros que aconsejen cuáles son los procedimientos. Los pueblos se conducen vívidamente. Y las circunstancias son tan difíciles de apreciar que la inteligencia y el racionalismo son a menudo sobrepasados por la acción del propio fenómeno. Y para concebirlo hay solamente una cosa superior, que es la percepción intuitiva".
Observe el lector la valoración que Perón hace de la percepción y de la intuición como caminos al conocimiento. Tal como los románticos apreciaban el hecho cognitivo. Más adelante, en el mismo libro afirmaba: "La Revolución francesa fue preparada meticulosa y maravillosamente durante cuarenta años por los enciclopedistas, sin embargo no previeron un Danton ni un Marat que les cambió todos los papeles. Vale decir, no hay una continuidad segura entre el proyecto y la realización. Vale decir, no hay seguridad en el método ideal. Los acontecimientos suelen ser mucho más sabios".
Ideas que revelan un pensamiento que aplica al historicismo liberal que cree en la existencia de una fuerza interior que mueve a la historia hacia el progreso. Marcha que el hombre no puede torcer modificando su rumbo. A lo sumo, podrá atrasarlo o adelantarlo. Lo que pone en evidencia cierta comunión intelectual entre el liberalismo de Alberdi y el de Perón. Y no creo necesario demostrar que el General estuvo más cerca de la idea de evolución que de revolución.
Como otro de los puntos de vista de Zanatta tiene que ver con la Iglesia y el papa Francisco, le cuento al profesor de Bolonia que el investigador Austen Ivereigh, en su brillante libro sobre Francisco, El gran reformador, cita un trabajo del Papa de la década del setenta donde este afirma: "Lo peor que puede ocurrirle a un ser humano es dejarse arrastrar por las luces de la razón". Racionalismo que Jorge Bergoglio le atribuye tanto al iluminismo como al marxismo. Para el Papa, el pueblo posee una racionalidad y tiene su proyecto, que no se lo da nadie, descarta a las élites ilustradas que se oponen al "plan de Dios". En línea con su idea anteriormente citada de criticar a Occidente por imponer sus valores a sangre y fuego. Juan Carlos Scannone, teólogo jesuita, profesor de Bergoglio y padre, junto al sacerdote Lucio Gera, de la teología del pueblo, afirmaba: "La racionalidad sapiencial de la cultura popular no es la de la ilustración ni se corresponden con los cánones del razonamiento moderno tecnológico e instrumental". Y acotaba Gera: "No se trata de imponer categorías, sino de interpretar el proyecto del pueblo a la luz de la historia de la salvación".
En síntesis, lo que para los historicistas agnósticos son las leyes inmanentes de la historia, para los religiosos como Francisco es el plan de Dios. Pero en ambos existe el rechazo al accionar de fuerzas exteriores a la historia para modificarla de cuajo. Restaría saber si el plan de Dios es un orden ya dado o es el ejercicio de la libertad para construir el futuro. Es importante desmenuzar este intríngulis justo en el momento de la historia universal cuando las ideologías de la salvación por todos han caído irremediablemente.
Donde Ivereigh se equivoca es al atribuir al pensamiento de Bergoglio los colores y los sonidos del nacionalismo católico. Tanto el nacionalismo como el marxismo son cuerpos dogmáticos que deben su existencia al racionalismo y la ilustración, como afirma el filósofo francés Alain de Benoist (Comunismo y nazismo), al imponer tanto uno como otro la utopía de la sociedad sin clases o la utopía de la supremacía racial.
Ambos pretendieron torcer por la violencia la realidad circundante al hacer tabula rasa de costumbres y tradiciones. Forzando la modernidad a golpes de archipiélagos y cámaras de gases. Finalmente, ha sido Isaiah Berlin quien mejor definió al romanticismo y su revolución: "La importancia del romanticismo se debe a que constituyó el mayor movimiento reciente destinado a transformar la vida y el pensamiento del mundo occidental en los siglos XIX y XX, todos los otros que tuvieron lugar durante ese período parecen, en comparación, menos importantes".

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