Mailer secreto
26/10/2008
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Las cartas inéditas sobre política de norman mailer son los primeros textos del autor que ven la luz tras su muerte en 2007. 'el país semanal' les ofrece en exclusiva una selección. reflexiones sobre ee uu de uno de sus más valiosos intelectuales, que cobran especial relevancia a 10 días de una cita electoral crucial en la historia del país.
"Sólo voy a decir -y todavía no he escrito
Norman Mailer
A FONDO
Nacimiento: 31-01-1923 Lugar: (Long Branch)
La noticia en otros webs
webs en español
en otros idiomas
sobre este tema- que, mientras los demócratas,
y en primer lugar Clinton, me repugnan
con lo que llamo su 'política de boutique'
-un poco aquí, un poco allá, y todo servido
con grandes dosis de gilipollez por encima-,
los republicanos son una monstruosidad
psicótica. Por un lado, son Dios, bandera
y familia -aunque pocos de ellos reconocerían
a Jesucristo si estuviera haciendo pis en el retrete de al lado-, y un número asombroso
no ha servido jamás en las fuerzas armadas
ni ha oído una bala, y, como políticos, engañan como conejos a sus esposas y sus familias.
Pero da igual, ¿de qué sirve ser político si uno
no puede ganarse la vida siendo un hipócrita?".
A Sal Cetrano
28 de marzo de 1999
El fantasma de Harvard, Norman Mailer y la CIA
Por Barbara Probst Solomon
Voy a intentar situar las cartas de contenido político de Norman Mailer en el contexto de las fases fundamentales de su vida. Lo primero en lo que pensé fue en El fantasma de Harlot, sobre la CIA, que tal vez debería haberse llamado El fantasma de Harvard. Hace varios años le pregunté a Norman Mailer: "El fantasma de Harlot es una novela sobre Harvard, ¿verdad? Harvard fue el primer sitio en el que viste un microcosmos en el que el poder, el Gobierno, los comunistas y la CIA se mezclaron y se unieron para siempre". Me dijo que sí. En el libro, Mailer cuenta que llevaba 40 años pensando en escribir sobre la CIA. ¿Qué ocurrió hace 40 años, y por qué una espera tan larga?
En 1950, el profesor estrella de Harvard F. O. Matthiessen, que estaba perseguido por el HUAC [las siglas en inglés del Comité de Antiamericanos de la Cámara de Representantes] y Joseph McCarthy, alquiló una habitación en el piso 12 del hotel Manger, en una zona poco recomendable de Boston, y se arrojó desde la ventana. Aristócrata y heredero de la fortuna de la familia Westclox, Matthiessen tuvo la precaución, antes de saltar, de colocar sus dos pertenencias más preciadas en una mesa junto a una nota: su reloj de pulsera y su llave para entrar en la supersecreta Sociedad de la Calavera y los Huesos de Yale, cuyos miembros prestaban juramento de no traicionarse jamás unos a otros. Pese a ello, su íntimo amigo y camarada del club Henry Luce, propietario de Time / Life, había hecho mucho daño a Matty, como le llamaban sus amigos y alumnos. En un artículo de la revista Life se le había calificado de criptocomunista. Matthiessen tenía tendencia a la depresión crónica, y la muerte de su pareja, el artista Russell Cheney, le había dejado emocionalmente exhausto, a lo que había que añadir que el HUAC seguía acosándole. En su nota de despedida, Matthiessen decía: "Estoy deprimido por la situación del mundo. Soy cristiano y soy socialista. Estoy en contra de cualquier orden que interfiera con ese objetivo...".
La primera vez que oí hablar de Matthiessen fue cuando conocí a Norman, su esposa Bea, su hermana Barbara y Paco Benet, en París, en 1948. Mailer había publicado Los desnudos y los muertos, pero no sabía aún que, a su regreso a Nueva York, iba a convertirse, a los 25 años, en una estrella literaria mundial. Los mejores amigos de Norman y Bea en París eran otra pareja de Harvard, el crítico Mark Linenthal y la futura novelista Alice Adams. En las reuniones en el piso de Norman y Bea, en la Rue Madame, Mark hablaba del maravilloso verano que Alice y él habían pasado en la primera asamblea del Seminario de Estudios Americanos de Salzburgo, al que habían ido intelectuales de toda Europa.
MIENTRAS HABLÁBAMOS, sentí la angustia de Norman sobre qué escribir. ¿Cómo podía capturar el alma y el estado del Estados Unidos de posguerra? ¿Cómo sintonizar con las nuevas generaciones más jóvenes? Norman, por un lado, necesitaba el estímulo de sus amigos intelectuales como Mark Linenthal y Jean Malaquais, a quien va dirigida una de las cartas reproducidas a continuación. Por otro, quería ser capaz de escribir sobre la parte más siniestra de Estados Unidos. Y esa contradicción le persiguió toda su vida. Además tomaba prestados como personajes a sus amigos y familiares y les asignaba papeles más dramáticos que en la vida real. Por ejemplo, azuzaba a Bea para que fuera su pareja osada y supersexy. La amorosa carta dirigida a ella representa muy bien la actitud que tenían en la época; yo estaba convencida de que el matrimonio duraría para siempre.
Jean Malaquais, que tanto fascinó a Norman en París, y que siguió siendo íntimo amigo suyo durante toda su vida, era un escritor judío polaco que emigró a París en los años treinta, se hizo trotskista, se incorporó al POUM en España en 1936 y escapó por los pelos de ser ejecutado allí por los comunistas. La influencia de Malaquais le hizo flaco favor a Norman cuando le convenció para que, en un Estados Unidos en plena caza de rojos, pronunciara en la Conferencia de Paz de 1949 un discurso en el que denunció el estalinismo y el comunismo. Norman insistió en que no era comunista y en que ya no tenía ninguna simpatía por ellos, afirmando que era trotskista (como Malaquais), aunque no era así.
Norman era el joven novelista deslumbrante, el trofeo que se disputaban las distintas izquierdas. En estas cartas que ahora ven la luz late el deseo de Mailer de no ser un peón en la guerra fría de la izquierda, que pretendía reivindicarlo como su novelista. Es evidente, como se desprende del cuerpo de misivas del que procede esta selección, que tenía reservas sobre Partisan Review, Diana Trilling, incluso Irving Howe, más socialista, y que siempre tuvo el deseo, hasta la muerte de Lillian Hellman, de hacer de árbitro entre ella -que no denunció ningún nombre al HUAC y cuya pareja, el escritor Dashiell Hammett, acabó en la cárcel- y Mary McCarthy, la sofisticada intelectual de la izquierda anticomunista. En cierto modo, la conferencia de 1949 y el posterior suicidio de Matthiessen debieron de atormentar a Norman, que quizá tuvo la impresión de que, como sugería Hellman, su discurso fue la razón por la que el HUAC nunca le pidió que testificara. Su novela sobre Hollywood, El parque de los ciervos, indica su preocupación por los que prestaron testimonio, por los que dieron nombres y los que no.
Norman entró en Harvard en 1939, al final de la Depresión; procedía de una familia judía de Brooklyn que había tenido que hacer esfuerzos para pagarle la matrícula. En aquella época, Harvard mandaba en el mundo, tenía enorme influencia en Washington, producía presidentes y magistrados del Tribunal Supremo. Casi no había alumnos negros y eran escasos los judíos. Harvard reveló a Mailer un mundo en el que los líderes del país, futuros agentes de la CIA, comunistas, espías, estaban en el mismo entorno.
El fantasma de Harlot, la novela sobre la CIA que Mailer escribió, termina en 1963, en el momento del asesinato de Kennedy. Sus protagonistas son Henry Hubbard, su amante ocasional, Kittredge, amante a su vez del jefe y manipulador de la CIA Hugh Tremont Montague, alias Harlot, al que Mailer conoció cuando estaba en Radcliffe. Kittredge es además amante de Allen Dulles (Mailer salpicó su novela de nombres auténticos). Una de las cartas más inesperadas que aparecen en esta selección es la que Mailer dirige a Mary Bancroft, hija del aristócrata de Boston Hugh Bancroft, propietario de The Wall Street Journal. Aunque Norman despliega en abundancia el encanto y el respeto que mostraba hacia las mujeres de la generación de su madre, deja bien claro que no tiene nada que ver con las ideas políticas de Bancroft. "Ford, Reagan, Dole y el resto de la nave pirata, Mary, son de vómito".
COMO TODOS LOS BUENOS NOVELISTAS, Mailer daba nueva forma a los elementos que tomaba prestados. Al leer las primeras páginas de El fantasma... en las que Hubbard, el protegido de Harlot, camina hacia la bruma en Maine mientras piensa en el intento de suicidio frustrado de Kittredge, me pasó por la cabeza un recuerdo fulminante de Matty. Harlot, el hombre de Harvard, me recordó a Matthiessen, el profesor de Harvard. Matty y Kittredge / Bancroft tenían la misma edad, y es verdad que el suicidio de Matty fue prácticamente lo opuesto a un suicidio / asesinato de la CIA, pero, con todo, hay ecos.
Y tenía otros motivos para pensar en Matty. Cuando volví de Europa en los años cincuenta, me casé con Harold Solomon, profesor de derecho y amigo de mi hermano Mark. En 1967, Harold murió de un repentino ataque al corazón. Yo estaba en estado de shock y lo único que me preocupaba eran mis hijas pequeñas, pero, días después, mis amigos me preguntaron: "¿Quién era ese tal Matty?". En el funeral habían hablado varios antiguos alumnos de Matthiessen, los "chicos de Matty", entre ellos Lewis Pollak, el decano de la Facultad de Derecho de Yale. Un amigo dijo: "Por fin están intentando enterrar a Matty. Enterrarlo como es debido". Porque, en 1950, Harvard no había querido hacerlo.
Al año siguiente visité Washington y, una noche, quedé a tomar una copa con Adam Yarmolinsky. Adam, Harold y Norman habían estado en el mismo curso en Harvard. Adam, además de otras cosas en la Casa Blanca de Kennedy, había sido asesor del secretario de Defensa Robert McNamara en el Pentágono. Se quejó de que Norman era un escritor pésimo y demasiado belicoso. Yo le respondí: "Adam, por lo menos él escribió Las escaleras del Pentágono [la primera parte de Los ejércitos de la noche] mientras vosotros estabais en el Pentágono apretando el botón de guerra".
Años después, gracias a la Ley de Libertad de Información, se hicieron públicos los archivos del FBI y, en los años ochenta, a petición mía, me enviaron los expedientes de Matthiessen y mi marido. Había dos cartas que me llamaron la atención. Una de J. Edgar Hoover, el director del FBI, enviada en 1943 a la oficina de Boston, para pedir que se quitara el nombre de Matthiessen de la lista de personajes clave, alegando que no era comunista y que sus actividades como tapadera de los comunistas parecían limitadas (la oficina de Boston no hizo caso a Hoover). ¿Pensó Hoover que Matthiessen no tenía importancia? ¿O, como había esperado Matty, algún camarada de la poderosa Sociedad de la Calavera y los Huesos había intervenido en su favor? ¿O acaso Hoover no quería meterse en líos con Harvard con unas pruebas endebles? Después del suicidio de Matthiessen, el abogado designado por el juez contactó con el FBI para preguntar si querían ver los papeles del difunto (una cosa completamente ilegal) antes de que pasaran a manos de sus herederos. El FBI respondió que no, puesto que, dada la relación de Matthiessen con Harvard, podía acabar siendo un motivo de bochorno para el departamento. El personaje había muerto y el expediente quedaba cerrado. The Boston Globe informó sobre esa oferta. ¿Qué hizo Harvard al respecto? ¿Por qué no dijeron nada? En los años ochenta, creo recordar, la universidad creó un aula oficial con el nombre de Matthiessen en Eliot House.
Sin embargo, curiosamente, la muerte de Matthiessen hizo un sutil favor a Harvard: después de su suicidio, Joe McCarthy dejó de perseguir a la universidad, en la que había profesores radicales y ex radicales, además del número habitual de homosexuales en una época en la que la homosexualidad se mantenía en secreto.
El informe del FBI sobre aquel periodo oscuro de la historia de Estados Unidos, la época en la que Norman se hizo adulto, presenta un mundo en torbellino, en el que los informadores estaban constantemente espiando a alumnos y profesores, en el que algunos sabían quiénes eran los espías, en el que Harvard era el centro de una educación gloriosa, mientras que en Boston, una mezcla de política corrupta apoyada en el aparato irlandés y en aristócratas reaccionarios hacía que se pudieran pisotear los derechos de los muertos y que el joven Bobby Kennedy, hijo del viejo reaccionario Joseph Kennedy, pudiera verse obligado a trabajar para Joe McCarthy y, sin embargo, acabar muriendo asesinado como hombre de izquierdas.
COMO MUESTRAN ALGUNAS de las cartas de épocas posteriores, con el tiempo, la vida de Norman se hizo menos tumultuosa. Sus 35 años de matrimonio con Norris Church fueron felices y duraron hasta su muerte, y Norman y Norris vivieron rodeados de sus nueve hijos y la familia de su hermana Barbara. Ahora bien, hasta el final, la musa de Norman fue Estados Unidos. Siempre siguió tratando de capturarlo, retenerlo, poseerlo, interpretarlo, alcanzar su oscuridad y su luz de mil formas diferentes, como un niño que intentara correr sin parar para rodear con sus brazos una estrella fugaz.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia
A Beatrice Mailer (*)
8 de agosto de 1945
Cariñito:
La noticia de la bomba atómica ha dado más que hablar aquí que la de la victoria en Europa, y tanto como la muerte del presidente Roosevelt. Me siento muy confuso sobre el tema (escribo estas líneas justo después del primer comunicado escueto. No sé lo que han hecho). Ahora comprendo cómo afectan los vínculos del interés a las ideas. Una buena parte de mí aprueba cualquier cosa que acorte la guerra y me devuelva antes a casa, y eso va muchas veces en contra de principios anteriores, más esenciales. Por ejemplo, confío en que se apruebe el llamamiento a filas en tiempo de paz, porque, si no, la desmovilización será angustiosamente lenta. Es en ese mismo sentido en el que apruebo un instrumento que mata en condiciones óptimas a mucha gente en un instante.
Pero, la verdad, qué perspectiva tan aterradora es ésta. Siempre hemos hablado de que la humanidad se iba a destruir, pero ahora parece una cosa tan cercana, cuestión de décadas, de un número de bombas que pueden contarse fácilmente. Este asunto de la explosión del átomo será el preludio de la victoria definitiva de la máquina. Nunca había sido más que una serie de cálculos entretenidos en la física que estudié, un sueño remotamente alcanzable y, aun así, terrible, porque la energía atómica en una masa del tamaño de un guisante basta para mover una locomotora un montón de veces alrededor de la Tierra. Creo que nuestra era representará el final de conceptos como la voluntad del hombre y la determinación del poder por parte de las masas. El mundo estará controlado por unos cuantos hombres, políticos y técnicos, los hombres de Spengler en la tardocivilización occidental-europeo-norteamericana. Y, por más que me estimule, no soy nada spengleriano. Ante la alternativa de hacer lo necesario o no hacer nada, prefiero nada, si lo necesario es desagradable.
Verdaderamente, querida, el panorama es espantoso. Habrá otra guerra, si no en veinte años, en cincuenta, y, si sobrevive la mitad de la humanidad, ¿qué pasará con la siguiente guerra? Creo que, para sobrevivir, las ciudades del futuro se construirán a más de un kilómetro bajo tierra. De esa forma, el hombre habrá escapado a su legado animal: los insectos ya no le molestarán y, como Scarr en búsqueda del cielo, habrá descendido mil brazas hacia el infierno.
Ya sabes que me estoy volviendo tan enfermizo respecto a las máquinas como mi madre lo es respecto a Jack Maher. (En mi vida exterior, eso se refleja en cosas como haber rechazado un trabajo de chófer de un jeep, uno de los vehículos de reconocimiento, para asombro e indignación de todos).
Y siento desprecio hacia marineros y aviadores. ¿Qué saben verdaderamente de la guerra? En cierto modo, los marineros con los que hablé en el buque que nos trajo aquí parecían muy ingenuos. Les caían mal los hombres hoscos, heridos y huraños a los que transportaban. Cuando oían hablar del barro, las náuseas y el horror, chasqueaban la lengua con simpatía, pero sin comprender nada. ¿Qué sabían ellos (en palabras de Gwaltney) del trabajo, la miseria y la muerte? La suya es una vida rutinaria y sin sorpresas, llena de la esclavitud y las ventajas de servir a una máquina. Cuando les llega la muerte es como un trueno repentino, por obra de la naturaleza. No tienen ninguna intimidad con ella y, por consiguiente, sus repercusiones supremas tienen un carácter de pesadilla y son tan irreales como los desastres en tiempo de paz. No pueden comprenderlo porque la máquina es algo tan engañoso, tan benigno durante mucho tiempo, que se olvidan de que tiene un fusible. No han experimentado la muerte como suceso cotidiano, como constante emocional aproximadamente de la misma intensidad que abrir la lata de una ración fría de carne grasienta cuando a uno le arde y le molesta el estómago por haber recorrido demasiadas colinas bajo un sol húmedo y cruel. No conocen la fatiga que hace que uno pise un cadáver de tres semanas porque no tiene fuerzas para sortearlo. Y los aviadores son como los marineros. Ellos también luchan de manera abstracta, en un fluido abstracto. Sus vidas también son cómodas, solitarias y pendientes de un sexo que no tienen, y también para ellos la muerte es un trueno devastador e incomprensible. Son vidas en las que el peor olor es el de la gasolina, el metal, el aceite lubricante. No saben que las letrinas, los cuerpos y los pantanos son difíciles de distinguir.
Y ver cómo personifican sus máquinas me da náuseas. Es el sustituto de la soledad y las ganas de sexo, pero también es aterrador. Hemos llegado a un punto en el que amamos las máquinas y odiamos a las mujeres. El siguiente paso es la adoración religiosa, y la bomba atómica parece la deidad suprema, la línea de entelequia definitiva.
Hay poco amor en ésta, pero esta noche tengo el alma un poco enferma. Cuanto más pienso en estas cosas, más aterradoras me parecen. Qué combinación puede derrotar a la aleación de mecanismo y sentimentalismo.
Te necesito en mis brazos esta noche.
Te quiero,
Norman
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A Lewis Allen (**)
30 de abril de 1954
Querido Lew:
Bueno, al final tengo prácticamente acabada mi novela. He terminado de escribir y, después de una semana de comprimir frases y pulir un poco más, estaré listo para pasarla a máquina. Así que, de aquí a un mes, creo que podré enviársela a Rinehart y empezar a pensar en qué demonios va a ser el tema de la siguiente novela. Por cierto, no le he dado el empujón extra con el que soñaba. [...]
Anoche hubo una fiesta en casa de Styron, y todos nos emborrachamos y decidimos enviar un telegrama a Joe McCarthy. Decía así:
QUERIDO JOE. NOS CAES BIEN, PERO, POR FAVOR, ¡DEJA DE HURGAR EN LA MIERDA!
VANCE BOURJAILY
JAMES JONES
NORMAN MAILER
JOHN PHILLIPS
WILLIAM STYRON.
A pesar de nuestra hilaridad y nuestra borrachera, creo que, en el fondo, nos quedamos un poco espantados. Es exactamente el tipo de cosa por el que uno acaba en un campo de concentración tres años después. En fin, hay muchas otras razones que puedo utilizar para ir. Tuyo, Lew,
Norm
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A Jean Malaquais (*)
13 de octubre de 1956
Querido Jean:
He tardado demasiado en contestar tu carta, teniendo en cuenta todo lo que disfruté con ella, pero, querido amigo, he tenido excusas. Y lo mejor es que las presente cuanto antes. Para empezar, la búsqueda de vivienda en Nueva York se volvió cada vez más descorazonadora, precios altos, preocupaciones, etcétera, y por debajo de todo lo principal, el sentimiento creciente, tanto en Adele como en mí, de que estábamos hartos de Nueva York. Es curioso, pero, después de tantos años aquí, tengo muy pocos amigos, en parte por mi culpa y en parte, de forma peculiar, por culpa de mi inconformismo. Lo digo de verdad. Es una peculiaridad de ser radical; pasan los años y, quién lo iba a decir, llega un momento en el que ya no hay llamadas de teléfono de los amigos situados en las capas más altas de la sociedad. Creo sencillamente que uno se convierte en un lujo como amigo y, si no te quieren verdaderamente mucho -que no es el caso con ninguna de mis amistades sociales-, poco a poco te apartan de sus órbitas de circulación. Y luego, además, estaba harto de Nueva York propiamente dicha, esta ciudad desesperadamente competitiva e inhumana con su violencia, su frialdad, su agresión eléctrica a los nervios -tal vez me estoy volviendo mayor-; en cualquier caso, fuimos al campo, a Connecticut, a visitar a unos amigos, y encontramos una casa que nos gustó mucho, y ahora estamos comprándola. Es una casa grande con 20 hectáreas de tierra, un prado muy hermoso, un poco parecido a Vermont, pero suave y civilizado, un lugar apropiado para un viejo, pero hacia eso es hacia lo que se inclinan mis gustos. Desde luego, como todas las cosas bellas, era cara y, si llegara una depresión en los próximos años, me encontraré con un gran elefante blanco entre las manos.
En cualquier caso, eso fue hace un par de semanas y, poco después de hacer la oferta de compra, estaba paseando a los perros (nuestros dos grandes caniches) a última hora de una noche de sábado o, para ser más técnicos, a primera hora de la mañana del domingo -era la una-, cuando los perros se detuvieron a olisquear cerca de tres matones que merodeaban ante un portal. Uno de ellos hizo una broma de mal gusto, los otros se rieron, y yo, que debo de tener un ramalazo de locura, le pregunté qué había dicho. Entonces él me insultó, comenzamos una discusión verbal, me dijo que me fuera, yo estaba asustado pero me negué, y, por fin, nos peleamos. Seguramente yo habría ganado, porque, créeme, era más fuerte que el matón -que era alto, pero pesaba menos que yo, y tenía unos 21 años-, como digo, creo que habría ganado, pero empezó a sacarme los ojos con los dedos, y de forma muy profesional, la verdad. Me lo quité de encima lo mejor que pude, peleamos un poco más, volvió a agarrarme y volvió a atacarme los ojos. En ese momento salió una masa de gente -una banda- de una de las casas (estábamos peleando en la acera) y un personaje enorme y brutal me golpeó y me dijo: "¿Tienes suficiente?".
Claro que tenía suficiente. Casi no podía ver, los ojos me sangraban, y ya me veía muriendo de una paliza. Así que asentí, impotente, y murmuré varias veces: "Sí, tengo suficiente, tengo suficiente, tengo suficiente", recuperé a los perros que otro matón, irónicamente, había estado guardando durante la pelea, y me fui arrastrando los pies. Lo que hace que la historia no sea completamente inhumana es que dos hombres de color, miembros de la banda, me siguieron. Me alcanzaron al llegar a la esquina. A esas alturas ya no me importaba nada, así que, seguramente por eso, no me dieron miedo. Sentía que, si iban a atacarme, podía darme por muerto. Quizá fue eso, no sé, pero el caso es que uno de los tipos de color dijo: "No te han dado una pelea justa, tío". Y eso, en cierto modo, me animó durante los días siguientes, cada vez que me acordaba.
Pero las consecuencias fueron malas. El ojo izquierdo me dolía bastante, y tuve un punto ciego en mitad de mi campo de visión durante varios días, y hube de permanecer en una habitación oscura durante casi una semana. Todavía ahora se me cansa la vista, y seguramente tardaré un mes en superar eso. Cuánto me alegro de haber comprado la casa antes de que sucediera esto, porque, si no, siempre habría tenido la sensación de que estaba huyendo de Nueva York en un ataque de pánico.
En cualquier caso, he estado demasiado deprimido para escribirte durante una temporada, y esto es lo que ha pasado. No lo cuentes mucho por ahí, porque a mis padres les dije que tenía una infección en los ojos, y no me gustaría que llegase algún rumor a los periódicos. Lo que está claro es que la experiencia confirmó el sentimiento cada vez más intenso que tengo de que hay una barbarie que está muy cerca de la superficie en Estados Unidos -no tienes ni idea de lo horrible que está volviéndose este país-, es intangible, pero tengo el fuerte sentimiento de que casi ninguna de las personas a las que conozco desde hace años está madurando, sino deteriorándose y cayendo en el odio, el odio a sí misma y una especie de vida constante con la conciencia de la muerte. Para que luego hablen de nuestra bombita atómica. [...]
En otro orden de cosas, Adele está deslumbrante. Nunca la he visto más bella, y tiene cada vez más aplomo. Es algo encantador para mí, porque siento que he sido positivo para una persona en este mundo, y eso me alegra.
En cuanto a la casa, tienes un lugar en el que dormir mientras sea nuestra, y me gustaría que estuvieras aquí, porque os echamos de menos a Galy y a ti. Sobre la cámara, tendrás que esperar a mi próxima carta. He sido poco aplicado en ese aspecto. Perdóname.
Con cariño de un guerrero a otro,
Norman
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A la Sra. de John F. Kennedy (*)
3 de noviembre de 1960
Querida Sra. Kennedy:
Fue muy amable por su parte enviarme la carta, y le doy las gracias por ella. De vez en cuando, cuando pienso en la posibilidad de viajar a otro siglo, me inclino por el XVIII, en Francia, las tres últimas décadas, y la primera del XIX, supongo. Pero no sé si me irían muy bien las cosas allí. Si, por casualidad, nos vemos en Hyannisport el próximo año, podríamos hablar de ello. Sospecho que usted sabe del tema más que yo. Mi competencia se vuelve inexperiencia en cuanto paso de las obras del Marqués de Sade. He ahí un hombre del que me gustaría escribir una biografía cuando yo esté muerto sin remedio. Quizá podría dar una o dos pistas sobre el peculiar pero sólido sentido del honor del personaje.
Mientras tanto, permítame expresar mi deseo de estar equivocado en mi miedo a la noche del 7 de noviembre. No estoy de acuerdo con su marido respecto a Cuba, creo que se dispone a cometer un grave error, pero votaré por él, de todas formas. Creo que es más importante que nunca que gane él. Es sólo que he perdido ya gran parte del placer de emitir el voto...
Atentamente, querida señora,
Norman Mailer
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A Mickey Knox (**)
17 de diciembre de 1963
Querido Mickey:
La cosa de Kennedy afectó mucho aquí. Las mujeres lloraban por la calle (sobre todo, mujeres atractivas), muchos negros de mediana edad tenían aspecto triste y preocupado, y todos nos sentamos en medio de una atmósfera de pesimismo a ver la televisión durante las setenta y dos horas siguientes. En conjunto, tuvo mucho en común con otros dos acontecimientos: el día de Pearl Harbor y la muerte de Roosevelt. Y lo de Ruby y Oswald fue el remate. No me he sentido con ganas de escribir ni una sola palabra sobre todo esto, he estado demasiado jodido y deprimido. En mi opinión, la mayor pérdida ha sido una pérdida cultural. Quisiera o no, Kennedy estaba dando gran impulso a las artes, no porque Jackie Kennedy invitase a Richard Wilbur a la Casa Blanca, sino porque, de algún modo, la tapa se había abierto, y ahora temo que vuelva a cerrarse de golpe.
En cuanto a Oswald y Ruby, no sé qué pasó, pero no tengo ninguna seguridad de que lo sepamos alguna vez. Me gustaría creer que el FBI tuvo una mano siniestra en todo esto, pero, no sé por qué, lo dudo. Sospecho que la verdad es que dos tipos solitarios, por su cuenta y riesgo, pusieron palos en las ruedas hasta un punto como no había hecho nadie antes, y lo que nos ha quedado ahora es un lío, un lío miserable.
El libro [Un sueño americano], por supuesto, ha quedado apartado en medio de todo esto, una más del millón de víctimas secundarias. Cuando Kennedy estaba vivo era un buen libro, pero, con él muerto, no es más que una curiosidad, y su tono resulta algo irritante. Ni siquiera lo echo en falta, curiosamente.
Respecto a la película, ha habido una sorprendente falta de interés, y no ha picado nadie. Creo que, si alguien tuviera cinco o diez millones de dólares, podría ser un gran filme. Pero me da la impresión de que nadie va a comprarla hasta que lleven al cine alguna otra cosa que escriba y ésa gane mucho dinero. Lo malo es que no es el tipo de historia que puede rodar un productor independiente con poco presupuesto, porque, para que tenga éxito, necesitaría un tratamiento épico.
Lo cual trae a colación, en cierto modo, tu comentario de "aventurero intelectual". Se me había olvidado que lo habías dicho, pero tu mención me lo ha recordado, salvo que tú lo citas de forma completamente distinta, con un tono aprobador. El personaje del entorno de Kennedy que lo dijo, desde luego, empleó el término con desprecio. [...]
Las cosas aquí están tranquilas. Mucho trabajo para mí, y después más trabajo. Sigo dándole duro a la serie por entregas y ya he terminado la tercera. Es un libro bastante bueno hasta ahora, pero espero y ruego poder mantener el nivel, porque la tensión es tremenda. Es como ser un viejo profesional y disputar un combate en ocho asaltos cuando uno no está en su mejor forma. En cualquier caso, si puedo conseguirlo, el año que viene debería ser más relajado.
Siento muchísimo que te fueras cuando te fuiste. Siempre nos cuesta un par de semanas encontrarnos a gusto uno con otro y esta vez fue una verdadera lástima, porque creo que estamos llegando a un punto en nuestras vidas en el que nuestros respectivos oídos son cada vez mejores y podemos escuchar con más atención lo que dice el otro. Lo que me has dejado entrever de Yugoslavia es fascinante y, si tienes ocasión, hazme saber algo de tus impresiones.
Con cariño,
Norman
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A Marvin Gorson (***)
11 de abril de 1968
Querido Marvin:
He tardado mucho en contestar, pero estaba trabajando en mi segunda película, Bust 80, cuando llegó tu carta, y desde entonces he estado haciendo todo lo posible para ganar algo de dinero porque me he arruinado haciendo estas dos películas. En cualquier caso, no creo que vaya a aceptar tu amable invitación a convertirme en el filósofo residente del Partido por la Paz y la Libertad, por dos de las mejores razones posibles. No acabo de tener las ideas claras sobre una postura política coherente. Como quizá sepas o no, soy un conservador de izquierdas, que implica contradicciones como estar en contra de la renovación urbana, pero, por otra parte, no estar necesariamente a favor de la legalización de la marihuana. Puede que acabe teniendo que defender la legalización de la marihuana. Puede que acabe teniendo que defenderla si la policía continúa acosando a la gente y haciendo detenciones innecesarias, pero, pese a todo, prefiero que sea ilegal, porque le da algo de picante al hecho de fumarla y nos evita que las empresas puedan meter vitaminas en una marihuana híbrida, de cultivo hidropónico y con filtro. Para no hablar de todos los anuncios psicodélicos que nos ahorramos. Además, no estoy tan seguro de que McCarthy y Kennedy sean indistintos de Humphrey, que, por lo menos, debería pagar el precio de su compromiso total con la guerra en Vietnam. Está muy bien decir que no hay diferencias entre Kennedy y Johnson, pero no estoy nada seguro de estar de acuerdo. No se trata tanto de lo que le pase por la cabeza a Kennedy como de que tendremos un país completamente distinto si se convierte en presidente un hombre que lleva el pelo como lo lleva él. En cualquier caso, esta carta llega después de una conversación que tuve ayer con Barbara en la que se mostró naturalmente disgustada a propósito de Eldridge Cleaver. De modo que adjunto una declaración que puedes utilizar en defensa de Cleaver, aunque es posible que, si salta la noticia, llame a Barbara y le dicte el contenido a ella. En cualquier caso, por ahora, te deseo lo mejor y te doy muchas gracias por el placer de leer tu magnífica crítica de ¿Por qué estamos en Vietnam?
Atentamente,
Norman
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A Mary Bancroft (*)
18 de octubre de 1976
Querida Mary:
... Me resulta difícil sentir la misma pasión que tú a propósito de Carter, porque no tengo más que pensar en Ford o, que Dios me perdone, Reagan, para preguntarme cómo es posible que una conservadora que se precie como tú pueda volver a pensar una vez más en meter la cuchara en esa olla repugnante. Sí, creo que Carter es increíblemente ambiguo y que podría ser el diablo y que, desde luego, podría haberme engañado, y que no hay duda de que los demócratas nos llevarán a la guerra antes que los republicanos, y sí, que podría estar cometiendo el mayor error de mi vida, pero lo único que podría decirte es que, con los años, he aprendido a ser cada vez más simple. He decidido que, después de todo, no es casualidad que, después de conocer a alguien, me guste o no. Todo lo que me ha ocurrido desde mi perspectiva de los cincuenta y tres años ha dependido de mi juicio. Y cuando conocí a Carter, me gustó de verdad, me dejó una buena sensación. No hay muchas personas que me la den.
Como esa parte, para mí, es indiscutible, tengo que reconocer que, si es el diablo, yo también, y tuve esa buena sensación de camaradería que sienten los diablos cuando se encuentran en lugares elevados y secretos. Pero en cuanto a Ford, Reagan, Dole y el resto de la nave pirata, Mary, son de vómito. Son horribles. ¿No ves lo que le han hecho a este país? Johnson fue una trágica monstruosidad que nos metió en Vietnam diez veces más que Kennedy, estoy de acuerdo. Pero lo que hizo Nixon al no sacarnos durante cuatro largos años es incalificable, y lo que hacen Ford y Reagan respecto a la economía, que está dirigida por los tipos que se pasean en carritos de golf, oh, cuánta corrupción; oh, cuánto lodo; oh, te echo de menos. Dios mío, cómo te echo de menos. Mary, ¿por qué no voy nunca a verte?...
Te quiere,
Norman
-
A Sal Cetrano (**)
28 de enero de 1985
Querido Sal:
Con el trabajo añadido, no, con la carga del Congreso del PEN, que ha supuesto una nueva avalancha de correo, llevo como un mes de retraso, y ahora veo tu carta del 24 de diciembre, que me es imposible responder como es debido, primero, porque tu prosa es tan rica que tendría que sentarme a tratar de averiguar exactamente lo que quieres decir, y segundo, porque no tengo tiempo. Pero, si puedo adivinar lo que indicas, creo que estás cayendo en la trampa que nos tienden con la Unión Soviética. Es un sitio horroroso; es como Estados Unidos tras 50 años de depresión económica, gobernado por una mezcla de exaltados de West Point y gánsteres de la Mafia. La verdad es que, incluso en un mundo tan horrible, siempre habrá camarillas y facciones, y unas serán mejores que otras. Creo que fueron los guardianes y los escritorzuelos de pacotilla los que generaron toda la reacción negativa sobre Bonner y Sajarov, y tipos como tú y como yo dentro del aparato soviético se quejaron y gruñeron del mismo modo que yo gruño y me quejo cuando Reagan empieza a hablar del gran tanto en favor de la libertad que obtuvo cuando invadió Granada. El error que no hay que cometer jamás es pensar que Rusia es monolítica. No lo es. Es un lugar deprimido, triste, opresivo, pero está desgarrado por las distintas facciones, y todavía queda alguna esperanza. Si la guerra fría pudiera acabar, su situación económica podría empezar a mejorar, porque, por el momento, todos los buenos ingenieros están dedicados a los cohetes. Cuando empiece a mejorar su nivel de vida, aunque sólo sea un poco comparado con el nuestro, seguro que se arma la de Dios. Pero no caigas en la trampa de creerte una información de prensa a pies juntillas. Eso es lo que quieren que hagamos.
Me encantó verte en Strawhead, y me alegro de que la obra más o menos te gustara. Estamos como un equipo de baloncesto en la primera semana de partidos de exhibición. Es más, la semejanza entre los actores y los deportistas no deja nunca de asombrarme. Si son buenos, cuanto mejores son, más se esfuerzan. Resulta bastante tranquilizador.
Por ahora, saludos,
Norman
P. S. Escribes prosa como un buen poeta. A los buenos poetas normalmente es difícil seguirles su prosa.
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A Richard Stratton (***)
principios de enero de 1987
Querido Rick:
[...]
Norris y yo fuimos a Moscú invitados a esa conferencia que convocó Gorbachov. Rick, te lo aseguro, es increíble: allí está pasando algo. Es como un oso, viejo, maloliente, herido, obeso, enredado en sus propias corrupciones, y que tiene una mirada concreta: quiere volver al circo, quiere ser un oso entrenado y recibir aplausos, y que todos los demás animales le rindan homenaje. Es una forma demasiado fantasiosa de decirlo, pero la verdad es que supongo que llevo dándole vueltas a Rusia desde que se publicó Los desnudos y los muertos, porque viví la misma experiencia que tantos de mi generación, de pensar que los rusos eran estupendos durante la guerra mundial y respetar a su ejército y su infantería como sólo podía hacerlo alguien de infantería de Estados Unidos, y sus sacrificios de guerra, y luego sumergirme de cabeza en la guerra fría con un vuelco total de todas las señales. A partir de ahí no volví a confiar en nadie, ni siquiera en los rusos, cuando llegué a Lenin sobre el estalinismo y los verdaderos horrores que hay allí. Hay una diferencia entre los rusos y los americanos, y es crucial: en Estados Unidos vamos siempre por delante de nuestra culpa. Nos mantenemos por delante gracias a la técnica, a todo lo que se pone de moda. Nos analizamos, nos tranquilizamos y robotizamos, nos llenamos de nouvelle cuisine, nos volvemos yuppies, nos mantenemos por delante de nuestra ansiedad y nuestro gran sentimiento de culpa, y así somos capaces de eludir la cuestión. Los rusos, no. Están enfangados en su culpa, y hay muy pocos rusos que no tengan mala conciencia porque la historia de aquel país, durante 30 años, exigió que cada uno traicionara a sus amigos, no abiertamente, quizá, pero sí mediante actos de omisión, no ayudando a amigos que estaban perseguidos por las autoridades. Y la propia autoridad mantenía las cosas paralizadas por su enorme mala conciencia. Los rusos, en mi opinión, viven más próximos a su alma que nosotros, porque son culpables, y no puedo decirte cuánto me conmueve que desde las altas instancias de la burocracia haya surgido este reconocimiento de que tienen que cambiar y tener un gobierno más humano. Te lo aseguro, Rick, si yo fuera de los que rezan, incluso pediría que baje desde arriba la buena voluntad necesaria para ayudar a esa cosa increíble que está intentando Gorbachov en Rusia, y, hermano, cómo me compenetro con él. Podría salir todo mal con tanta facilidad, pero, si sale bien, este país, nuestro país, Estados Unidos, tendrá que renunciar a gran parte de sus tonterías y, si el comunismo se vuelve democracia, hacerse a la idea de que nuestros propios establos están desbordados. Y de que la mierda de caballo nos llega ya a la nariz. En fin, ya veremos.
Tres saludos,
Norman
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A Don DeLillo (*)
25 de agosto de 1988
Querido Don:
Qué libro tan magnífico. Tengo que decirte que lo he leído contra corriente. Estoy con una novela espantosamente larga sobre la CIA y, por supuesto, se solapa lo suficiente como para decir: "Este hijo de puta está tocando la misma música que yo", pero me impresionó, me impresionó mucho, algo que pocas cosas consiguen. Creo que seguimos escribiendo gracias a que nunca dejamos que nos toquen el centro de nuestra vanidad si podemos evitarlo, pero esta vez no lo conseguí. Una actuación de virtuoso, todo el libro, y, lo que es más, creo que estás llevando a cabo una tarea de la que todos nos hemos olvidado, que es la de transformar las obsesiones de Estados Unidos -esos agujeros negros en el espacio- en mantras con los que podamos vivir. Lo que nos has dado [es] una visión comprensible y creíble de cómo era Oswald y cómo era Ruby, lo que podría haber sucedido. Que luego la historia te quite o no la razón es casi lo de menos: lo que cuenta es que has devuelto a la vida un lugar en nuestra imaginación que ha sobrevivido todos estos años como tierra quemada, es decir, a duras penas. Qué poco frecuente es que una novela nos ofrezca un propósito tan profundo, y te juro, Don, que te aplaudo por ello.
Saludos,
Norman
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A Sal Cetrano (*)
28 de marzo de 1999
Querido Sal:
Nunca hemos hablado sobre el hecho de que eres republicano, porque las pocas veces que hemos tenido la suerte de compartir mesa, ¿quién va a querer sacar eso a colación? Sólo voy a decir -y todavía no he escrito sobre este tema- que, mientras los demócratas, y en primer lugar Clinton, me repugnan con lo que llamo su "política de boutique" -un poco aquí, un poco allá, y todo servido con grandes dosis de gilipollez por encima-, los republicanos son una monstruosidad psicótica. Por un lado, son Dios, bandera y familia -aunque pocos de ellos reconocerían a Jesucristo si estuviera haciendo pis en el retrete de al lado-, y un número asombroso no ha servido jamás en las fuerzas armadas ni ha oído una bala, y, como políticos, engañan como conejos a sus esposas y sus familias. Pero da igual, ¿de qué sirve ser político si uno no puede ganarse la vida siendo un hipócrita?
Lo que quiero decir es esto: el Partido Republicano es esquizofrénico; por un lado, son, como digo, Dios, bandera y familia, pero, por otro, están a favor de la expansión descontrolada del capitalismo y, por tanto, se olvidan de algo que tal vez es importante aún para ti, que es que Jesús, como Karl Marx, pensaba que el dinero impide que pasen todos los demás valores. Y es verdad. Si el país está viniéndose abajo, y lo está, creo que podría trazarse un gráfico del declive en paralelo al ascenso del Dow Jones: cuanto más alto el Dow, más bajos los demás criterios. El dinero destruye todos los demás valores. Puedo incluso respetar a los republicanos de derechas por tener sus criterios, como los tienen, pero nunca atacan el capitalismo, que, descontrolado, es el peor azote de los valores humanos que tenemos hoy.
Quizá hubo una época en la que el comunismo era un azote peor, pero ahora llevamos nosotros la delantera, y te sugiero que trates de vivir sabiendo que tu partido preferido está paralizado en sus centros morales. Si es así, ¿por qué esperar más de tus chicos negros? Quizá nunca sepan de qué hablas.
En cuanto a Clinton, que se ocupe de él el cielo. Su delito no es que tuvo un lío en la Casa Blanca -al fin y al cabo, uno llega a tener éxito como político a base de dar satisfacción a la carne y, al cabo de un tiempo, es como una comida para un hambriento, y no veo a Hillary sirviendo comida a nadie salvo en un comedor de beneficencia-, sino que terminó con el sistema de prestaciones sociales "que conocemos" sin poner fin al sistema de prestaciones sociales que no conocemos, es decir, movido por empresas. En mi opinión, es una monstruosidad ahorrar dinero a base de sermonear a los pobres y lamer el culo a los ricos. Como dice la vieja canción, "eso no es saludable". Perdona por esta diatriba que no tiene la elocuencia de tu espléndida carta, pero me pillas en uno de esos días en los que estoy intentando contestar 50 cartas desde mediodía hasta el atardecer.
Saludos, viejo amigo,
Norman
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A Emmerich Kusztrich (*)
26 de enero de 2005
Querido Imre:
Qué atento fuiste al mandarme el artículo sobre la artritis de las rodillas. Veo que, a medida que pasa el tiempo, puedo vivir cada vez más cómodo con la enfermedad. Andar con dos bastones -y no lo digo como gracia- es hasta divertido una vez que has aprendido sus dimensiones. Su mayor placer es que puedes hacerte la ilusión de que estás haciendo esquí de fondo, y eso es muy divertido. Además, nunca tienes que permanecer de pie mucho rato; siempre hay alguien que te ofrece el asiento.
Sans façons, confío en volver a Alemania en algún momento del año que viene y estoy deseando veros otra vez a Gertrud y a ti; entonces podremos hablar sobre la operación. No siento gran necesidad de ello en estos momentos, pero estas cosas cambian con el tiempo. Será una de las cien cosas sobre las que podemos hablar. Leí el recorte que me enviaste del Financial Times y es desalentador. No sé hacia dónde nos encaminamos. En el siglo XX era el terror de que una guerra nuclear fuera a hacernos volar a todos. Pero parece surrealista. Ahora, en el XXI, está presente en muchos la sombría idea de que no se sabe si llegaremos o no al final de este siglo en nuestra condición actual. A mi edad no importa mucho, pero tengo nueve hijos y unos cuantos nietos, y la perspectiva no es precisamente prometedora para ellos.
Perdóname por esta visita al catastrofismo. Me temo que me he dejado llevar. Pero también quiero decir lo que ya he dicho otras veces: nos conocemos muy poco y, sin embargo, somos buenos amigos. Es una cosa muy agradable. Saludos a ti y a Gertrude... y, ¿me atreveré a decirlo?, un poco de cariño.
Norman
© 2008, The Norman Mailer Estate Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia
domingo, 26 de octubre de 2008
domingo, 19 de octubre de 2008
El consejo de Günter Grass
El consejo de Günter Grass
Günter Grass, Nobel de Literatura en 1999 y autor de la reciente novela La caja, habló de la crisis financiera mundial y propuso “pasarles la factura a los banqueros”. En la Feria del Libro de Francfort, también recordó a parte de la prensa por haber “predicado el credo neoliberal y ahora pedir una salvación desde el Estado” y concluyó que “los ciudadanos no tienen por qué asumir la carga”.
Günter Grass, Nobel de Literatura en 1999 y autor de la reciente novela La caja, habló de la crisis financiera mundial y propuso “pasarles la factura a los banqueros”. En la Feria del Libro de Francfort, también recordó a parte de la prensa por haber “predicado el credo neoliberal y ahora pedir una salvación desde el Estado” y concluyó que “los ciudadanos no tienen por qué asumir la carga”.
miércoles, 15 de octubre de 2008
Historia y conciencia jurídica
Historia y conciencia jurídica
Por Horacio González
Cuando Borges asistió al juicio a la Junta de Comandantes –en el año 1985– escribió un artículo condenatorio. Presentaba una apreciación de lo ocurrido sobre la que ahora vale la pena volver. Se aproximaba a la idea de dos culpabilidades gigantescas y entrelazadas, lo que de alguna manera era una cita de toda su literatura. Se trataba de visualizar al verdugo y a las víctimas encerradas en el mismo oficio secreto de intercambiarse continuamente entre ellas. ¿Dos demonios? No es así; Borges estaba decidido a condenar especialmente a aquellos comandantes. ¿Pero de qué forma? Luego de afirmar que no tienen sentido los premios ni los castigos –lo que representaba bien a su idea de que siempre coincidían determinismo y libre albedrío–, concluye que “sin embargo hay que condenar”. Al haber eliminado toda determinación histórica, su literatura entera tuvo que inventar un mundo ético que no se justificaba en ningún credo social o político, sino en una voluntad última, individualista, de redención de lo humano. Así, Borges condenó a los victimarios, a los señores de la muerte y la vida en los campos de concentración, como los verdaderos culpables. Con estas conclusiones se sobreponía a su propia tesis sobre el “destino circular”, que sin embargo era el basamento agnóstico de su artículo.
Por esa misma época, Tulio Halperín Donghi dedicó importantes reflexiones al modo en que la idea del terror influía en un giro conceptual en la literatura, en el cine argentino y en la propia forma de escribir la historia. Se trataba de imaginar si los hechos del estado general de terror que habitaba en el interior mismo del Estado podían segmentar la historia argentina cercenando la continuidad de sus esferas valorativas. Creo que Halperín concluía su ensayo afirmando que la mutación trágica que se había alojado en la historia nacional, quebrando la proporción entre sus conflictos políticos e imágenes de reparación, introducía una novedad radical en el cuerpo nacional. A partir de entonces, no se podría considerar la historia del país como una totalidad maciza de memorias sino como un vacío primordial que reclamaba nuevos símbolos y representaciones.
El alegato del fiscal Strassera en el Juicio a las Juntas es también una pieza magistral de lo que él mismo llamó “la conciencia jurídica argentina y universal”. Haciendo la historia de esa conciencia, Strassera lee un escrito de envergadura, en el cual se argumenta que el sistema de investigación practicado en la clandestinidad por el gobierno de los tres comandantes implicaba considerar a todos los ciudadanos tácitamente culpables y sujetos a tortura. El razonamiento de la fiscalía proponía partir de los juicios de eticidad pública formulados a partir de los cimientos fundadores de la Nación. No rechazaba que el Estado tomase medidas defensivas contra una forma de violencia insurgente conocida en todo el mundo, pero condenaba que se hiciera a partir de un plan criminal sistemático del que además se negaba su existencia. Pone como contraejemplo el fusilamiento de Liniers, un héroe de la resistencia a una invasión extranjera. Pero luego ese fusilamiento era realizado bajo órdenes precisas, escritas y públicas y, como se sabe, causantes de una especial fisura en las líneas de mando de los jóvenes revolucionarios.
En el alegato de Strassera, condenar a los miembros de aquella junta militar implicaba poner nuevamente sobre un carril pensable, admisible, verosímil, el conflicto fundador de la nación argentina. Las decisiones tomadas en la clandestinidad del Estado vulneraban esa forma originaria de la nación. Eran actos de “lesa humanidad” porque quebrantaban a las personas en un rango superior de su existencia, afectando su pertenencia misma a sentidos irremisibles de la colectividad nacional, faltando los cuales quedaba fatalmente expropiado el significado de la vida en común.
A su vez, uno de los condenados, el ex almirante Massera, realizó su particular alegato de defensa sobre extrañas premisas. En ese mismo juicio, aludió a una reconciliación nacional donde “todos los muertos” serían “de todos”, a la manera de una refundación nacional basada en el sacrificio catártico, necesariamente sangriento. No sería imposible ver las huellas de Joseph de Maistre en el marino que quiso “purificar por la sangre” a una suerte de democracia social imaginada entre sueños retorcidos y fabricada en las mazmorras. O la Argentina seguía el camino de las ensoñaciones de Massera, o el del texto cardinal de Strassera. Con las dificultades conocidas, esto último fue lo que pasó.
La conciencia jurídica argentina necesitada de grandes textos, sean legislativos o ficcionales, emanados de la teoría del derecho o de las grandes piezas de reflexión cultural de época se iba cimentando en reflexiones dispares pero profundas para restituir aquel vivir en común que surgía del conflicto fundador. En su reciente discusión sobre la muerte en la historia, el filósofo Oscar del Barco, en una carta trascendental sobre la responsabilidad y sus alcances ontológicos, consideró que había un plano de igualación en el asesinato, cual sea su motivo, su raíz o justificación. Sin embargo, escribió que “había formas de maldad suprema e incomparable”. El asesinato “es siempre lo mismo”, pero hay hechos incomparables frente a los cuales no se puede decir que “es lo mismo”. La discusión que desató esta carta dirigida como mera “carta de lector” a La intemperie, revista cultural cordobesa, y que aludía a un episodio marginal de las guerrillas prefiguradoras de lo que luego fueron los grandes nucleamientos posteriores, es también parte de los anales de la conciencia jurídica y humanística argentina. No de otra cosa.
En su respuesta a esa carta, León Rozitchner afirmó que las violencias contrapuestas eran radicalmente heterogéneas y esa falta radical de simetría entre las violencias estaba fundada en última instancia en la idea de que no hay absolutos cerrados en términos de una salvación personal, sino que “el rostro del otro” ya está dentro mío y todo ello inserto en una realidad mundana, histórica. El juicio de subjetividad se hallaba en la historia y no en la metafísica.
Sin embargo, más allá de esta disparidad filosófica, la polémica no llevaba ni a la fábula de los “arrepentidos”, al gusto de los personeros de los estrategas de las autocracias ni a la reposición de los “dos demonios”, pues en el fondo era una discusión sobre la responsabilidad política general o de la “conciencia jurídica universal” ante medio siglo de historia argentina. Todos estos escritos y muchos más que sería inagotable mencionar, componen el cuerpo de la conciencia crítica respecto del tema del pensar en la historia o del pensar en el tejido moral de un lenguaje pospolítico. Este decisivo debate saltó a los medios de comunicación y fue considerado en algunos círculos desaprensivos como el pasaje a una culpa autodeclarada, para que los cronistas agazapados de la “gran reprimenda” expusieran nuevamente el ritornello de los “dos demonios”, concepto que nunca dejó de estar en la sordina del debate. ¿No se lo sugiere en el prólogo mismo del Nunca Más? Con él coquetea el mismo Strassera, sin aceptarlo necesariamente. Se comprende: era la forma de proteger lo hablado para decir lo otro en una sociedad difícil como la nuestra. Y lo otro significaba que hubo crímenes de Estado cuyo enjuiciamiento necesario imbricaba y solicitaba desde las artes jurídicas hasta la novela, desde la filosofía hasta el pensar de las religiones.
Difícil imaginar ahora una sociedad contemporánea con tal nivel de controversia y meditación trascendente sobre un evento vital de su historia. Sin duda, el debate alemán, que pareció cerrarse en los años ’80 con la “polémica de los historiadores”, adquirió estatura semejante y en su último tramo versó sobre el mismo tema que ahora nosotros atravesamos. ¿Hay una sociedad alemana que pueda pensarse homogéneamente a lo largo de la historia? ¿O hay un corte histórico abrupto que introduce una novedad ética por la cual no sería posible que un capítulo posterior de la vida colectiva debiera considerarse heredero del momento crucial en que predominaban los agravios a la condición humana? Rechazar una herencia abominable permitía superar el “todos fuimos culpables” que en ciertos casos surgía de conciencias sinceras y, en otros, de intentos de reposicionar la memoria subterránea de los aparatos represivos.
La idea que trasunta el estremecedor escrito de Del Barco sobre la culpa –declararse responsable aun sin tener que ver con la consumación de los hechos más que de una manera solo vinculada a las atmósferas discursivas de época– mostraba hasta qué punto la conciencia crítica argentina, basamento latente de una conciencia jurídica autónoma, buceaba en sus pliegues morales más profundos para perfeccionar el juicio sobre un desgarramiento social violento. Superando figuras conceptuales indebidas, como el arrepentimiento instigado o la forzada autocrítica del caído –meras contricciones políticas–, el razonamiento iba hacia el lado de fundar en la sociedad argentina una austera sabiduría sobre lo ocurrido sin tribunalizar lo que el juicio político emancipado ya sabe de por sí.
Es que hay ciertos extravíos a los que develará la historia futura y otros que ya lo eran al momento de manifestarse. ¿No lo sabemos todos, sin el auspicio de los juzgados? Por tanto, tampoco la ley en su frialdad de necrópolis puede disecar el pasado sin embalsamarse a sí misma. Cuidado con eso. Con reconciliaciones que son simulacros de hegemonías al acecho, utilizaciones vicarias de géneros prestigiosos, como el periodismo de investigación, a fin de habilitar nuevas escenas jurídicas despojadas de historicidad específica y de universalidad altruista. Podrían estar relacionadas mucho menos con el humanismo jurídico fundante de sociabilidad autónoma que con una falsa simetría política, de cuño inmediatista, que le quita singularidad y justa locuacidad a los hechos.
En esta misma situación estamos ahora, lo que puede implicar un retroceso respecto de la juridicidad de gran nivel histórico obtenida por el país, y sin la cual no hay, no habrá libertad reflexiva. En el pasado hay crímenes planificados a escala de la humanitas y absurdas demasías que sólo omitiendo las señales rigurosas de una época serían materia criminal. La historia argentina que vivimos puede ser revista por la ley, pero no por una ley que hable como un autómata político. Debe ser ley historiadora, heredera del debate que hace tiempo está desplegado, y no mero desmantelamiento moral, operación política. Ahí están los documentos de la civilización argentina refundada en múltiples dictámenes laboriosos, con textos salidos de la imaginación crítica de juristas, escritores, periodistas y filósofos. No hay que relativizarlos. Correríamos máximo peligro si lo grave que necesita ser pensado, se somete a reglas de oportunidad inmediata. No se trata de evitar responsabilidades ni de cerrar el debate histórico. Se trata de no abandonar la conciencia jurídica universal conquistada.
Por Horacio González
Cuando Borges asistió al juicio a la Junta de Comandantes –en el año 1985– escribió un artículo condenatorio. Presentaba una apreciación de lo ocurrido sobre la que ahora vale la pena volver. Se aproximaba a la idea de dos culpabilidades gigantescas y entrelazadas, lo que de alguna manera era una cita de toda su literatura. Se trataba de visualizar al verdugo y a las víctimas encerradas en el mismo oficio secreto de intercambiarse continuamente entre ellas. ¿Dos demonios? No es así; Borges estaba decidido a condenar especialmente a aquellos comandantes. ¿Pero de qué forma? Luego de afirmar que no tienen sentido los premios ni los castigos –lo que representaba bien a su idea de que siempre coincidían determinismo y libre albedrío–, concluye que “sin embargo hay que condenar”. Al haber eliminado toda determinación histórica, su literatura entera tuvo que inventar un mundo ético que no se justificaba en ningún credo social o político, sino en una voluntad última, individualista, de redención de lo humano. Así, Borges condenó a los victimarios, a los señores de la muerte y la vida en los campos de concentración, como los verdaderos culpables. Con estas conclusiones se sobreponía a su propia tesis sobre el “destino circular”, que sin embargo era el basamento agnóstico de su artículo.
Por esa misma época, Tulio Halperín Donghi dedicó importantes reflexiones al modo en que la idea del terror influía en un giro conceptual en la literatura, en el cine argentino y en la propia forma de escribir la historia. Se trataba de imaginar si los hechos del estado general de terror que habitaba en el interior mismo del Estado podían segmentar la historia argentina cercenando la continuidad de sus esferas valorativas. Creo que Halperín concluía su ensayo afirmando que la mutación trágica que se había alojado en la historia nacional, quebrando la proporción entre sus conflictos políticos e imágenes de reparación, introducía una novedad radical en el cuerpo nacional. A partir de entonces, no se podría considerar la historia del país como una totalidad maciza de memorias sino como un vacío primordial que reclamaba nuevos símbolos y representaciones.
El alegato del fiscal Strassera en el Juicio a las Juntas es también una pieza magistral de lo que él mismo llamó “la conciencia jurídica argentina y universal”. Haciendo la historia de esa conciencia, Strassera lee un escrito de envergadura, en el cual se argumenta que el sistema de investigación practicado en la clandestinidad por el gobierno de los tres comandantes implicaba considerar a todos los ciudadanos tácitamente culpables y sujetos a tortura. El razonamiento de la fiscalía proponía partir de los juicios de eticidad pública formulados a partir de los cimientos fundadores de la Nación. No rechazaba que el Estado tomase medidas defensivas contra una forma de violencia insurgente conocida en todo el mundo, pero condenaba que se hiciera a partir de un plan criminal sistemático del que además se negaba su existencia. Pone como contraejemplo el fusilamiento de Liniers, un héroe de la resistencia a una invasión extranjera. Pero luego ese fusilamiento era realizado bajo órdenes precisas, escritas y públicas y, como se sabe, causantes de una especial fisura en las líneas de mando de los jóvenes revolucionarios.
En el alegato de Strassera, condenar a los miembros de aquella junta militar implicaba poner nuevamente sobre un carril pensable, admisible, verosímil, el conflicto fundador de la nación argentina. Las decisiones tomadas en la clandestinidad del Estado vulneraban esa forma originaria de la nación. Eran actos de “lesa humanidad” porque quebrantaban a las personas en un rango superior de su existencia, afectando su pertenencia misma a sentidos irremisibles de la colectividad nacional, faltando los cuales quedaba fatalmente expropiado el significado de la vida en común.
A su vez, uno de los condenados, el ex almirante Massera, realizó su particular alegato de defensa sobre extrañas premisas. En ese mismo juicio, aludió a una reconciliación nacional donde “todos los muertos” serían “de todos”, a la manera de una refundación nacional basada en el sacrificio catártico, necesariamente sangriento. No sería imposible ver las huellas de Joseph de Maistre en el marino que quiso “purificar por la sangre” a una suerte de democracia social imaginada entre sueños retorcidos y fabricada en las mazmorras. O la Argentina seguía el camino de las ensoñaciones de Massera, o el del texto cardinal de Strassera. Con las dificultades conocidas, esto último fue lo que pasó.
La conciencia jurídica argentina necesitada de grandes textos, sean legislativos o ficcionales, emanados de la teoría del derecho o de las grandes piezas de reflexión cultural de época se iba cimentando en reflexiones dispares pero profundas para restituir aquel vivir en común que surgía del conflicto fundador. En su reciente discusión sobre la muerte en la historia, el filósofo Oscar del Barco, en una carta trascendental sobre la responsabilidad y sus alcances ontológicos, consideró que había un plano de igualación en el asesinato, cual sea su motivo, su raíz o justificación. Sin embargo, escribió que “había formas de maldad suprema e incomparable”. El asesinato “es siempre lo mismo”, pero hay hechos incomparables frente a los cuales no se puede decir que “es lo mismo”. La discusión que desató esta carta dirigida como mera “carta de lector” a La intemperie, revista cultural cordobesa, y que aludía a un episodio marginal de las guerrillas prefiguradoras de lo que luego fueron los grandes nucleamientos posteriores, es también parte de los anales de la conciencia jurídica y humanística argentina. No de otra cosa.
En su respuesta a esa carta, León Rozitchner afirmó que las violencias contrapuestas eran radicalmente heterogéneas y esa falta radical de simetría entre las violencias estaba fundada en última instancia en la idea de que no hay absolutos cerrados en términos de una salvación personal, sino que “el rostro del otro” ya está dentro mío y todo ello inserto en una realidad mundana, histórica. El juicio de subjetividad se hallaba en la historia y no en la metafísica.
Sin embargo, más allá de esta disparidad filosófica, la polémica no llevaba ni a la fábula de los “arrepentidos”, al gusto de los personeros de los estrategas de las autocracias ni a la reposición de los “dos demonios”, pues en el fondo era una discusión sobre la responsabilidad política general o de la “conciencia jurídica universal” ante medio siglo de historia argentina. Todos estos escritos y muchos más que sería inagotable mencionar, componen el cuerpo de la conciencia crítica respecto del tema del pensar en la historia o del pensar en el tejido moral de un lenguaje pospolítico. Este decisivo debate saltó a los medios de comunicación y fue considerado en algunos círculos desaprensivos como el pasaje a una culpa autodeclarada, para que los cronistas agazapados de la “gran reprimenda” expusieran nuevamente el ritornello de los “dos demonios”, concepto que nunca dejó de estar en la sordina del debate. ¿No se lo sugiere en el prólogo mismo del Nunca Más? Con él coquetea el mismo Strassera, sin aceptarlo necesariamente. Se comprende: era la forma de proteger lo hablado para decir lo otro en una sociedad difícil como la nuestra. Y lo otro significaba que hubo crímenes de Estado cuyo enjuiciamiento necesario imbricaba y solicitaba desde las artes jurídicas hasta la novela, desde la filosofía hasta el pensar de las religiones.
Difícil imaginar ahora una sociedad contemporánea con tal nivel de controversia y meditación trascendente sobre un evento vital de su historia. Sin duda, el debate alemán, que pareció cerrarse en los años ’80 con la “polémica de los historiadores”, adquirió estatura semejante y en su último tramo versó sobre el mismo tema que ahora nosotros atravesamos. ¿Hay una sociedad alemana que pueda pensarse homogéneamente a lo largo de la historia? ¿O hay un corte histórico abrupto que introduce una novedad ética por la cual no sería posible que un capítulo posterior de la vida colectiva debiera considerarse heredero del momento crucial en que predominaban los agravios a la condición humana? Rechazar una herencia abominable permitía superar el “todos fuimos culpables” que en ciertos casos surgía de conciencias sinceras y, en otros, de intentos de reposicionar la memoria subterránea de los aparatos represivos.
La idea que trasunta el estremecedor escrito de Del Barco sobre la culpa –declararse responsable aun sin tener que ver con la consumación de los hechos más que de una manera solo vinculada a las atmósferas discursivas de época– mostraba hasta qué punto la conciencia crítica argentina, basamento latente de una conciencia jurídica autónoma, buceaba en sus pliegues morales más profundos para perfeccionar el juicio sobre un desgarramiento social violento. Superando figuras conceptuales indebidas, como el arrepentimiento instigado o la forzada autocrítica del caído –meras contricciones políticas–, el razonamiento iba hacia el lado de fundar en la sociedad argentina una austera sabiduría sobre lo ocurrido sin tribunalizar lo que el juicio político emancipado ya sabe de por sí.
Es que hay ciertos extravíos a los que develará la historia futura y otros que ya lo eran al momento de manifestarse. ¿No lo sabemos todos, sin el auspicio de los juzgados? Por tanto, tampoco la ley en su frialdad de necrópolis puede disecar el pasado sin embalsamarse a sí misma. Cuidado con eso. Con reconciliaciones que son simulacros de hegemonías al acecho, utilizaciones vicarias de géneros prestigiosos, como el periodismo de investigación, a fin de habilitar nuevas escenas jurídicas despojadas de historicidad específica y de universalidad altruista. Podrían estar relacionadas mucho menos con el humanismo jurídico fundante de sociabilidad autónoma que con una falsa simetría política, de cuño inmediatista, que le quita singularidad y justa locuacidad a los hechos.
En esta misma situación estamos ahora, lo que puede implicar un retroceso respecto de la juridicidad de gran nivel histórico obtenida por el país, y sin la cual no hay, no habrá libertad reflexiva. En el pasado hay crímenes planificados a escala de la humanitas y absurdas demasías que sólo omitiendo las señales rigurosas de una época serían materia criminal. La historia argentina que vivimos puede ser revista por la ley, pero no por una ley que hable como un autómata político. Debe ser ley historiadora, heredera del debate que hace tiempo está desplegado, y no mero desmantelamiento moral, operación política. Ahí están los documentos de la civilización argentina refundada en múltiples dictámenes laboriosos, con textos salidos de la imaginación crítica de juristas, escritores, periodistas y filósofos. No hay que relativizarlos. Correríamos máximo peligro si lo grave que necesita ser pensado, se somete a reglas de oportunidad inmediata. No se trata de evitar responsabilidades ni de cerrar el debate histórico. Se trata de no abandonar la conciencia jurídica universal conquistada.
domingo, 12 de octubre de 2008
Pienso, luego existo
Pienso, luego existo
La obra de José Pablo Feinmann es tan profusa, amplia, aguda y volcánica que resulta inclasificable: novelas, columnas de análisis político, intervenciones mediáticas, ensayos sobre cine, fascículos de filosofía, obras de teatro, guiones de cine, cuentos y hasta un programa de televisión. Como si fuera poco, dentro de esas mismas obras, unas invaden a otras, dando forma a un estilo aún más inclasificable. Pero si hay un amor que las atraviesa a todas, sin duda es la filosofía, a la que se dedicó ininterrumpidamente desde sus años de facultad. Por eso, la publicación del monumental La filosofía y el barro de la historia (Planeta) marca la aparición de uno de sus libros fundamentales, uno de esos para los que alguien se prepara toda la vida y la deja en el.
Por Gabriel Lerman
Un filósofo en la TV. Algo que podría ser una contradicción de términos, él lo convierte en una experiencia posible, cercana. Un filósofo en el diario. Algo que es usual, él lo convierte en un modo de intervención pública que supera la media de opinadores profesionales que recorren los medios. Incluso rompiendo esa idea del profesor inmaculado que todo lo sabe y viene a dar cátedra con su pluma. Sin embargo, es inclasificable. ¿José Pablo Feinmann filósofo, narrador, novelista, guionista? Seguramente todo eso junto, a la vez y en simultáneo. Acaso el secreto de la literatura de Feinmann comience a develarse en las páginas de La filosofía y el barro de la historia, edición completa y definitiva en un tomo único de ochocientas páginas que ahora publica Planeta, y que recopila los fascículos de la colección que, con el mismo nombre, salió cada domingo en Página/12. Porque en estas páginas fluye con gran disposición, pericia y antojo, la pluma de un intelectual imaginativo. Es decir, aquello que Feinmann dice que aspira a lograr como intelectual a través de la alternancia de formatos, soportes y géneros, en este tomazo, en este ladrillo descomunal encuentra la solución en una única y propia escritura.
¿Cómo llegás al estilo de esta obra?
–El estilo es una de las cosas más importantes –dice José Pablo Feinmann–, porque en realidad yo empecé a dar esta temática en un curso, en 2004, al cual se inscribieron novecientos alumnos en el primer cuatrimestre. Entonces daba clases los martes y los jueves, cuatrocientos cincuenta y cuatrocientos cincuenta, y lo di a lo largo de todo el año. Después, Hugo Soriani me dijo: ¿Por qué no lo publicás en Páginal12?”. Y me dieron las desgrabaciones con el discurso. Pero eran un desastre. La idea era publicar las desgrabaciones, pero era imposible porque tenían todo tipo de baches, derivaciones y divagaciones. Entonces dije: lo voy a escribir. Pero se me ocurrió una idea, yo no sé si buena o mala: escribirlo como si estuviera dando una clase, como si le hablara, en este caso, al lector de Páginal12.
Hay referencias literarias, una narrativa con suspenso, idas y vueltas...
–Una investigadora canadiense me dijo que “narraba la filosofía”, y me pareció una buena definición. El libro es muy personal, yo expongo un filósofo, pero después le bajo la caña. O lo apruebo, o estoy de acuerdo, o lo relaciono con tal cosa. Lo más fuerte de todo en el libro es la discusión sobre Heidegger. Y también hay otro momento muy poderoso en el cual le debo mucho a Rubén Ríos y a Edgardo Castro, eruditos en Foucault. Hice un diálogo entre Foucault y Sartre, una gran discusión acerca del sujeto. Los pasajes de Foucault y Sartre. Cuando desarrollo Foucault, Sartre interviene constantemente.
LA ESCRITURA O LA VIDA
Alguna vez dijo que su referente indiscutido en la Argentina, su ideal arquetípico, era David Viñas. En la presente entrevista dirá, hablando de filósofos, que su modelo es Jean-Paul Sartre, el intelectual total, el catedrático que puede ser el columnista brillante del journal y a la vez el dramaturgo grave de la comedia. Hay quien dice que es el Norman Mailer argentino, y la referencia tiene que ver con el carácter volcánico y desmesurado de su obra: difícil escapar a la impresión que genera la productividad literaria de Feinmann. Un autor imantado casi de manera lúdica, infantil, con el tamaño de esos libros característicos del pensamiento moderno que superaban las seiscientas páginas, que eran escritos tras abrumadoras temporadas en las que sus autores dejaban en ellos, literalmente, sus vidas. La vida por un libro, la vida en el libro. Y Feinmann suele tomarse sus desbocados proyectos con esa irracionalidad y ese ensimismamiento que lo caracterizan, donde las citas bibliográficas atraviesan raudamente su mente, lo fulminan, lo enceguecen, lo hechizan, pero donde pervive un mandato de totalidad, un forzamiento de la incompletud hasta el agotamiento y la sequedad del concepto, donde pase lo que pase debe resurgir el poderío de la explicación, una razón y una libertad superadoras. Feinmann pregona que un libro donde no se agita la existencia de un hombre no es un libro que valga la pena. Y ese hombre es tanto el autor como el lector, un instante imaginario donde ambos entran en juego y se funden en el centro.
¿Qué pensabas de la filosofía cuando empezaste a estudiarla, de joven?
–Yo entré en la carrera de Filosofía en el año ’62 –dice Feinmann–. Tenía dieciocho años, y era un gran momento de la universidad, en la calle Viamonte 430. Tengo un libro de Laclau que en la dedicatoria dice: “A Viamonte 430, donde empezó todo”. Yo era un pibe de dieciocho años que entraba con el fervor de devorarme toda la filosofía del mundo. Pero lo que tiene la filosofía de particular es que tenés que saber mucho antes de empezar a laburar por tu cuenta o a decir una palabra tuya. Podés escribir un buen poema, un buen cuento a los dieciocho años, pero para escribir filosofía tenés que formarte. Digo, para no abrir puertas que ya fueron abiertas hace siglos. Ahí hago diferencia con la literatura. Yo escribo literatura desde los ocho años: escribía novelas de cowboys, de piratas, nada del otro mundo. Iba al cine, miraba la película, me gustaba, volvía a casa y escribía un cuento sobre el tema de la película. Yo iba a seguir Letras, y creo que me inscribí en Letras, pero la Filosofía me devoró enseguida.
¿Por qué?
–Ahí estaba la totalidad del saber, el más alto de los saberes. En la literatura podían estar, pero había que rastrearlas dificultosamente. Y no estaba en todos los escritores. Pero en los filósofos estaba el más grande desafío. En cuanto a la dificultad de la filosofía, me especialicé en Hegel. Porque era el más difícil de los filósofos, el que había que saber, el que te iba abrir las puertas de todos los demás. Pero me pasé a Letras de nuevo e hice Española II y III, que fue una tortura. Con una profesora que se llamaba Frida Weber de Kurlat, un dinosaurio de la carrera de Letras que fue directora del Departamento hasta que en 1973 la sustituyó Paco Urondo, mirá cómo es este país...
¿Y volviste a Filosofía?
–Sí. Como yo tenía la guita asegurada por el lado de la empresa familiar, no tenía apuro por recibirme. A cada materia le dedicaba muchísimo. Empecé en 1962 y la última materia creo que la di en 1969. Y me olvidé de la tesis, me olvidé porque ya era profesor. Yo fui profesor, jefe de trabajos prácticos, hasta 1972. Ahí presenté mi tesis, porque la Juventud Peronista de Humanidades de La Plata me pidió que fuera decano allí. Y yo les dije que sí. Todo era maravilloso, iba para adelante, pero me faltaba la tesis. Entonces lo fui a ver a Conrado Eggers Lan, que era director del Departamento de Filosofía en la UBA, y me dice: “José, cómo que no dio la tesis”. Rendí la tesis y cuando me volví a encontrar con los muchachos de La Plata resulta que Rodolfo Mario Agoglia, que era el rector, había elegido a otro.
FILOSOFIA VIVA
La escritura de este libro entrevera filosofía y ficción, referencias al cine, a la historia, a la biografía, a la política, mientras se evoca la Selva Negra de Heidegger y la pipa que fuman con su amigo el campesino. La solución al enigma Feinmann está aquí: su problema ya no es la TV, el cine, el periodismo, los cursos de filosofía. La escritura feinmanniana se ha nutrido de técnicas narrativas que cruzan géneros, las ha reelaborado y fundido a un estilo personal que se mueve aquí o allá sin inhibiciones, ni remilgos. Falta ponerle nombre: narrativa filosófica o filosofía narrada. Y el ejemplo, dicho a modo de anticipo, es cómo llegó a su ¿próxima novela? Hace pocas semanas, mientras escribía uno de los fascículos de Páginal12 sobre Peronismo –particularmente uno de los dedicados al secuestro de Aramburu– tomó una rama de su árbol, se abrió del tronco principal y empezó a novelar diálogos y situaciones del secuestro. A poco de andar, cayó en la cuenta de que tenía setenta páginas que se recortaban del resto, que ya no tenían directamente que ver con el texto de origen, y que allí había otra cosa, el embrión de una novela.
Acaso Feinmann siempre quiso La filosofía y el barro de la historia, siempre lo soñó. ¿Cómo no imaginar al joven y ambicioso estudiante de 23 años, que da clases en la calle Viamonte, soñando con la escritura de un curso general de filosofía? El filósofo italiano Franco Volpi, traductor a su idioma de Heidegger, en su entusiasta prólogo a este libro de Feinmann, dice: “He aquí la mejor respuesta a todos aquellos, analíticos y continentales, que hoy en día tratan a la filosofía como a un perro muerto. ¿La filosofía ha muerto? ¡Viva la filosofía!”.
¿Qué pasó después que presentaste la tesis, en 1972?
–Eggers Lan, que era un profesor católico, me dice: “José, quédese aquí en Filosofía, y cree la Cátedra de Historia de Pensamiento Latinoamericano”. Eso es trabajo mío y de Guillermina Camusso. Ahí di Francisco Solano López como gran pensador latinoamericano: el Paraguay, las industrias y el desarrollo autónomo, con escritos de Solano López. Y después de esa época recuerdo mi gran conquista en Historia de la Filosofía Contemporánea, que la dictaba el profesor Klein, que era un genio de la filosofía, y yo era su ayudante de trabajos prácticos. Entonces, en 1969, lo fui a ver y le dije: “Quiero dar Juan Bautista Alberdi en mi comisión”. Me miró descreído. “¿Alberdi? ¿Cómo qué?” Y yo le dije: “Como filósofo contemporáneo”. El tipo lo pensó un rato y me dijo que sí. Ahí di, por primera vez, Fragmento preliminar al estudio del Derecho. Fueron mis hazañas de ese momento, que ya prenunciaban mi etapa nacional popular.
LA SANGRE DERRAMADA
En 1990, Feinmann publica La astucia de la razón, una de sus novelas más logradas. Allí, cuatro amigos, estudiantes de filosofía, tienen un largo encuentro durante una noche de noviembre de 1965, en una playa de Punta Mogotes, Mar del Plata. Según enuncia la novela, en un estilo entonces de moda entre autores como Ricardo Piglia y Juan José Saer, que acriollaban a Thomas Bernhard, cada uno de los cuatro amigos representa una corriente filosófica. La propia novela lo articula así: “Mientras conversaban sobre el sentido final de la filosofía, sobre Sócrates, Descartes, Kant, Hegel, y, según se verá, sobre el peronismo, inesperado concurrente a esa comida, el peronismo, traído, sorpresivamente, por ya veremos quién, habrían de comer, escribía, esa carne tierna”. Los amigos son Pablo Epstein, Pedro Bernstein, Ismael Navarro y Hugo Hernández. En ese orden, el primero es el hegeliano, luego los otros que expresan variantes del marxismo y, por último, el personaje demorado, el carismático Hugo Hernández, el portavoz del teorema latinoamericano. Este último joven, que narra un encuentro con el gordo Cooke en Córdoba, arquea la novela, la hunde en un lugar específico: aquel que diferencia a la Argentina, que la ancla en Latinoamérica y, sobre todo, la desmarca de Europa. Porque las “convicciones arrasadoras” de Hugo Hernández, las referencias a Cooke, al peronismo y a América latina, delinean una deriva, una zona de clivaje diferencial en la narrativa feinmanniana. Ya que la colección emprendida por Feinmann posteriormente a La filosofía y el barro de la historia ha sido Peronismo, filosofía política de una obstinación argentina, es de esperar que surja, finalmente, su propia versión, su regreso al pensamiento latinoamericano. Es como si en la ancha y profusa novelística del profesor aún se demorara la aparición del tercer hombre, el misterioso Harry Lime (Orson Welles), o el cuarto, según La astucia de la razón. Aquel personaje que se dio vuelta como un guante, que resuena hoy en la nueva edad política del continente, que pide a gritos una interpretación y una transformación, que quien sabe o quien verificó si la violencia o la sangre derramada fueron o serán las parteras de la historia.
La obra de José Pablo Feinmann es tan profusa, amplia, aguda y volcánica que resulta inclasificable: novelas, columnas de análisis político, intervenciones mediáticas, ensayos sobre cine, fascículos de filosofía, obras de teatro, guiones de cine, cuentos y hasta un programa de televisión. Como si fuera poco, dentro de esas mismas obras, unas invaden a otras, dando forma a un estilo aún más inclasificable. Pero si hay un amor que las atraviesa a todas, sin duda es la filosofía, a la que se dedicó ininterrumpidamente desde sus años de facultad. Por eso, la publicación del monumental La filosofía y el barro de la historia (Planeta) marca la aparición de uno de sus libros fundamentales, uno de esos para los que alguien se prepara toda la vida y la deja en el.
Por Gabriel Lerman
Un filósofo en la TV. Algo que podría ser una contradicción de términos, él lo convierte en una experiencia posible, cercana. Un filósofo en el diario. Algo que es usual, él lo convierte en un modo de intervención pública que supera la media de opinadores profesionales que recorren los medios. Incluso rompiendo esa idea del profesor inmaculado que todo lo sabe y viene a dar cátedra con su pluma. Sin embargo, es inclasificable. ¿José Pablo Feinmann filósofo, narrador, novelista, guionista? Seguramente todo eso junto, a la vez y en simultáneo. Acaso el secreto de la literatura de Feinmann comience a develarse en las páginas de La filosofía y el barro de la historia, edición completa y definitiva en un tomo único de ochocientas páginas que ahora publica Planeta, y que recopila los fascículos de la colección que, con el mismo nombre, salió cada domingo en Página/12. Porque en estas páginas fluye con gran disposición, pericia y antojo, la pluma de un intelectual imaginativo. Es decir, aquello que Feinmann dice que aspira a lograr como intelectual a través de la alternancia de formatos, soportes y géneros, en este tomazo, en este ladrillo descomunal encuentra la solución en una única y propia escritura.
¿Cómo llegás al estilo de esta obra?
–El estilo es una de las cosas más importantes –dice José Pablo Feinmann–, porque en realidad yo empecé a dar esta temática en un curso, en 2004, al cual se inscribieron novecientos alumnos en el primer cuatrimestre. Entonces daba clases los martes y los jueves, cuatrocientos cincuenta y cuatrocientos cincuenta, y lo di a lo largo de todo el año. Después, Hugo Soriani me dijo: ¿Por qué no lo publicás en Páginal12?”. Y me dieron las desgrabaciones con el discurso. Pero eran un desastre. La idea era publicar las desgrabaciones, pero era imposible porque tenían todo tipo de baches, derivaciones y divagaciones. Entonces dije: lo voy a escribir. Pero se me ocurrió una idea, yo no sé si buena o mala: escribirlo como si estuviera dando una clase, como si le hablara, en este caso, al lector de Páginal12.
Hay referencias literarias, una narrativa con suspenso, idas y vueltas...
–Una investigadora canadiense me dijo que “narraba la filosofía”, y me pareció una buena definición. El libro es muy personal, yo expongo un filósofo, pero después le bajo la caña. O lo apruebo, o estoy de acuerdo, o lo relaciono con tal cosa. Lo más fuerte de todo en el libro es la discusión sobre Heidegger. Y también hay otro momento muy poderoso en el cual le debo mucho a Rubén Ríos y a Edgardo Castro, eruditos en Foucault. Hice un diálogo entre Foucault y Sartre, una gran discusión acerca del sujeto. Los pasajes de Foucault y Sartre. Cuando desarrollo Foucault, Sartre interviene constantemente.
LA ESCRITURA O LA VIDA
Alguna vez dijo que su referente indiscutido en la Argentina, su ideal arquetípico, era David Viñas. En la presente entrevista dirá, hablando de filósofos, que su modelo es Jean-Paul Sartre, el intelectual total, el catedrático que puede ser el columnista brillante del journal y a la vez el dramaturgo grave de la comedia. Hay quien dice que es el Norman Mailer argentino, y la referencia tiene que ver con el carácter volcánico y desmesurado de su obra: difícil escapar a la impresión que genera la productividad literaria de Feinmann. Un autor imantado casi de manera lúdica, infantil, con el tamaño de esos libros característicos del pensamiento moderno que superaban las seiscientas páginas, que eran escritos tras abrumadoras temporadas en las que sus autores dejaban en ellos, literalmente, sus vidas. La vida por un libro, la vida en el libro. Y Feinmann suele tomarse sus desbocados proyectos con esa irracionalidad y ese ensimismamiento que lo caracterizan, donde las citas bibliográficas atraviesan raudamente su mente, lo fulminan, lo enceguecen, lo hechizan, pero donde pervive un mandato de totalidad, un forzamiento de la incompletud hasta el agotamiento y la sequedad del concepto, donde pase lo que pase debe resurgir el poderío de la explicación, una razón y una libertad superadoras. Feinmann pregona que un libro donde no se agita la existencia de un hombre no es un libro que valga la pena. Y ese hombre es tanto el autor como el lector, un instante imaginario donde ambos entran en juego y se funden en el centro.
¿Qué pensabas de la filosofía cuando empezaste a estudiarla, de joven?
–Yo entré en la carrera de Filosofía en el año ’62 –dice Feinmann–. Tenía dieciocho años, y era un gran momento de la universidad, en la calle Viamonte 430. Tengo un libro de Laclau que en la dedicatoria dice: “A Viamonte 430, donde empezó todo”. Yo era un pibe de dieciocho años que entraba con el fervor de devorarme toda la filosofía del mundo. Pero lo que tiene la filosofía de particular es que tenés que saber mucho antes de empezar a laburar por tu cuenta o a decir una palabra tuya. Podés escribir un buen poema, un buen cuento a los dieciocho años, pero para escribir filosofía tenés que formarte. Digo, para no abrir puertas que ya fueron abiertas hace siglos. Ahí hago diferencia con la literatura. Yo escribo literatura desde los ocho años: escribía novelas de cowboys, de piratas, nada del otro mundo. Iba al cine, miraba la película, me gustaba, volvía a casa y escribía un cuento sobre el tema de la película. Yo iba a seguir Letras, y creo que me inscribí en Letras, pero la Filosofía me devoró enseguida.
¿Por qué?
–Ahí estaba la totalidad del saber, el más alto de los saberes. En la literatura podían estar, pero había que rastrearlas dificultosamente. Y no estaba en todos los escritores. Pero en los filósofos estaba el más grande desafío. En cuanto a la dificultad de la filosofía, me especialicé en Hegel. Porque era el más difícil de los filósofos, el que había que saber, el que te iba abrir las puertas de todos los demás. Pero me pasé a Letras de nuevo e hice Española II y III, que fue una tortura. Con una profesora que se llamaba Frida Weber de Kurlat, un dinosaurio de la carrera de Letras que fue directora del Departamento hasta que en 1973 la sustituyó Paco Urondo, mirá cómo es este país...
¿Y volviste a Filosofía?
–Sí. Como yo tenía la guita asegurada por el lado de la empresa familiar, no tenía apuro por recibirme. A cada materia le dedicaba muchísimo. Empecé en 1962 y la última materia creo que la di en 1969. Y me olvidé de la tesis, me olvidé porque ya era profesor. Yo fui profesor, jefe de trabajos prácticos, hasta 1972. Ahí presenté mi tesis, porque la Juventud Peronista de Humanidades de La Plata me pidió que fuera decano allí. Y yo les dije que sí. Todo era maravilloso, iba para adelante, pero me faltaba la tesis. Entonces lo fui a ver a Conrado Eggers Lan, que era director del Departamento de Filosofía en la UBA, y me dice: “José, cómo que no dio la tesis”. Rendí la tesis y cuando me volví a encontrar con los muchachos de La Plata resulta que Rodolfo Mario Agoglia, que era el rector, había elegido a otro.
FILOSOFIA VIVA
La escritura de este libro entrevera filosofía y ficción, referencias al cine, a la historia, a la biografía, a la política, mientras se evoca la Selva Negra de Heidegger y la pipa que fuman con su amigo el campesino. La solución al enigma Feinmann está aquí: su problema ya no es la TV, el cine, el periodismo, los cursos de filosofía. La escritura feinmanniana se ha nutrido de técnicas narrativas que cruzan géneros, las ha reelaborado y fundido a un estilo personal que se mueve aquí o allá sin inhibiciones, ni remilgos. Falta ponerle nombre: narrativa filosófica o filosofía narrada. Y el ejemplo, dicho a modo de anticipo, es cómo llegó a su ¿próxima novela? Hace pocas semanas, mientras escribía uno de los fascículos de Páginal12 sobre Peronismo –particularmente uno de los dedicados al secuestro de Aramburu– tomó una rama de su árbol, se abrió del tronco principal y empezó a novelar diálogos y situaciones del secuestro. A poco de andar, cayó en la cuenta de que tenía setenta páginas que se recortaban del resto, que ya no tenían directamente que ver con el texto de origen, y que allí había otra cosa, el embrión de una novela.
Acaso Feinmann siempre quiso La filosofía y el barro de la historia, siempre lo soñó. ¿Cómo no imaginar al joven y ambicioso estudiante de 23 años, que da clases en la calle Viamonte, soñando con la escritura de un curso general de filosofía? El filósofo italiano Franco Volpi, traductor a su idioma de Heidegger, en su entusiasta prólogo a este libro de Feinmann, dice: “He aquí la mejor respuesta a todos aquellos, analíticos y continentales, que hoy en día tratan a la filosofía como a un perro muerto. ¿La filosofía ha muerto? ¡Viva la filosofía!”.
¿Qué pasó después que presentaste la tesis, en 1972?
–Eggers Lan, que era un profesor católico, me dice: “José, quédese aquí en Filosofía, y cree la Cátedra de Historia de Pensamiento Latinoamericano”. Eso es trabajo mío y de Guillermina Camusso. Ahí di Francisco Solano López como gran pensador latinoamericano: el Paraguay, las industrias y el desarrollo autónomo, con escritos de Solano López. Y después de esa época recuerdo mi gran conquista en Historia de la Filosofía Contemporánea, que la dictaba el profesor Klein, que era un genio de la filosofía, y yo era su ayudante de trabajos prácticos. Entonces, en 1969, lo fui a ver y le dije: “Quiero dar Juan Bautista Alberdi en mi comisión”. Me miró descreído. “¿Alberdi? ¿Cómo qué?” Y yo le dije: “Como filósofo contemporáneo”. El tipo lo pensó un rato y me dijo que sí. Ahí di, por primera vez, Fragmento preliminar al estudio del Derecho. Fueron mis hazañas de ese momento, que ya prenunciaban mi etapa nacional popular.
LA SANGRE DERRAMADA
En 1990, Feinmann publica La astucia de la razón, una de sus novelas más logradas. Allí, cuatro amigos, estudiantes de filosofía, tienen un largo encuentro durante una noche de noviembre de 1965, en una playa de Punta Mogotes, Mar del Plata. Según enuncia la novela, en un estilo entonces de moda entre autores como Ricardo Piglia y Juan José Saer, que acriollaban a Thomas Bernhard, cada uno de los cuatro amigos representa una corriente filosófica. La propia novela lo articula así: “Mientras conversaban sobre el sentido final de la filosofía, sobre Sócrates, Descartes, Kant, Hegel, y, según se verá, sobre el peronismo, inesperado concurrente a esa comida, el peronismo, traído, sorpresivamente, por ya veremos quién, habrían de comer, escribía, esa carne tierna”. Los amigos son Pablo Epstein, Pedro Bernstein, Ismael Navarro y Hugo Hernández. En ese orden, el primero es el hegeliano, luego los otros que expresan variantes del marxismo y, por último, el personaje demorado, el carismático Hugo Hernández, el portavoz del teorema latinoamericano. Este último joven, que narra un encuentro con el gordo Cooke en Córdoba, arquea la novela, la hunde en un lugar específico: aquel que diferencia a la Argentina, que la ancla en Latinoamérica y, sobre todo, la desmarca de Europa. Porque las “convicciones arrasadoras” de Hugo Hernández, las referencias a Cooke, al peronismo y a América latina, delinean una deriva, una zona de clivaje diferencial en la narrativa feinmanniana. Ya que la colección emprendida por Feinmann posteriormente a La filosofía y el barro de la historia ha sido Peronismo, filosofía política de una obstinación argentina, es de esperar que surja, finalmente, su propia versión, su regreso al pensamiento latinoamericano. Es como si en la ancha y profusa novelística del profesor aún se demorara la aparición del tercer hombre, el misterioso Harry Lime (Orson Welles), o el cuarto, según La astucia de la razón. Aquel personaje que se dio vuelta como un guante, que resuena hoy en la nueva edad política del continente, que pide a gritos una interpretación y una transformación, que quien sabe o quien verificó si la violencia o la sangre derramada fueron o serán las parteras de la historia.
miércoles, 8 de octubre de 2008
Radiografía del encierro adolescente
Radiografía del encierro adolescente
Hay 6300 adolescentes en el sistema penal; el 40 por ciento con causas por delitos leves. La cuarta parte está en regímenes cerrados, donde reciben clases apenas entre 2 y 5 horas por día. Así lo revela un informe de Unicef, el Gobierno y la Untref.
Por Mariana Carbajal
En el país unos 6300 adolescentes sospechados o imputados de haber infringido la ley penal están cumpliendo algún tipo de medida punitiva ordenada por un juez. Uno de cada cuatro permanece alojado en institutos con regímenes cerrados, a pesar de que la Convención Internacional de los Derechos del Niño, con rango constitucional, establece que la privación de la libertad debe ser el último recurso, y sólo debe aplicarse en casos extremos. Sesenta y siete de los detenidos llevan presos más de dos años. De los datos disponibles, se sabe que casi el 40 por ciento está encerrado por delitos que no se consideran graves, como robos sin armas. La información surge de un relevamiento nacional sobre adolescentes en el sistema penal, que realizaron en forma conjunta el Gobierno, Unicef y la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Mientras están encerrados, la oferta educativa que reciben los chicos menores de 18 años es muy pobre: apenas entre 2 a 5 horas diarias de clases, según el lugar. La mitad de los establecimientos no les da la posibilidad de realizar deportes y casi un 60 por ciento no les propone actividades lúdicas en el marco de un programa de rehabilitación ni de formación laboral.
“En algunas provincias la respuesta es el encierro o nada. También son encerrados chicos en situación de calle, aunque estar en la calle no es un delito. Es una grave vulneración de derechos”, alertó el subsecretario nacional de Derechos para la Niñez, Adolescencia y Familia, Gabriel Lerner, al dar a conocer los detalles del informe junto al director adjunto de Unicef Argentina, Ennio Cufino, a un grupo reducido de medios, entre ellos PáginaI12.
“Se debe ver a los adolescentes como adolescentes y no como infractores. Hay una fuerte decisión del Gobierno para realizar esa transformación”, subrayó Paola Vessvessian, secretaria del área, dependiente del Ministerio de Desarrollo Social. Ayer por la tarde, la ministra Alicia Kirchner presentó oficialmente el estudio en la Jefatura de Gabinete: “El Gobierno definió como prioridad mejorar la calidad de vida de niñas, niños y adolescentes, basado en la promoción de sus derechos”, dijo. “Este trabajo es una interpelación sobre la realidad de los menores en lo cuantitativo y lo cualitativo, absolutamente serio y participativo”, explicó y advirtió que “estábamos acostumbrados a políticas sociales homogéneas, originadas en conceptos abstractos, de escritorio, destinadas a tranquilizar conciencias e intelectos de quienes tienen mucho más de entrenamiento en el discurso que en revertir una realidad social afectada por décadas de crisis y abandonos”.
Lerner reclamó al Congreso la reforma del actual Régimen Penal de la Minoridad, vigente por un decreto de la última dictadura militar. “Resulta imprescindible modificarlo” y “avanzar hacia un sistema penal juvenil respetuoso de los derechos, acorde con la Convención sobre los Derechos del Niño y la Constitución Nacional”, opinó. Además, agregó Lerner, se deben adecuar las legislaciones procesales y la organización de la Justicia en cada provincia, y reformular en todas las jurisdicciones las políticas y dispositivos gubernamentales de trabajo con los adolescentes infractores.
El estudio es una fotografía del sistema penal juvenil del segundo semestre de 2007, cuando se llevó a cabo el relevamiento en todo el país. Pero los datos no fueron de-sagregados por provincias.
Sus principales conclusiones son las siguientes:
- Se revelaron 6299 adolescentes menores de 18 años incluidos en dispositivos penales juveniles por orden judicial por estar sospechados o imputados de haber cometido algún delito.
- Hay 1529 adolescentes privados de su libertad en institutos de régimen cerrado, con alambrados o muros y agentes de seguridad que los controla.
- Unos 270 permanecen internados en establecimientos con régimen semicerrado y pueden, en general, salir para ir a la escuela o trabajar solos o supervisados por personal del lugar.
- El resto de los adolescentes, unos 4495 presuntos infractores (71 por ciento del total) están bajo programas no privativos de la libertad, de acompañamiento y supervisión. Pero la mayoría de esos programas “no están especializados” en el tratamiento de jóvenes en conflicto con la ley penal, señaló Gimol Pinto, especialista en Protección de Derechos de Unicef. Sólo se encontraron en nueve provincias programas similares a la modalidad de libertad asistida, una alternativa al encierro sugerida desde el organismo internacional y contemplada en varios de los proyectos legislativos de responsabilidad penal juvenil presentados en el Congreso (ver aparte).
- Las mujeres representan el 8 por ciento del total de adolescentes en distintos establecimientos (cerrados y semicerrados) y el 17 por ciento en programas.
Pinto destacó como “un avance importante” que la privación de la libertad de adolescentes sospechados o imputados de un delito no sea la respuesta mayoritaria que den los jueces. Pero advirtió que el “régimen cerrado” concentra todavía al 85 por ciento de los que están institucionalizados.
Un relevamiento anterior de Unicef, que se hizo en 2005 –y se publicó en 2006–, mostró que en aquel momento había unos 2377 chicos privados de libertad por causas penales. Las cifras no serían comparables, se explicó, por las distintas metodologías de recolección de datos aplicadas. Sin embargo, y aunque en el nuevo estudio podría haber un subregistro de un 20 por ciento, se estima que la cantidad de chicos presos habría disminuido en los últimos años por diversos motivos; uno de ellos, la sanción de la Ley 26.061, de Protección Integral de la Infancia, en 2005, a partir de la cual se empezaron a desarrollar programas alternativos al encierro. En la ciudad de Buenos Aires, donde los cinco institutos de menores dependen de la Nación, la tasa de encierro se redujo casi un 50 por ciento, entre 2003 y la actualidad, según indicó Gustavo Piantino, director nacional para Adolescentes Infractores a la Ley Penal: de entre 550 y 500 se bajó a entre 230, 250, de los cuales unas 21 son chicas. “Esta reducción tuvo que ver con el cambio de criterio de los jueces y con la oferta de medidas alternativas desde Nación”, señaló el funcionario. Entre estas últimas, enumeró un programa de libertad asistida, en el marco del cual técnicos de la Secretaria de Niñez, Adolescencia y Familia periódicamente visitan al joven en su ámbito familiar y elaboran un informe que elevan al juez, y otro programa llamado “A la salida”, que obliga a los adolescentes a participar dos veces por semana de alguna actividad colectiva como un taller de formación en algún oficio o alguna actividad deportiva. En la primera modalidad, actualmente hay unos 300 adolescentes y en la segunda, cerca de 90.
Hay 6300 adolescentes en el sistema penal; el 40 por ciento con causas por delitos leves. La cuarta parte está en regímenes cerrados, donde reciben clases apenas entre 2 y 5 horas por día. Así lo revela un informe de Unicef, el Gobierno y la Untref.
Por Mariana Carbajal
En el país unos 6300 adolescentes sospechados o imputados de haber infringido la ley penal están cumpliendo algún tipo de medida punitiva ordenada por un juez. Uno de cada cuatro permanece alojado en institutos con regímenes cerrados, a pesar de que la Convención Internacional de los Derechos del Niño, con rango constitucional, establece que la privación de la libertad debe ser el último recurso, y sólo debe aplicarse en casos extremos. Sesenta y siete de los detenidos llevan presos más de dos años. De los datos disponibles, se sabe que casi el 40 por ciento está encerrado por delitos que no se consideran graves, como robos sin armas. La información surge de un relevamiento nacional sobre adolescentes en el sistema penal, que realizaron en forma conjunta el Gobierno, Unicef y la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Mientras están encerrados, la oferta educativa que reciben los chicos menores de 18 años es muy pobre: apenas entre 2 a 5 horas diarias de clases, según el lugar. La mitad de los establecimientos no les da la posibilidad de realizar deportes y casi un 60 por ciento no les propone actividades lúdicas en el marco de un programa de rehabilitación ni de formación laboral.
“En algunas provincias la respuesta es el encierro o nada. También son encerrados chicos en situación de calle, aunque estar en la calle no es un delito. Es una grave vulneración de derechos”, alertó el subsecretario nacional de Derechos para la Niñez, Adolescencia y Familia, Gabriel Lerner, al dar a conocer los detalles del informe junto al director adjunto de Unicef Argentina, Ennio Cufino, a un grupo reducido de medios, entre ellos PáginaI12.
“Se debe ver a los adolescentes como adolescentes y no como infractores. Hay una fuerte decisión del Gobierno para realizar esa transformación”, subrayó Paola Vessvessian, secretaria del área, dependiente del Ministerio de Desarrollo Social. Ayer por la tarde, la ministra Alicia Kirchner presentó oficialmente el estudio en la Jefatura de Gabinete: “El Gobierno definió como prioridad mejorar la calidad de vida de niñas, niños y adolescentes, basado en la promoción de sus derechos”, dijo. “Este trabajo es una interpelación sobre la realidad de los menores en lo cuantitativo y lo cualitativo, absolutamente serio y participativo”, explicó y advirtió que “estábamos acostumbrados a políticas sociales homogéneas, originadas en conceptos abstractos, de escritorio, destinadas a tranquilizar conciencias e intelectos de quienes tienen mucho más de entrenamiento en el discurso que en revertir una realidad social afectada por décadas de crisis y abandonos”.
Lerner reclamó al Congreso la reforma del actual Régimen Penal de la Minoridad, vigente por un decreto de la última dictadura militar. “Resulta imprescindible modificarlo” y “avanzar hacia un sistema penal juvenil respetuoso de los derechos, acorde con la Convención sobre los Derechos del Niño y la Constitución Nacional”, opinó. Además, agregó Lerner, se deben adecuar las legislaciones procesales y la organización de la Justicia en cada provincia, y reformular en todas las jurisdicciones las políticas y dispositivos gubernamentales de trabajo con los adolescentes infractores.
El estudio es una fotografía del sistema penal juvenil del segundo semestre de 2007, cuando se llevó a cabo el relevamiento en todo el país. Pero los datos no fueron de-sagregados por provincias.
Sus principales conclusiones son las siguientes:
- Se revelaron 6299 adolescentes menores de 18 años incluidos en dispositivos penales juveniles por orden judicial por estar sospechados o imputados de haber cometido algún delito.
- Hay 1529 adolescentes privados de su libertad en institutos de régimen cerrado, con alambrados o muros y agentes de seguridad que los controla.
- Unos 270 permanecen internados en establecimientos con régimen semicerrado y pueden, en general, salir para ir a la escuela o trabajar solos o supervisados por personal del lugar.
- El resto de los adolescentes, unos 4495 presuntos infractores (71 por ciento del total) están bajo programas no privativos de la libertad, de acompañamiento y supervisión. Pero la mayoría de esos programas “no están especializados” en el tratamiento de jóvenes en conflicto con la ley penal, señaló Gimol Pinto, especialista en Protección de Derechos de Unicef. Sólo se encontraron en nueve provincias programas similares a la modalidad de libertad asistida, una alternativa al encierro sugerida desde el organismo internacional y contemplada en varios de los proyectos legislativos de responsabilidad penal juvenil presentados en el Congreso (ver aparte).
- Las mujeres representan el 8 por ciento del total de adolescentes en distintos establecimientos (cerrados y semicerrados) y el 17 por ciento en programas.
Pinto destacó como “un avance importante” que la privación de la libertad de adolescentes sospechados o imputados de un delito no sea la respuesta mayoritaria que den los jueces. Pero advirtió que el “régimen cerrado” concentra todavía al 85 por ciento de los que están institucionalizados.
Un relevamiento anterior de Unicef, que se hizo en 2005 –y se publicó en 2006–, mostró que en aquel momento había unos 2377 chicos privados de libertad por causas penales. Las cifras no serían comparables, se explicó, por las distintas metodologías de recolección de datos aplicadas. Sin embargo, y aunque en el nuevo estudio podría haber un subregistro de un 20 por ciento, se estima que la cantidad de chicos presos habría disminuido en los últimos años por diversos motivos; uno de ellos, la sanción de la Ley 26.061, de Protección Integral de la Infancia, en 2005, a partir de la cual se empezaron a desarrollar programas alternativos al encierro. En la ciudad de Buenos Aires, donde los cinco institutos de menores dependen de la Nación, la tasa de encierro se redujo casi un 50 por ciento, entre 2003 y la actualidad, según indicó Gustavo Piantino, director nacional para Adolescentes Infractores a la Ley Penal: de entre 550 y 500 se bajó a entre 230, 250, de los cuales unas 21 son chicas. “Esta reducción tuvo que ver con el cambio de criterio de los jueces y con la oferta de medidas alternativas desde Nación”, señaló el funcionario. Entre estas últimas, enumeró un programa de libertad asistida, en el marco del cual técnicos de la Secretaria de Niñez, Adolescencia y Familia periódicamente visitan al joven en su ámbito familiar y elaboran un informe que elevan al juez, y otro programa llamado “A la salida”, que obliga a los adolescentes a participar dos veces por semana de alguna actividad colectiva como un taller de formación en algún oficio o alguna actividad deportiva. En la primera modalidad, actualmente hay unos 300 adolescentes y en la segunda, cerca de 90.
martes, 7 de octubre de 2008
Aquel hito en la lucha contra el sida
Aquel hito en la lucha contra el sida
Los franceses Luc Montagnier y Françoise Barré-Sinoussi fueron galardonados por su hallazgo de hace 25 años. El Nobel cierra por completo la controversia de ese equipo con el norteamericano Gallo. Y hace justicia con Barré-Sinoussi, que quedó a la sombra de Montagnier.
Por Pedro Lipcovich
Françoise Barré-Sinoussi, descubridora del virus del sida, fue premiada con el Nobel de Medicina, en conjunto con Luc Montagnier, que dirigía el laboratorio francés donde, en 1983, se efectuó el hallazgo. La decisión del Comité Nobel cierra definitivamente la polémica sobre la atribución del descubrimiento: durante años la autoría fue discutida entre Montagnier y el investigador norteamericano Robert Gallo, en el marco de una guerra de patentes entre los gobiernos de Estados Unidos y Francia. Entretanto, quedaba en sombras la participación central de Barré-Sinoussi, “quien fue la que más directamente llevó adelante la investigación”, observó ayer Pedro Cahn, ex presidente de la Sociedad Internacional de Sida. Menos conocida pero más grave fue la controversia que envolvió en su momento al tercer laureado de ayer, Harald zur Hausen, alemán, que hace más de 30 años aisló el virus del papiloma humano y advirtió su relación con el cáncer de cuello de útero (ver nota aparte).
“Tengo una vida antes de 1983, y otra vida después”, suele decir Françoise Barré-Sinoussi, que actualmente dirige el laboratorio del Instituto Pasteur. Nació el 30 de julio de 1947 en París, se doctoró en bioquímica en 1974 y en 1975 se incorporó al equipo de virólogos que conducía Luc Montagnier en el Instituto Pasteur. Fue la autora principal del trabajo que el 20 de mayo de 1983, en la revista Science, daba a conocer su descubrimiento –el 20 de enero de ese año– de un microorganismo que entonces fue llamado “lentivirus”, por el largo período de incubación del mal que causaba, una caída del sistema inmunitario que, desde hacía un par de años, se identificaba como “sida, síndrome de inmunodeficiencia adquirida”.
Luc Montagnier, que hoy tiene 76 años, nació el 18 de agosto de 1932 en la localidad francesa de Chabris; se formó como médico investigador en su país y en Gran Bretaña. En 1960 ingresó en el Centro Nacional francés de Investigación Científica (CNRS), donde, en 1974, fue designado director de investigaciones. En 1972, había creado el departamento de virología en el Instituto Pasteur, y en 1982 creó un equipo de investigación dedicado a buscar la causa del sida.
En 1984, sin embargo, en el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos, el laboratorio dirigido por Robert Gallo anunció a su vez haber encontrado un virus causante del sida y presentó un reclamo por patentes, que entró en controversia con el sostenido por la institución francesa. En 1987, el presidente Ronald Reagan y el primer ministro francés Jacques Chirac acordaron dividir las ganancias por patentes de los análisis de sangre para detectar el VIH.
Más tarde, Gallo admitió que sus propios cultivos habían sido contaminados “accidentalmente” con el virus aislado por los investigadores franceses, que habían enviado muestras a la institución norteamericana. En 1994, el gobierno de Estados Unidos reconoció que el virus había sido aislado inicialmente en Francia y aceptó dar a este país una proporción mayor de las ganancias por testeos clínicos. Ayer, tras conocerse la asignación del Nobel, Robert Gallo felicitó a los ganadores.
El Comité Nobel sostiene en su dictamen que “nunca antes la ciencia y la medicina habían sido tan rápidos para descubrir, identificar el origen y proveer tratamiento para una nueva enfermedad”.
Pedro Cahn –ex presidente de la Sociedad Mundial de Sida y jefe de Infectología en el Hospital Fernández– señaló que “la Academia de Ciencias sueca termina definitivamente con toda polémica sobre quién descubrió el VIH”, y agregó que el otorgamiento del premio “es un acto de estricta justicia para la doctora Barré-Sinoussi, quien desarrolló la parte más importante del trabajo. Montagnier, como jefe del laboratorio, tuvo más aparición pública, pero quien estuvo todo el tiempo en la tarea, pegada al microscopio, fue Françoise Barré-Sinoussi”.
Cahn comentó que “desde 1983 hasta ahora, las cosas cambiaron enormemente: disponemos de tratamientos para pacientes en todos los estadios de la enfermedad, incluso los más avanzados. Sin embargo, llegamos sólo al 31 por ciento de los que necesitan tratamiento. El 69 por ciento restante sigue viviendo todavía como en 1983, como si no se hubiera descubierto el virus”.
“El sida es una enfermedad prevenible, pero la contraen 7400 personas cada día en el mundo; es tratable mueren dos millones de personas por año. Hace pocos días, Estados Unidos decidió destinar 700.000 millones de dólares para rescatar bancos, pero no se dispone de los 20.000 millones que harían falta para tratar a todas las personas con VIH en el mundo”, graficó el ex titular de la Sociedad Mundial de Sida.
Montagnier recibió la noticia del premio en Costa de Marfil, mientras participaba en un congreso de su especialidad: “Mi reacción fue pensar en todos los que murieron por el sida y en quienes siguen vivos y luchan contra la enfermedad”, declaró el científico, que se desempeña en la Fundación Mundial para la Investigación y Prevención del sida. Barré–Sinoussi es directora de laboratorio en el Instituto Pasteur. A cada uno de ellos le corresponderá la cuarta parte del premio de diez millones de coronas suecas, equivalentes a 1,02 millones de euros, que recibirán el 10 de diciembre en Estocolmo.
Los franceses Luc Montagnier y Françoise Barré-Sinoussi fueron galardonados por su hallazgo de hace 25 años. El Nobel cierra por completo la controversia de ese equipo con el norteamericano Gallo. Y hace justicia con Barré-Sinoussi, que quedó a la sombra de Montagnier.
Por Pedro Lipcovich
Françoise Barré-Sinoussi, descubridora del virus del sida, fue premiada con el Nobel de Medicina, en conjunto con Luc Montagnier, que dirigía el laboratorio francés donde, en 1983, se efectuó el hallazgo. La decisión del Comité Nobel cierra definitivamente la polémica sobre la atribución del descubrimiento: durante años la autoría fue discutida entre Montagnier y el investigador norteamericano Robert Gallo, en el marco de una guerra de patentes entre los gobiernos de Estados Unidos y Francia. Entretanto, quedaba en sombras la participación central de Barré-Sinoussi, “quien fue la que más directamente llevó adelante la investigación”, observó ayer Pedro Cahn, ex presidente de la Sociedad Internacional de Sida. Menos conocida pero más grave fue la controversia que envolvió en su momento al tercer laureado de ayer, Harald zur Hausen, alemán, que hace más de 30 años aisló el virus del papiloma humano y advirtió su relación con el cáncer de cuello de útero (ver nota aparte).
“Tengo una vida antes de 1983, y otra vida después”, suele decir Françoise Barré-Sinoussi, que actualmente dirige el laboratorio del Instituto Pasteur. Nació el 30 de julio de 1947 en París, se doctoró en bioquímica en 1974 y en 1975 se incorporó al equipo de virólogos que conducía Luc Montagnier en el Instituto Pasteur. Fue la autora principal del trabajo que el 20 de mayo de 1983, en la revista Science, daba a conocer su descubrimiento –el 20 de enero de ese año– de un microorganismo que entonces fue llamado “lentivirus”, por el largo período de incubación del mal que causaba, una caída del sistema inmunitario que, desde hacía un par de años, se identificaba como “sida, síndrome de inmunodeficiencia adquirida”.
Luc Montagnier, que hoy tiene 76 años, nació el 18 de agosto de 1932 en la localidad francesa de Chabris; se formó como médico investigador en su país y en Gran Bretaña. En 1960 ingresó en el Centro Nacional francés de Investigación Científica (CNRS), donde, en 1974, fue designado director de investigaciones. En 1972, había creado el departamento de virología en el Instituto Pasteur, y en 1982 creó un equipo de investigación dedicado a buscar la causa del sida.
En 1984, sin embargo, en el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos, el laboratorio dirigido por Robert Gallo anunció a su vez haber encontrado un virus causante del sida y presentó un reclamo por patentes, que entró en controversia con el sostenido por la institución francesa. En 1987, el presidente Ronald Reagan y el primer ministro francés Jacques Chirac acordaron dividir las ganancias por patentes de los análisis de sangre para detectar el VIH.
Más tarde, Gallo admitió que sus propios cultivos habían sido contaminados “accidentalmente” con el virus aislado por los investigadores franceses, que habían enviado muestras a la institución norteamericana. En 1994, el gobierno de Estados Unidos reconoció que el virus había sido aislado inicialmente en Francia y aceptó dar a este país una proporción mayor de las ganancias por testeos clínicos. Ayer, tras conocerse la asignación del Nobel, Robert Gallo felicitó a los ganadores.
El Comité Nobel sostiene en su dictamen que “nunca antes la ciencia y la medicina habían sido tan rápidos para descubrir, identificar el origen y proveer tratamiento para una nueva enfermedad”.
Pedro Cahn –ex presidente de la Sociedad Mundial de Sida y jefe de Infectología en el Hospital Fernández– señaló que “la Academia de Ciencias sueca termina definitivamente con toda polémica sobre quién descubrió el VIH”, y agregó que el otorgamiento del premio “es un acto de estricta justicia para la doctora Barré-Sinoussi, quien desarrolló la parte más importante del trabajo. Montagnier, como jefe del laboratorio, tuvo más aparición pública, pero quien estuvo todo el tiempo en la tarea, pegada al microscopio, fue Françoise Barré-Sinoussi”.
Cahn comentó que “desde 1983 hasta ahora, las cosas cambiaron enormemente: disponemos de tratamientos para pacientes en todos los estadios de la enfermedad, incluso los más avanzados. Sin embargo, llegamos sólo al 31 por ciento de los que necesitan tratamiento. El 69 por ciento restante sigue viviendo todavía como en 1983, como si no se hubiera descubierto el virus”.
“El sida es una enfermedad prevenible, pero la contraen 7400 personas cada día en el mundo; es tratable mueren dos millones de personas por año. Hace pocos días, Estados Unidos decidió destinar 700.000 millones de dólares para rescatar bancos, pero no se dispone de los 20.000 millones que harían falta para tratar a todas las personas con VIH en el mundo”, graficó el ex titular de la Sociedad Mundial de Sida.
Montagnier recibió la noticia del premio en Costa de Marfil, mientras participaba en un congreso de su especialidad: “Mi reacción fue pensar en todos los que murieron por el sida y en quienes siguen vivos y luchan contra la enfermedad”, declaró el científico, que se desempeña en la Fundación Mundial para la Investigación y Prevención del sida. Barré–Sinoussi es directora de laboratorio en el Instituto Pasteur. A cada uno de ellos le corresponderá la cuarta parte del premio de diez millones de coronas suecas, equivalentes a 1,02 millones de euros, que recibirán el 10 de diciembre en Estocolmo.
domingo, 5 de octubre de 2008
Diego Capusotto
Diego Capusotto
"Siempre estuve con los atorrantes"
De nuevo en pantalla con Peter Capusotto y sus videos y con miles de devotos que repiten sus hits en YouTube, en dvd, en ringtones, el actor aun siente como un gran misterio eso que con pudor y distancia llama “suceso”.
03.10.2008 "Eso de juntarse en un bar y armar un programa no existe. Nosotros tuvimos la oportunidad."
—Algo tiene que estar pasando en el mundo del espectáculo para que vos te hayas convertido en uno de los tipos más requeridos por el periodismo. Resulta difícil entrevistarte tratando de esquivar todo lo que ya dijiste en algún canal, diario o revista…
—Yo supongo que tiene que haber un gran vacío y de repenteaparece un personaje o un programa que tiene un halo de romanticismo y encima está ubicado en la marginalidad del Canal 7, que no compite por el rating. Nosotros tenemos 3 puntos y algo de rating, que supuestamente para el tecnicismo medidor es muchísimo. Pero a nosotros nunca nos importó, nos afectan más los comentarios y las opiniones que recibimos, son más genuinos que la valoración impuesta por los números.
Igualmente, a mí no deja de extrañarme la reacción de los medios, porque aparecemos en un programa que además de ser temático está ligado al rock. Pero creo que hay algo que vos debés conocer bien que es el misterio. Es misterioso nuestro suceso. Un suceso que te excede y que vos no previste. También pasa que en los medios no hay mucho lenguaje humorístico, o si hay, aparece acompañando otros contenidos, así que cuando surge una forma de humor desde lo ficcional….
—Chiche Gelblung, a raíz de unas declaraciones que hiciste en la revista THC sobre tus experiencias con el porro, te acusó de ser un mal referentepara los jóvenes…
—Chiche Gelblung para mí tiene la misma importancia que un paraguas roto. Sus acusaciones ni siquiera tuvieron importancia ideológica: lo que hizo está más vinculado al show que a una cierta forma de moral. Pero su acusación ni siquiera tuvo influencia en la opinión pública, ni siquiera produjo el famoso “che, ¿no será que este tipo le está dando malos consejos a los chicos?”.
Él me está llamando desde hace dos años para invitarme a su programa y aprovechó esa entrevista para mandarme un mensaje. Me siguió llamando después de esa emisión para que fuera a justificar mis dichos.
Lo que yo digo como una cuestión personal no tengo por qué justificarlo ante nadie. Además, él exacerbó mis dichos; no soy un adicto, ni siquiera soy un marihuanense. Urdapilleta me llamó furioso: “Vamos a denunciarlo, vamos al programa y lo cagamos a trompadas”. Pero hay que pelearse con gente más interesante. El consumo de drogas es algo estrictamente personal. Hay gente que se pone pelotuda y otra que se pone brillante. Para hablar de drogas se necesita cierta profundización, porque los medios las han demonizado, las han asociado a la delincuencia.
—El prohibicionismo siempre es autoritario. No permite reflexiones, ni admite disidentes.
—Es totalmente así, mientras tanto ellos enferman a la sociedad con sus políticas y sus opiniones. Yo, por estar adentro, sé que los medios funcionan con el primitivo esquema de “che loco, me falta media hora, ¿qué ponemos?” “Vamos a poner las drogas” No es ni siquiera una propuesta que venga de cierta preocupación. Se buscan temas que produzcan controversia aunque los disfracen de preocupación social. Si no te hacés cómplice de esa estrategia se quedan sin recursos.
Por eso es que no hay que responder. A mí me resulta interesante si viene un tipo como Ricardo Bartis y me hace una crítica. Es un tipo con un discurso sólido, lo de él no es un balbuceo chapucero. Cuando lo fui a ver me habló muy amistosamente de mi programa. A mí me importa la opinión de tipos como él y también la del cartonero que me saluda cuando salgo de mi casa.
"Siempre estuve con los atorrantes"
De nuevo en pantalla con Peter Capusotto y sus videos y con miles de devotos que repiten sus hits en YouTube, en dvd, en ringtones, el actor aun siente como un gran misterio eso que con pudor y distancia llama “suceso”.
03.10.2008 "Eso de juntarse en un bar y armar un programa no existe. Nosotros tuvimos la oportunidad."
—Algo tiene que estar pasando en el mundo del espectáculo para que vos te hayas convertido en uno de los tipos más requeridos por el periodismo. Resulta difícil entrevistarte tratando de esquivar todo lo que ya dijiste en algún canal, diario o revista…
—Yo supongo que tiene que haber un gran vacío y de repenteaparece un personaje o un programa que tiene un halo de romanticismo y encima está ubicado en la marginalidad del Canal 7, que no compite por el rating. Nosotros tenemos 3 puntos y algo de rating, que supuestamente para el tecnicismo medidor es muchísimo. Pero a nosotros nunca nos importó, nos afectan más los comentarios y las opiniones que recibimos, son más genuinos que la valoración impuesta por los números.
Igualmente, a mí no deja de extrañarme la reacción de los medios, porque aparecemos en un programa que además de ser temático está ligado al rock. Pero creo que hay algo que vos debés conocer bien que es el misterio. Es misterioso nuestro suceso. Un suceso que te excede y que vos no previste. También pasa que en los medios no hay mucho lenguaje humorístico, o si hay, aparece acompañando otros contenidos, así que cuando surge una forma de humor desde lo ficcional….
—Chiche Gelblung, a raíz de unas declaraciones que hiciste en la revista THC sobre tus experiencias con el porro, te acusó de ser un mal referentepara los jóvenes…
—Chiche Gelblung para mí tiene la misma importancia que un paraguas roto. Sus acusaciones ni siquiera tuvieron importancia ideológica: lo que hizo está más vinculado al show que a una cierta forma de moral. Pero su acusación ni siquiera tuvo influencia en la opinión pública, ni siquiera produjo el famoso “che, ¿no será que este tipo le está dando malos consejos a los chicos?”.
Él me está llamando desde hace dos años para invitarme a su programa y aprovechó esa entrevista para mandarme un mensaje. Me siguió llamando después de esa emisión para que fuera a justificar mis dichos.
Lo que yo digo como una cuestión personal no tengo por qué justificarlo ante nadie. Además, él exacerbó mis dichos; no soy un adicto, ni siquiera soy un marihuanense. Urdapilleta me llamó furioso: “Vamos a denunciarlo, vamos al programa y lo cagamos a trompadas”. Pero hay que pelearse con gente más interesante. El consumo de drogas es algo estrictamente personal. Hay gente que se pone pelotuda y otra que se pone brillante. Para hablar de drogas se necesita cierta profundización, porque los medios las han demonizado, las han asociado a la delincuencia.
—El prohibicionismo siempre es autoritario. No permite reflexiones, ni admite disidentes.
—Es totalmente así, mientras tanto ellos enferman a la sociedad con sus políticas y sus opiniones. Yo, por estar adentro, sé que los medios funcionan con el primitivo esquema de “che loco, me falta media hora, ¿qué ponemos?” “Vamos a poner las drogas” No es ni siquiera una propuesta que venga de cierta preocupación. Se buscan temas que produzcan controversia aunque los disfracen de preocupación social. Si no te hacés cómplice de esa estrategia se quedan sin recursos.
Por eso es que no hay que responder. A mí me resulta interesante si viene un tipo como Ricardo Bartis y me hace una crítica. Es un tipo con un discurso sólido, lo de él no es un balbuceo chapucero. Cuando lo fui a ver me habló muy amistosamente de mi programa. A mí me importa la opinión de tipos como él y también la del cartonero que me saluda cuando salgo de mi casa.
sábado, 4 de octubre de 2008
La filosofía y una vida más fuerte que la vida
La filosofía y una vida más fuerte que la vida
A propósito de su nuevo libro, Lógicas de los mundos (Manantial), segunda parte de su obra mayor, El ser y el acontecimiento, el filósofo francés habla del platonismo, el nuevo período de la "hipótesis comunista" que abrió Mayo del 68 y la política de Sarkozy que busca instaurar muros de miedo, como los que existen entre México y estados Unidos, y entre Israel y los palestinos. Además se refiere a lo que el hombre trasciende al hombre y comenta su frase "La Historia no existe"
Sábado 4 de octubre de 2008 |
Por María del Carmen Rodríguez
De la Redacción de LA NACION
El arte -escribe Alain Badiou en su "Esbozo para un primer manifiesto del afirmacionismo"- "debe estar tan sólidamente ligado como una demostración, ser tan sorprendente como un ataque nocturno y tan elevado como una estrella". El tono contundente de esta afirmación es uno de los tantos con que el máximo exponente de la filosofía francesa contemporánea, orador sin par, suele sumir en el más atento de los mutismos a todos sus oyentes. Lo recuerdan, sin duda, quienes asistieron en 2003 -para atenernos sólo a los eventos locales más recientes- a sus charlas y a su seminario "El cine como experimentación filosófica" (publicado en G. Yoel, comp., Pensar el cine 1 , Manantial, 2004) o a sus conferencias de 2004, entre ellas, las dictadas en Rosario (publicadas en Justicia, filosofía y literatura , Homo Sapiens, 2007). Lo disfrutarán quienes se acerquen a escucharlo en la primera semana de diciembre, cuando Badiou nos visite para hablarnos -entre otros temas- de "Filosofía y matemática" y de "Filosofía y política", y para presentar el segundo tomo de su obra mayor, El ser y el acontecimiento (1988; Manantial, 1999), publicado en Francia en 2006 y cuya traducción, Lógicas de los mundos (Manantial), está disponible en librerías desde hace una semana.
Más allá del tono, la afirmación de Badiou con respecto al arte podría trasponerse a su propia obra filosófica, cuya novedad y cuya complejidad exigirán una lectura atenta, lápiz en mano, a los lectores deseosos de un pensamiento fuerte. En cuanto a la variedad de sus tonos y a la versatilidad de su lengua, cabe recordar que este gran filósofo cuya obra, por su sistematicidad y su consistencia, podría compararse con la de Hegel, es a la vez matemático, novelista, dramaturgo, militante de terreno y (¿por qué no decirlo?) hombre de armas tomar.
Alain Badiou nació en Rabat (Marruecos) en 1937 y pasó gran parte de su infancia y de su adolescencia en Toulouse. Se instaló en 1956 en París, donde hizo sus estudios de filosofía en la ...cole normale supérieure (allí preside hoy el Centre international d étude de la philosophie française contemporaine) y entró de lleno en las primeras manifestaciones universitarias contra la guerra de Argelia, preludio de otras tantas en las que participaría en su tenaz militancia política, entre ellas -por supuesto- las de Mayo del 68, acontecimiento en cuyas consecuencias sigue trabajando. En la etapa decisiva de su formación filosófica tuvo tres maestros: Sartre, Lacan y Althusser. Publicó dos novelas antes de 1969, año en que apareció su primer libro de filosofía, El concepto de modelo, y otra a fines de los años noventa, década en la que desplegó su obra de dramaturgo. Desde 1969 y hasta 1999 fue profesor en la Universidad de París VIII, donde se cruzó más de una vez en los pasillos con Gilles Deleuze, con quien mantuvo una relación alternativamente hostil, amistosa o evasiva sobre la cual se extiende en el primer capítulo de Deleuze, "El clamor del Ser" (1997; Manantial, 2002).
El punto de contacto y de cortocircuito entre ambos filósofos supone puntos en común nada desdeñables: ambos permanecen indiferentes al anuncio del "fin de la filosofía" y no rehúyen los desafíos de la metafísica; ambos construyen -cada uno a su modo- una filosofía potente y afirmativa, lo cual los confrontó abiertamente con un enemigo común: los denominados "nuevos filósofos" (entre ellos, Bernard-Henri Lévy y André Glucksmann), mediáticos y consensuales, cuyo pensamiento Deleuze supo calificar de "nulo". Lo que los separa lleva más lejos y remite -como señala Badiou- a dos grandes tradiciones de la filosofía francesa: Deleuze es el portavoz de la tradición "vitalista", que parte de Bergson y en la que se incluyen, digamos, Foucault y Simondon; Badiou, por su parte, se enlista de buen grado en la tradición del idealismo matematizante de Brunschvicg, en la que se eslabonan también, de maneras disímiles, Althusser y Lacan. Si remontamos más lejos, basta con recordar que el proyecto de Deleuze -en la estela de Nietzsche- es "invertir el platonismo", y que Platón es, para Badiou, un referente mayor.
Que los medios galos se refieran a Badiou como "nuestro pensador faro de la izquierda radical" marca otro tono: su radicalismo afirmativo, tanto en la acción como en el pensamiento. En esas arenas lidió con otros grandes filósofos (Derrida y Lyotard, por ejemplo) que poblaron, desde los años setenta, el fecundo campo de las ideas en Francia, y que en Petit panthéon portatif ("Pequeño panteón portátil", 2008) se ven hoy cálidamente homenajeados -junto a quienes fueron sus maestros o amigos-, "elevados como estrellas" en esa constelación mallarmeana que reaparece, intermitentemente, en esta obra en que el suelo y el cielo forman más de una conjunción.
Alain Badiou concedió generosamente a adn CULTURA esta entrevista, robándole tiempo a su tiempo para responder a algunas preguntas por correo electrónico, y en el punto de llegada de cada respuesta parecía entreverse su inmensa figura cuando el campo de batalla, o la amistad, llama.
-La filosofía ¿es un campo de batalla o un campo de amistad?
-La filosofía es un enfrentamiento amistoso. Por un lado, es necesario contradecir, exponer el propio pensamiento confrontándolo con el de los otros. Por otro lado, todos los filósofos verdaderos, siempre que yo reconozca en sus escritos y en sus declaraciones la lealtad discursiva y el deseo de emancipación, son mis amigos. Los adversarios, que son los abogados del orden establecido, permanecen en la infrafilosofía, ya sea por su sujeción a las normas académicas, ya por su vasallaje ideológico. Son aquellos a quienes Platón designaba con el nombre de sofistas. Formalmente, son semejantes a los filósofos, pero subjetiva y realmente son lo opuesto.
-"Para hoy, ¡Platón!": tal es el título de su último seminario en la ...cole normale supérieure. ¿Platón está, entonces, en el orden del día?
-Puse en primer plano mi lealtad a Platón desde fines de los años ochenta. En mi Manifiesto por la filosofía [1989; Cátedra, 1989; Nueva Visión, 1990]designé mi filosofía como un "platonismo de lo múltiple". Recuerdo que un crítico -a menudo no son muy finos- había visto allí el signo de mi insondable ignorancia, porque justamente Platón -decía- es un filósofo de lo Uno... Digamos que retengo de Platón que toda filosofía verdadera es filosofía de las Formas, que la Verdad es la norma de la dialéctica y que hay que articular una lógica del ser con una lógica del aparecer. ¡Ya es mucho! Agreguemos que la lucha política contra el capital-parlamentarismo se traspone sin dificultad en una lucha filosófica contra el uso demagógico y sofístico del lenguaje, lucha iniciada históricamente por Platón. Después de todo, ya Karl Popper calificaba a Platón de totalitario, lo cual es un buen signo cuando se sabe que ésa es también la calificación de Robespierre, de Saint-Just, de Lenin, de Mao: de todo lo que la política de emancipación conoce en materia de dirigentes inventivos.
-La política, el arte, el amor y la ciencia son lo que usted precisa como "condiciones" de la filosofía. ¿Por qué (sólo) esas cuatro condiciones y específicamente ésas?
-No conozco otras. ...sos son los campos de la creación, de la invención. Son los lugares de la vida humana en los que se pueden extraer todas las consecuencias de un acontecimiento, de una ruptura en el orden ordinario de las cosas. Todo lo demás, en el fondo, es repetición. Platón ya lo había visto muy bien: con la matemática ( La República , Menón , Teeteto ), el amor ( El Banquete , Fedro ...), la política (en todos sus diálogos, pero sobre todo en La República y en El Político ) y la poesía (innumerables referencias y discusiones, sin contar las prosas poéticas que son "mitos" platónicos), la filosofía tiene todo lo que hace falta.
-¿Cuál es la relación entre la filosofía y sus condiciones?
-La filosofía intenta disponer las verdades de su tiempo, que a su vez están incluidas en los cuatro tipos a los que nos referimos, de tal modo que, en primer lugar, sean pensables como lo que son: verdades, lo cual supone la construcción de un concepto formal (filosófico) de la Verdad. Y, en segundo lugar, que sean composibles, que revelen así su copertenencia a un mismo tiempo. La primera relación es la de las verdades con el concepto de Verdad. La segunda relación discierne en la eternidad verdades de origen particular, su dependencia de un acontecimiento localizado. Finalmente, se trata siempre de la eternidad. Las verdades, aunque creadas en un momento particular, son formalmente eternas (se las piensa como dependientes de la Verdad) y son también aquello que, en el tiempo, excede el tiempo (se las piensa como composibles con otras verdades totalmente heterogéneas).
-¿Cómo pueden ser creadas en un momento particular y ser a la vez, como usted dice, universales y eternas?
-Toda verdad singular se origina en un mundo particular y se modela con los materiales de ese mundo. En su origen, la matemática se escribe en griego, un poema de Hölderlin está en alemán, una novela de Faulkner habla del sur de Estados Unidos a principios del siglo XX, la primera revolución burguesa moderna estalla en 1789 en Francia, la primera guerra revolucionaria del pueblo bajo la dirección de un partido comunista se desarrolla entre 1927 y 1949 en China, los enamorados declinan "te amo" en todas las lenguas de la tierra y se enfrentan a costumbres matrimoniales y sexuales particulares, etc. Sin embargo, lo que se construye lentamente, lo que se crea en esas condiciones, es descifrable universalmente. Una demostración de los Elementos de Euclides es hoy una demostración para cualquiera, los principales comentarios sobre Hölderlin fueron escritos por filósofos franceses, lloramos por los amores contrariados de una pareja coreana, etc. Una verdad es particular en su devenir, en su construcción; es universal en su destinación, en sus efectos a distancia del mundo en que fue producida.
-Desde el Prefacio de Lógicas de los mundos, usted opone al "materialismo democrático" una "dialéctica materialista". ¿Podría explicarnos estas dos expresiones?
-Designo "materialismo democrático" a la ideología dominante contemporánea. Se la llama alguna veces "individualismo" o "hedonismo". Con eso se quiere decir que cada quien se ocupa de sus intereses o de su "felicidad", y que tanto ese interés como esa felicidad consisten en la adquisición y en el consumo de bienes disponibles en el mercado. Todo lo demás, siempre en el marco de esta ideología, depende de la mentalidad de grupo, de la pertenencia social, de lo que se llama las "comunidades", desde la tribu familiar hasta las identidades sexuales, religiosas o nacionales, pasando por la pandilla de amigos. Traduzco esto como "no hay más que cuerpos y lenguajes", o incluso: "no hay más que individuos y comunidades". Opongo a esta ideología lo que llamo "dialéctica materialista" de la manera siguiente: ciertamente, en un sentido, es verdadero (¡soy materialista!) que en la condición humana sólo existen cuerpos y lenguajes. Salvo que hay una excepción, la excepción de un tercer término aleatorio: las verdades. Hay verdades, y pueden surgir nuevas, que no son reductibles ni a los individuos ni a las comunidades, por la sencilla razón de que son universales y, por lo tanto, dirigidas a todos. Una verdad es una excepción que, sin embargo, vale para todos sin excepción.
Lógicas de los mundos está dividido en "Libros". Al principio de cada Libro, generalmente, Badiou introduce al lector en un "mundo" (o dos) a partir del cual se despliega la arquitectura conceptual. Hay entre esos mundos (que pueden ir desde la lenta formación de una manifestación en la Plaza de la República hasta la galaxia, pasando por mundos-teatro, pinturas o poemas) episodios históricos vívidamente narrados, de tal suerte que el lector puede "asistir", de algún modo, a la revuelta de Espartaco (en 73 a. C.) o a ese acontecimiento singular que es la Comuna de París (1871), o bien entrar en el calor de la batalla de Gaugamela, en la que Alejandro destruyó al ejército persa el 1 de octubre de 331 a. C. Sin embargo, escribe: "Como René Char, puedo decir que ´la indiferencia a la historia es una de las ´extremidades de mi arco ". O incluso, más categóricamente, retomando la afirmación sobre la que se extiende en Théorie du sujet ("Teoría del Sujeto", 1982): "La Historia no existe". Le recuerdo esa frase y le pregunto:
-¿Qué hay entonces, en lugar de la Historia?
-Hay acontecimientos, secuencias, períodos... Cuando digo que la Historia no existe, pienso en la "gran" historia, en la historia monumental, en el estilo de Hegel (devenir del Espíritu) o de Bossuet (efectos de la Providencia divina). Quiero decir que no existe una totalidad histórica, y menos aún un sentido de la historia. Sólo hay fragmentos del devenir natural y humano, con momentos continuos (a los que denomino "mundos") y potentes discontinuidades (a las que denomino "acontecimientos"). Observe que, para que la historia exista, hay que suponer un desarrollo lineal del tiempo, y yo creo que no hay "un" tiempo, sino temporalidades diferentes. Eso también prohíbe hablar de una historia.
El ejemplo de la arquitectura de Brasilia, que le permite a Badiou plantear más de una cuestión teórica e introducir al lector a precisiones topológicas, le inspira también pasajes que podrían calificarse de prosa poética. Por ejemplo (¿por qué no citarlo?): "Imaginé a menudo que, cuando me disolvía, por la tarde, a través de los vanos de las ventanas de un departamento del ala sur de Brasilia, en la queda claridad del cielo, la cartografía de los signos estelares, de la que los monumentos de la ciudad parecían el calco terrestre, me anunciaban que estaba allí para siempre. El pájaro posado sobre el suelo seco, las lagunas lunares, los edificios con estilo de Niemeyer: todo me decía que, así abiertos, los fragmentos de Brasilia, al orientarme en la noche, me habían incorporado al nacimiento de un nuevo mundo". Sin citarle el fragmento, le pregunto:
-¿Qué lo atrae tanto de la arquitectura de Brasilia?
-El hecho de que la inmensidad del cielo es homogénea a la ciudad y de que el espacio urbano, en lugar de seguir el modelo de la ciudad clásica, con su centro y su periferia, intenta un espacio unificado en el que el "centro" no es más que el lugar en que se "enclavan" monumentos asombrosos. Es realmente una ciudad construida bajo el signo de la utopía comunista: todas las "partes" de la ciudad deben ser iguales, y la ciudad entera es como un pájaro gigante que muestra que los hombres, en la tierra, pueden crear su propio cielo. Dicho esto, sé muy bien que, hoy en día, la realidad social de Brasilia contradice la visión de Da Costa y Niemeyer: los pobres fueron arrojados, justamente, a ciudades satélite clásicas...
A partir de la revuelta de Espartaco, Badiou introduce, en esta obra, la idea de "punto": una revuelta o una batalla implica una serie de decisiones que hay que tomar "punto por punto". Luego la amplía: puede haber "puntos" -idea en la que se cruzan el álgebra y la ética- en todo mundo. Sin entrar en las cuestiones algebraicas que le dan consistencia a la noción, me inclino por preguntarle:
-¿Podría precisarnos el sentido de la noción de "punto" y de la expresión "sostener un punto", particularmente en lo que concierne a su alcance ético?
-Hay un punto -en la vida, en el pensamiento, en la creación o en la acción- cuando toda la complejidad del mundo se reúne, se resume, en una dualidad simple: o esto, o aquello; sí o no. Por ejemplo, cuando los nazis ocupan Francia, hay que preguntarse sin flaquear: "¿resistir, y por ende arriesgarse a la muerte, o preferir la certeza de la vida, y por lo tanto ser cómplice de los nazis?". Ese es un punto. Pero diría también: cuando se busca trabajosamente la solución de un problema matemático, hay un momento en que el proceso toma la forma: "¿sigo buscando, corriendo el riesgo del fracaso y de la labor inútil, o abandono?". Ese también es un punto. Hay una sola máxima ética: si uno se compromete en un punto, sostenerlo a toda costa. No sostener un punto es siempre traicionar una verdad.
El sujeto es siempre, en la formalización de Badiou, "sujeto con respecto a una verdad", y en el concepto de "fidelidad" se reúnen el sujeto, la verdad y el acontecimiento. Es tiempo de preguntarle:
-¿Por qué Mayo del 68 es un acontecimiento y cuáles son sus consecuencias?
-Mayo del 68 es un acontecimiento porque marca el fin, al menos en Francia, de lo que yo llamaría el "revolucionarismo clásico". Las categorías como "clases", "partido de clase", "organizaciones de masa", "dirección proletaria de las luchas", etc., encarnadas principalmente por el Partido Comunista Francés, muestran entonces que se volvieron categorías vacías. En ese momento comienza la búsqueda de otra idea de la política, de una idea de la política que no se centre en el poder de Estado, sino en la organización inmanente del pueblo mismo. También en ese momento se critica la idea de "representación" (el partido representa a la clase, los diputados representan a la gente, etc.) en provecho de una concepción más directa y más paradójica de la democracia. Por lo demás, se condena severamente a la democracia representativa o parlamentaria: centenas de miles de manifestantes gritan a coro "élections, piège à cons! " ["¡elecciones, trampa para boludos!"]. La búsqueda de nuevas formas de organización es decisiva, en particular a partir de la idea de un vínculo directo entre los jóvenes intelectuales y los obreros: comités de base, comités de acción, núcleos obreros de fábrica, etcétera... La paradoja es que todo esto se hace en gran parte en el viejo lenguaje "marxista", mientras que de lo que se trata, en realidad, es de abrir un nuevo período de la hipótesis comunista, o hipótesis de la emancipación de toda la humanidad en y por una política igualitaria. Sucede que un acontecimiento es también, justamente, eso: una novedad, o sea algo que comienza, pero también algo que finaliza, y que pone mucho tiempo en finalizar. Todavía no hemos resuelto los problemas más importantes planteados por Mayo del 68, en especial, el problema de una forma absolutamente nueva de organización política. Buscamos, experimentamos. Por eso somos aún contemporáneos, cuarenta años después, de este acontecimiento.
Si alguien no piensa en abrir un nuevo período de la "hipótesis comunista" -queda esta pregunta pendiente- es Sarkozy, para quien Mayo del 68 es uno de los símbolos de la declinación moral de Francia. En De quoi Sarkozy est-il nom? ("Sarkozy ¿es el nombre de qué?"), Badiou escribe que Sarkozy remite al trascendental -digamos, a la lógica- "pétainista" (¿hay que recordar que el mariscal Pétain, por miedo a perder el rico patrimonio francés o a caer en las fauces del ogro comunista, fue el responsable de la política colaboracionista con los alemanes en la Francia ocupada?) y que, frente al peligro de un neopétainismo de masa, hay que "desarrollar todo lo que se pueda la alianza de los sin miedo ". La pregunta es doble:
-¿Qué miedos sustenta Sarkozy? ¿Cree usted que "miedos" semejantes se propagan fuera de Francia?
-Sarkozy llegó al poder jugando con los miedos de los franceses. Miedo de los extranjeros, miedo de la juventud popular, miedo del porvenir, miedo de la guerra... Pero, al mismo tiempo, alimentaba esos miedos, incluso antes de su elección, con una política policial en el interior y sometida a los americanos en el exterior. Lo cual lo llevó a una verdadera carrera de represión de obreros de proveniencia extranjera y de la juventud de los barrios populares, represión que provocó, naturalmente, revueltas, a veces motines, de donde resulta el ciclo del miedo. Y, en el exterior, se comprometió cada vez más en las guerras americanas, especialmente en la guerra de Afganistán, sin explicar nunca a dónde lleva eso al país, de donde resulta un miedo sobre lo que puede ser justamente nuestro destino nacional. Sarkozy mantiene la confusión, porque la confusión es madre del miedo. No tener miedo es pensar la situación a la luz de algunos principios, y eso es lo que Sarkozy quiere impedir a toda costa. En ese terreno, es cómplice de los dirigentes de casi todas las naciones capitalistas avanzadas. Por todas partes se construyen muros del miedo: entre Israel y los palestinos, entre Estados Unidos y México, entre Europa y África... Por todas partes se expulsan y se prohíben masas de pobres. ¡Es un horror! Hay que construir una nueva política a partir de la idea fuerte y positiva de que hay un solo mundo, de que los obreros extranjeros son nuestros hermanos, y de que no toleraremos ni las leyes criminales contra los obreros y los jóvenes ni la creación de monstruosas desigualdades.
-¿En qué consiste la hipótesis comunista?
-A partir de la Revolución francesa se constituye poco a poco, a principios del siglo XIX, la idea de un vínculo esencial entre, por una parte, la opresión política, la existencia del Estado y la naturaleza oligárquica del poder -sea cual fuere la forma-, y, por otra parte, la propiedad privada, especialmente de los medios de producción y de los instrumentos de la circulación financiera (grandes dominios rurales, talleres y fábricas, bancos). La hipótesis comunista consiste en decir que es racionalmente posible una organización totalmente diferente de la comunidad de los vivientes humanos, una organización basada en la apropiación colectiva de la producción, la igualdad estricta, el fin de la división del trabajo (polivalencia de todos) y, en consecuencia, la ruina del Estado. De lo que se trata, en suma, es de que la especie humana se eleve por encima de la animalidad darwiniana y deje de considerar que son inevitables la competencia egoísta, la lucha de todos contra todos y la desigualdad monstruosa de las fortunas. Pensadores y hombres de acción como Marx, Lenin, Mao y tantos otros muestran que la clave del problema reside en la organización política de los dominados y en su invención de una nueva disciplina interna, invención que les permita sustraerse al poder de las oligarquías económicas y de sus representantes de Estado. Propongo decir que, sin esta hipótesis muy general como horizonte ideológico, es imposible pensar y practicar una política de emancipación.
A quien calificara a Badiou de idealista, Badiou le respondería que "vivir y vivir por una Idea son una sola y misma cosa". A quien calificara la hipótesis comunista y la idea de igualdad de "humanas, demasiado humanas", le respondería que lo que legitima a la filosofía es, antes bien, producir "formas nuevas para acoger el orgullo de lo inhumano". ¿Lo inhumano?
-¿Qué es "lo inhumano"?
-Hoy en día se llama "hombre" a un representante individual de la especie homo sapiens , considerado con su cuerpo y su cultura. Mostré en mi ...tica que esta visión de las cosas es homogénea al capitalismo mundializado, porque conduce a ver en el hombre únicamente sus intereses individuales, lo que hace que no haya más que dos posiciones posibles: la del aprovechador feliz o la de una víctima. Pero el hombre se define más bien, y sobre todo, por su capacidad para desplegarse más allá de los límites individuales, o animales, y para crear lo universal, pensamientos y realidades que valen para todos. Para hacerlo, se incorpora a procesos que no son "humanos" por sí mismos, que participan de una suerte de eternidad. Digamos, entonces, que lo inhumano es en el hombre esa parte que permite decir que la humanidad verdadera sobrepasa al animal humano, biológico o "cultural". No hacemos aquí sino reafirmar que, por cierto, no hay más que individuos y culturas, salvo que hay verdades. "Verdades" es el nombre de la capacidad del humano para definirse por un devenir inhumano, en el sentido de aquello que está más allá de la humanidad inmediata del animal humano. A aquello que es "inhumano" en tanto "más acá" de lo humano, lo llamaremos más bien bestialidad, canallada o infamia.
Más allá de la humanidad inmediata del animal humano, más allá de la finitud...
-¿Qué es "vivir en Inmortal"?
-Es vivir en el elemento de una verdad, incorporarse a un proceso creador, ya sea amoroso, político, artístico o científico. Declarar un amor y recibir su confirmación del Otro, participar con entusiasmo en una manifestación decisiva, contemplar un cuadro, comprender un teorema... Son ésos los momentos en que, para hablar como Spinoza, "experimentamos que somos eternos". La vida es, entonces, una vida más fuerte que la vida.
A propósito de su nuevo libro, Lógicas de los mundos (Manantial), segunda parte de su obra mayor, El ser y el acontecimiento, el filósofo francés habla del platonismo, el nuevo período de la "hipótesis comunista" que abrió Mayo del 68 y la política de Sarkozy que busca instaurar muros de miedo, como los que existen entre México y estados Unidos, y entre Israel y los palestinos. Además se refiere a lo que el hombre trasciende al hombre y comenta su frase "La Historia no existe"
Sábado 4 de octubre de 2008 |
Por María del Carmen Rodríguez
De la Redacción de LA NACION
El arte -escribe Alain Badiou en su "Esbozo para un primer manifiesto del afirmacionismo"- "debe estar tan sólidamente ligado como una demostración, ser tan sorprendente como un ataque nocturno y tan elevado como una estrella". El tono contundente de esta afirmación es uno de los tantos con que el máximo exponente de la filosofía francesa contemporánea, orador sin par, suele sumir en el más atento de los mutismos a todos sus oyentes. Lo recuerdan, sin duda, quienes asistieron en 2003 -para atenernos sólo a los eventos locales más recientes- a sus charlas y a su seminario "El cine como experimentación filosófica" (publicado en G. Yoel, comp., Pensar el cine 1 , Manantial, 2004) o a sus conferencias de 2004, entre ellas, las dictadas en Rosario (publicadas en Justicia, filosofía y literatura , Homo Sapiens, 2007). Lo disfrutarán quienes se acerquen a escucharlo en la primera semana de diciembre, cuando Badiou nos visite para hablarnos -entre otros temas- de "Filosofía y matemática" y de "Filosofía y política", y para presentar el segundo tomo de su obra mayor, El ser y el acontecimiento (1988; Manantial, 1999), publicado en Francia en 2006 y cuya traducción, Lógicas de los mundos (Manantial), está disponible en librerías desde hace una semana.
Más allá del tono, la afirmación de Badiou con respecto al arte podría trasponerse a su propia obra filosófica, cuya novedad y cuya complejidad exigirán una lectura atenta, lápiz en mano, a los lectores deseosos de un pensamiento fuerte. En cuanto a la variedad de sus tonos y a la versatilidad de su lengua, cabe recordar que este gran filósofo cuya obra, por su sistematicidad y su consistencia, podría compararse con la de Hegel, es a la vez matemático, novelista, dramaturgo, militante de terreno y (¿por qué no decirlo?) hombre de armas tomar.
Alain Badiou nació en Rabat (Marruecos) en 1937 y pasó gran parte de su infancia y de su adolescencia en Toulouse. Se instaló en 1956 en París, donde hizo sus estudios de filosofía en la ...cole normale supérieure (allí preside hoy el Centre international d étude de la philosophie française contemporaine) y entró de lleno en las primeras manifestaciones universitarias contra la guerra de Argelia, preludio de otras tantas en las que participaría en su tenaz militancia política, entre ellas -por supuesto- las de Mayo del 68, acontecimiento en cuyas consecuencias sigue trabajando. En la etapa decisiva de su formación filosófica tuvo tres maestros: Sartre, Lacan y Althusser. Publicó dos novelas antes de 1969, año en que apareció su primer libro de filosofía, El concepto de modelo, y otra a fines de los años noventa, década en la que desplegó su obra de dramaturgo. Desde 1969 y hasta 1999 fue profesor en la Universidad de París VIII, donde se cruzó más de una vez en los pasillos con Gilles Deleuze, con quien mantuvo una relación alternativamente hostil, amistosa o evasiva sobre la cual se extiende en el primer capítulo de Deleuze, "El clamor del Ser" (1997; Manantial, 2002).
El punto de contacto y de cortocircuito entre ambos filósofos supone puntos en común nada desdeñables: ambos permanecen indiferentes al anuncio del "fin de la filosofía" y no rehúyen los desafíos de la metafísica; ambos construyen -cada uno a su modo- una filosofía potente y afirmativa, lo cual los confrontó abiertamente con un enemigo común: los denominados "nuevos filósofos" (entre ellos, Bernard-Henri Lévy y André Glucksmann), mediáticos y consensuales, cuyo pensamiento Deleuze supo calificar de "nulo". Lo que los separa lleva más lejos y remite -como señala Badiou- a dos grandes tradiciones de la filosofía francesa: Deleuze es el portavoz de la tradición "vitalista", que parte de Bergson y en la que se incluyen, digamos, Foucault y Simondon; Badiou, por su parte, se enlista de buen grado en la tradición del idealismo matematizante de Brunschvicg, en la que se eslabonan también, de maneras disímiles, Althusser y Lacan. Si remontamos más lejos, basta con recordar que el proyecto de Deleuze -en la estela de Nietzsche- es "invertir el platonismo", y que Platón es, para Badiou, un referente mayor.
Que los medios galos se refieran a Badiou como "nuestro pensador faro de la izquierda radical" marca otro tono: su radicalismo afirmativo, tanto en la acción como en el pensamiento. En esas arenas lidió con otros grandes filósofos (Derrida y Lyotard, por ejemplo) que poblaron, desde los años setenta, el fecundo campo de las ideas en Francia, y que en Petit panthéon portatif ("Pequeño panteón portátil", 2008) se ven hoy cálidamente homenajeados -junto a quienes fueron sus maestros o amigos-, "elevados como estrellas" en esa constelación mallarmeana que reaparece, intermitentemente, en esta obra en que el suelo y el cielo forman más de una conjunción.
Alain Badiou concedió generosamente a adn CULTURA esta entrevista, robándole tiempo a su tiempo para responder a algunas preguntas por correo electrónico, y en el punto de llegada de cada respuesta parecía entreverse su inmensa figura cuando el campo de batalla, o la amistad, llama.
-La filosofía ¿es un campo de batalla o un campo de amistad?
-La filosofía es un enfrentamiento amistoso. Por un lado, es necesario contradecir, exponer el propio pensamiento confrontándolo con el de los otros. Por otro lado, todos los filósofos verdaderos, siempre que yo reconozca en sus escritos y en sus declaraciones la lealtad discursiva y el deseo de emancipación, son mis amigos. Los adversarios, que son los abogados del orden establecido, permanecen en la infrafilosofía, ya sea por su sujeción a las normas académicas, ya por su vasallaje ideológico. Son aquellos a quienes Platón designaba con el nombre de sofistas. Formalmente, son semejantes a los filósofos, pero subjetiva y realmente son lo opuesto.
-"Para hoy, ¡Platón!": tal es el título de su último seminario en la ...cole normale supérieure. ¿Platón está, entonces, en el orden del día?
-Puse en primer plano mi lealtad a Platón desde fines de los años ochenta. En mi Manifiesto por la filosofía [1989; Cátedra, 1989; Nueva Visión, 1990]designé mi filosofía como un "platonismo de lo múltiple". Recuerdo que un crítico -a menudo no son muy finos- había visto allí el signo de mi insondable ignorancia, porque justamente Platón -decía- es un filósofo de lo Uno... Digamos que retengo de Platón que toda filosofía verdadera es filosofía de las Formas, que la Verdad es la norma de la dialéctica y que hay que articular una lógica del ser con una lógica del aparecer. ¡Ya es mucho! Agreguemos que la lucha política contra el capital-parlamentarismo se traspone sin dificultad en una lucha filosófica contra el uso demagógico y sofístico del lenguaje, lucha iniciada históricamente por Platón. Después de todo, ya Karl Popper calificaba a Platón de totalitario, lo cual es un buen signo cuando se sabe que ésa es también la calificación de Robespierre, de Saint-Just, de Lenin, de Mao: de todo lo que la política de emancipación conoce en materia de dirigentes inventivos.
-La política, el arte, el amor y la ciencia son lo que usted precisa como "condiciones" de la filosofía. ¿Por qué (sólo) esas cuatro condiciones y específicamente ésas?
-No conozco otras. ...sos son los campos de la creación, de la invención. Son los lugares de la vida humana en los que se pueden extraer todas las consecuencias de un acontecimiento, de una ruptura en el orden ordinario de las cosas. Todo lo demás, en el fondo, es repetición. Platón ya lo había visto muy bien: con la matemática ( La República , Menón , Teeteto ), el amor ( El Banquete , Fedro ...), la política (en todos sus diálogos, pero sobre todo en La República y en El Político ) y la poesía (innumerables referencias y discusiones, sin contar las prosas poéticas que son "mitos" platónicos), la filosofía tiene todo lo que hace falta.
-¿Cuál es la relación entre la filosofía y sus condiciones?
-La filosofía intenta disponer las verdades de su tiempo, que a su vez están incluidas en los cuatro tipos a los que nos referimos, de tal modo que, en primer lugar, sean pensables como lo que son: verdades, lo cual supone la construcción de un concepto formal (filosófico) de la Verdad. Y, en segundo lugar, que sean composibles, que revelen así su copertenencia a un mismo tiempo. La primera relación es la de las verdades con el concepto de Verdad. La segunda relación discierne en la eternidad verdades de origen particular, su dependencia de un acontecimiento localizado. Finalmente, se trata siempre de la eternidad. Las verdades, aunque creadas en un momento particular, son formalmente eternas (se las piensa como dependientes de la Verdad) y son también aquello que, en el tiempo, excede el tiempo (se las piensa como composibles con otras verdades totalmente heterogéneas).
-¿Cómo pueden ser creadas en un momento particular y ser a la vez, como usted dice, universales y eternas?
-Toda verdad singular se origina en un mundo particular y se modela con los materiales de ese mundo. En su origen, la matemática se escribe en griego, un poema de Hölderlin está en alemán, una novela de Faulkner habla del sur de Estados Unidos a principios del siglo XX, la primera revolución burguesa moderna estalla en 1789 en Francia, la primera guerra revolucionaria del pueblo bajo la dirección de un partido comunista se desarrolla entre 1927 y 1949 en China, los enamorados declinan "te amo" en todas las lenguas de la tierra y se enfrentan a costumbres matrimoniales y sexuales particulares, etc. Sin embargo, lo que se construye lentamente, lo que se crea en esas condiciones, es descifrable universalmente. Una demostración de los Elementos de Euclides es hoy una demostración para cualquiera, los principales comentarios sobre Hölderlin fueron escritos por filósofos franceses, lloramos por los amores contrariados de una pareja coreana, etc. Una verdad es particular en su devenir, en su construcción; es universal en su destinación, en sus efectos a distancia del mundo en que fue producida.
-Desde el Prefacio de Lógicas de los mundos, usted opone al "materialismo democrático" una "dialéctica materialista". ¿Podría explicarnos estas dos expresiones?
-Designo "materialismo democrático" a la ideología dominante contemporánea. Se la llama alguna veces "individualismo" o "hedonismo". Con eso se quiere decir que cada quien se ocupa de sus intereses o de su "felicidad", y que tanto ese interés como esa felicidad consisten en la adquisición y en el consumo de bienes disponibles en el mercado. Todo lo demás, siempre en el marco de esta ideología, depende de la mentalidad de grupo, de la pertenencia social, de lo que se llama las "comunidades", desde la tribu familiar hasta las identidades sexuales, religiosas o nacionales, pasando por la pandilla de amigos. Traduzco esto como "no hay más que cuerpos y lenguajes", o incluso: "no hay más que individuos y comunidades". Opongo a esta ideología lo que llamo "dialéctica materialista" de la manera siguiente: ciertamente, en un sentido, es verdadero (¡soy materialista!) que en la condición humana sólo existen cuerpos y lenguajes. Salvo que hay una excepción, la excepción de un tercer término aleatorio: las verdades. Hay verdades, y pueden surgir nuevas, que no son reductibles ni a los individuos ni a las comunidades, por la sencilla razón de que son universales y, por lo tanto, dirigidas a todos. Una verdad es una excepción que, sin embargo, vale para todos sin excepción.
Lógicas de los mundos está dividido en "Libros". Al principio de cada Libro, generalmente, Badiou introduce al lector en un "mundo" (o dos) a partir del cual se despliega la arquitectura conceptual. Hay entre esos mundos (que pueden ir desde la lenta formación de una manifestación en la Plaza de la República hasta la galaxia, pasando por mundos-teatro, pinturas o poemas) episodios históricos vívidamente narrados, de tal suerte que el lector puede "asistir", de algún modo, a la revuelta de Espartaco (en 73 a. C.) o a ese acontecimiento singular que es la Comuna de París (1871), o bien entrar en el calor de la batalla de Gaugamela, en la que Alejandro destruyó al ejército persa el 1 de octubre de 331 a. C. Sin embargo, escribe: "Como René Char, puedo decir que ´la indiferencia a la historia es una de las ´extremidades de mi arco ". O incluso, más categóricamente, retomando la afirmación sobre la que se extiende en Théorie du sujet ("Teoría del Sujeto", 1982): "La Historia no existe". Le recuerdo esa frase y le pregunto:
-¿Qué hay entonces, en lugar de la Historia?
-Hay acontecimientos, secuencias, períodos... Cuando digo que la Historia no existe, pienso en la "gran" historia, en la historia monumental, en el estilo de Hegel (devenir del Espíritu) o de Bossuet (efectos de la Providencia divina). Quiero decir que no existe una totalidad histórica, y menos aún un sentido de la historia. Sólo hay fragmentos del devenir natural y humano, con momentos continuos (a los que denomino "mundos") y potentes discontinuidades (a las que denomino "acontecimientos"). Observe que, para que la historia exista, hay que suponer un desarrollo lineal del tiempo, y yo creo que no hay "un" tiempo, sino temporalidades diferentes. Eso también prohíbe hablar de una historia.
El ejemplo de la arquitectura de Brasilia, que le permite a Badiou plantear más de una cuestión teórica e introducir al lector a precisiones topológicas, le inspira también pasajes que podrían calificarse de prosa poética. Por ejemplo (¿por qué no citarlo?): "Imaginé a menudo que, cuando me disolvía, por la tarde, a través de los vanos de las ventanas de un departamento del ala sur de Brasilia, en la queda claridad del cielo, la cartografía de los signos estelares, de la que los monumentos de la ciudad parecían el calco terrestre, me anunciaban que estaba allí para siempre. El pájaro posado sobre el suelo seco, las lagunas lunares, los edificios con estilo de Niemeyer: todo me decía que, así abiertos, los fragmentos de Brasilia, al orientarme en la noche, me habían incorporado al nacimiento de un nuevo mundo". Sin citarle el fragmento, le pregunto:
-¿Qué lo atrae tanto de la arquitectura de Brasilia?
-El hecho de que la inmensidad del cielo es homogénea a la ciudad y de que el espacio urbano, en lugar de seguir el modelo de la ciudad clásica, con su centro y su periferia, intenta un espacio unificado en el que el "centro" no es más que el lugar en que se "enclavan" monumentos asombrosos. Es realmente una ciudad construida bajo el signo de la utopía comunista: todas las "partes" de la ciudad deben ser iguales, y la ciudad entera es como un pájaro gigante que muestra que los hombres, en la tierra, pueden crear su propio cielo. Dicho esto, sé muy bien que, hoy en día, la realidad social de Brasilia contradice la visión de Da Costa y Niemeyer: los pobres fueron arrojados, justamente, a ciudades satélite clásicas...
A partir de la revuelta de Espartaco, Badiou introduce, en esta obra, la idea de "punto": una revuelta o una batalla implica una serie de decisiones que hay que tomar "punto por punto". Luego la amplía: puede haber "puntos" -idea en la que se cruzan el álgebra y la ética- en todo mundo. Sin entrar en las cuestiones algebraicas que le dan consistencia a la noción, me inclino por preguntarle:
-¿Podría precisarnos el sentido de la noción de "punto" y de la expresión "sostener un punto", particularmente en lo que concierne a su alcance ético?
-Hay un punto -en la vida, en el pensamiento, en la creación o en la acción- cuando toda la complejidad del mundo se reúne, se resume, en una dualidad simple: o esto, o aquello; sí o no. Por ejemplo, cuando los nazis ocupan Francia, hay que preguntarse sin flaquear: "¿resistir, y por ende arriesgarse a la muerte, o preferir la certeza de la vida, y por lo tanto ser cómplice de los nazis?". Ese es un punto. Pero diría también: cuando se busca trabajosamente la solución de un problema matemático, hay un momento en que el proceso toma la forma: "¿sigo buscando, corriendo el riesgo del fracaso y de la labor inútil, o abandono?". Ese también es un punto. Hay una sola máxima ética: si uno se compromete en un punto, sostenerlo a toda costa. No sostener un punto es siempre traicionar una verdad.
El sujeto es siempre, en la formalización de Badiou, "sujeto con respecto a una verdad", y en el concepto de "fidelidad" se reúnen el sujeto, la verdad y el acontecimiento. Es tiempo de preguntarle:
-¿Por qué Mayo del 68 es un acontecimiento y cuáles son sus consecuencias?
-Mayo del 68 es un acontecimiento porque marca el fin, al menos en Francia, de lo que yo llamaría el "revolucionarismo clásico". Las categorías como "clases", "partido de clase", "organizaciones de masa", "dirección proletaria de las luchas", etc., encarnadas principalmente por el Partido Comunista Francés, muestran entonces que se volvieron categorías vacías. En ese momento comienza la búsqueda de otra idea de la política, de una idea de la política que no se centre en el poder de Estado, sino en la organización inmanente del pueblo mismo. También en ese momento se critica la idea de "representación" (el partido representa a la clase, los diputados representan a la gente, etc.) en provecho de una concepción más directa y más paradójica de la democracia. Por lo demás, se condena severamente a la democracia representativa o parlamentaria: centenas de miles de manifestantes gritan a coro "élections, piège à cons! " ["¡elecciones, trampa para boludos!"]. La búsqueda de nuevas formas de organización es decisiva, en particular a partir de la idea de un vínculo directo entre los jóvenes intelectuales y los obreros: comités de base, comités de acción, núcleos obreros de fábrica, etcétera... La paradoja es que todo esto se hace en gran parte en el viejo lenguaje "marxista", mientras que de lo que se trata, en realidad, es de abrir un nuevo período de la hipótesis comunista, o hipótesis de la emancipación de toda la humanidad en y por una política igualitaria. Sucede que un acontecimiento es también, justamente, eso: una novedad, o sea algo que comienza, pero también algo que finaliza, y que pone mucho tiempo en finalizar. Todavía no hemos resuelto los problemas más importantes planteados por Mayo del 68, en especial, el problema de una forma absolutamente nueva de organización política. Buscamos, experimentamos. Por eso somos aún contemporáneos, cuarenta años después, de este acontecimiento.
Si alguien no piensa en abrir un nuevo período de la "hipótesis comunista" -queda esta pregunta pendiente- es Sarkozy, para quien Mayo del 68 es uno de los símbolos de la declinación moral de Francia. En De quoi Sarkozy est-il nom? ("Sarkozy ¿es el nombre de qué?"), Badiou escribe que Sarkozy remite al trascendental -digamos, a la lógica- "pétainista" (¿hay que recordar que el mariscal Pétain, por miedo a perder el rico patrimonio francés o a caer en las fauces del ogro comunista, fue el responsable de la política colaboracionista con los alemanes en la Francia ocupada?) y que, frente al peligro de un neopétainismo de masa, hay que "desarrollar todo lo que se pueda la alianza de los sin miedo ". La pregunta es doble:
-¿Qué miedos sustenta Sarkozy? ¿Cree usted que "miedos" semejantes se propagan fuera de Francia?
-Sarkozy llegó al poder jugando con los miedos de los franceses. Miedo de los extranjeros, miedo de la juventud popular, miedo del porvenir, miedo de la guerra... Pero, al mismo tiempo, alimentaba esos miedos, incluso antes de su elección, con una política policial en el interior y sometida a los americanos en el exterior. Lo cual lo llevó a una verdadera carrera de represión de obreros de proveniencia extranjera y de la juventud de los barrios populares, represión que provocó, naturalmente, revueltas, a veces motines, de donde resulta el ciclo del miedo. Y, en el exterior, se comprometió cada vez más en las guerras americanas, especialmente en la guerra de Afganistán, sin explicar nunca a dónde lleva eso al país, de donde resulta un miedo sobre lo que puede ser justamente nuestro destino nacional. Sarkozy mantiene la confusión, porque la confusión es madre del miedo. No tener miedo es pensar la situación a la luz de algunos principios, y eso es lo que Sarkozy quiere impedir a toda costa. En ese terreno, es cómplice de los dirigentes de casi todas las naciones capitalistas avanzadas. Por todas partes se construyen muros del miedo: entre Israel y los palestinos, entre Estados Unidos y México, entre Europa y África... Por todas partes se expulsan y se prohíben masas de pobres. ¡Es un horror! Hay que construir una nueva política a partir de la idea fuerte y positiva de que hay un solo mundo, de que los obreros extranjeros son nuestros hermanos, y de que no toleraremos ni las leyes criminales contra los obreros y los jóvenes ni la creación de monstruosas desigualdades.
-¿En qué consiste la hipótesis comunista?
-A partir de la Revolución francesa se constituye poco a poco, a principios del siglo XIX, la idea de un vínculo esencial entre, por una parte, la opresión política, la existencia del Estado y la naturaleza oligárquica del poder -sea cual fuere la forma-, y, por otra parte, la propiedad privada, especialmente de los medios de producción y de los instrumentos de la circulación financiera (grandes dominios rurales, talleres y fábricas, bancos). La hipótesis comunista consiste en decir que es racionalmente posible una organización totalmente diferente de la comunidad de los vivientes humanos, una organización basada en la apropiación colectiva de la producción, la igualdad estricta, el fin de la división del trabajo (polivalencia de todos) y, en consecuencia, la ruina del Estado. De lo que se trata, en suma, es de que la especie humana se eleve por encima de la animalidad darwiniana y deje de considerar que son inevitables la competencia egoísta, la lucha de todos contra todos y la desigualdad monstruosa de las fortunas. Pensadores y hombres de acción como Marx, Lenin, Mao y tantos otros muestran que la clave del problema reside en la organización política de los dominados y en su invención de una nueva disciplina interna, invención que les permita sustraerse al poder de las oligarquías económicas y de sus representantes de Estado. Propongo decir que, sin esta hipótesis muy general como horizonte ideológico, es imposible pensar y practicar una política de emancipación.
A quien calificara a Badiou de idealista, Badiou le respondería que "vivir y vivir por una Idea son una sola y misma cosa". A quien calificara la hipótesis comunista y la idea de igualdad de "humanas, demasiado humanas", le respondería que lo que legitima a la filosofía es, antes bien, producir "formas nuevas para acoger el orgullo de lo inhumano". ¿Lo inhumano?
-¿Qué es "lo inhumano"?
-Hoy en día se llama "hombre" a un representante individual de la especie homo sapiens , considerado con su cuerpo y su cultura. Mostré en mi ...tica que esta visión de las cosas es homogénea al capitalismo mundializado, porque conduce a ver en el hombre únicamente sus intereses individuales, lo que hace que no haya más que dos posiciones posibles: la del aprovechador feliz o la de una víctima. Pero el hombre se define más bien, y sobre todo, por su capacidad para desplegarse más allá de los límites individuales, o animales, y para crear lo universal, pensamientos y realidades que valen para todos. Para hacerlo, se incorpora a procesos que no son "humanos" por sí mismos, que participan de una suerte de eternidad. Digamos, entonces, que lo inhumano es en el hombre esa parte que permite decir que la humanidad verdadera sobrepasa al animal humano, biológico o "cultural". No hacemos aquí sino reafirmar que, por cierto, no hay más que individuos y culturas, salvo que hay verdades. "Verdades" es el nombre de la capacidad del humano para definirse por un devenir inhumano, en el sentido de aquello que está más allá de la humanidad inmediata del animal humano. A aquello que es "inhumano" en tanto "más acá" de lo humano, lo llamaremos más bien bestialidad, canallada o infamia.
Más allá de la humanidad inmediata del animal humano, más allá de la finitud...
-¿Qué es "vivir en Inmortal"?
-Es vivir en el elemento de una verdad, incorporarse a un proceso creador, ya sea amoroso, político, artístico o científico. Declarar un amor y recibir su confirmación del Otro, participar con entusiasmo en una manifestación decisiva, contemplar un cuadro, comprender un teorema... Son ésos los momentos en que, para hablar como Spinoza, "experimentamos que somos eternos". La vida es, entonces, una vida más fuerte que la vida.
miércoles, 1 de octubre de 2008
Nos quieren meter miedo
Nos quieren meter miedo
Por Michael Moore
Todos decían que la ley sería aprobada. Los expertos del universo ya estaban haciendo reservas para celebrar en los mejores restaurantes de Manhattan. Los compradores personales en Dallas y Atlanta fueron despachados para hacer los primeros regalos de Navidad. Los Hombres Locos de Chicago y Miami estaban descorchando botellas y brindando entre ellos mucho antes del desayuno.
Pero lo que no sabían era que cientos de miles de estadounidenses se despertaron ayer a la mañana y decidieron que era tiempo de rebelarse. Los políticos no la vieron venir. Millones de llamadas telefónicas y correos electrónicos golpearon al Congreso tan fuerte como si Marshall Dillon (Comisario Dillon, personaje de una serie) y Elliot Ness hubieran descendido en Washington D.C. para detener los saqueos y arrestar a los ladrones.
La Corporación del Crimen del Siglo fue detenida por 228 votos contra 205. Fue raro e histórico; nadie podía recordar un momento cuando una ley apoyada por el presidente y el liderazgo de ambos partidos fuera derrotada. Eso nunca sucede. Mucha gente se está preguntando por qué el ala derecha del Partido Republicano se unió al ala izquierda del Partido Demócrata para votar en contra del robo. Cuarenta por ciento de los demócratas y dos tercios de los republicanos votaron en contra de la ley.
Esto es lo que sucedió:
La carrera presidencial puede estar todavía muy pareja en las encuestas, pero las carreras en el Congreso están señalando una victoria aplastante para los demócratas. Pocos discuten la predicción de que los republicanos van a recibir una paliza el 4 de noviembre. Hasta 30 bancas republicanas en la Cámara de Representantes se perderían en lo que sería un increíble repudio a su agenda. Los representantes del oficialismo tienen tanto miedo de perder sus bancas, que cuando apareció esta “crisis financiera” hace dos semanas, se dieron cuenta que habían entregado su única oportunidad de separarse de Bush antes de la elección, mientras hacían algo que los hiciera parecer como que estaban del lado de “la gente”.
Estaba mirando ayer C-Span, una de las mejores comedias que he visto en años. Ahí estaban, un republicano después de otro que habían apoyado la guerra y hundido al país en una deuda record, que habían votado para matar cualquier regulación que hubiera mantenido a Wall Street en control —¡ahí estaban, lamentándose y defendiendo al hombrecito común!—. Uno tras otro se pararon en el micrófono de la Cámara baja y tiraron a Bush bajo el ómnibus, bajo el tren (aunque habían votado por quitarles los subsidios a los trenes también), diablos, lo hubieran tirado bajo la aguas crecientes de Lower Ninth Ward (barrio de Nueva Orleans) si hubieran podido conjurar otro huracán.
Los 95 valientes demócratas que rompieron con Barney Frank y Chris Dodd era los héroes reales, igual a aquellos pocos que se pararon y votaron en contra de la guerra en octubre de 2002. Miren los comentarios de ayer de los republicanos Marcy Kaptur, Sheila Jackson Lee, y Dennis Kucinich. Dijeron la verdad. Los demócratas que votaron por el paquete lo hicieron en gran parte porque estaban temerosos de las amenazas de Wall Street, que si los ricos no recibían su dádiva, los mercados enloquecerían y entonces adiós a las pensiones que dependen de las acciones y adiós a los fondos de retiro. ¿Y adivinen qué? ¡Eso es exactamente lo que hizo Wall Street! La caída más grande de un solo día en el Dow en la historia de la Bolsa de Valores de Nueva York. Anoche los nuevos presentadores de televisión lo gritaban: ¡los estadounidenses acaban de perder 1,2 billón de dólares en la Bolsa! ¡Es el Pearl Harbour financiero! ¡Se cae el cielo! ¡Gripe aviar! Por supuesto, la gente cuerda sabe que nadie “perdió” nada ayer, que los valores suben y bajan y que esto también pasará porque lo ricos comprarán ahora que están bajos, los sostendrán, luego los venderán, y luego comprarán nuevamente cuando estén bajos. Pero por ahora, Wall Street y su brazo de propaganda (las redes y los medios que poseen) continuarán tratando de meternos miedo. Será más difícil conseguir un préstamo. Algunas personas perderán sus empleos. Una débil nación de peleles no durará mucho bajo esta tortura. ¿O sí podremos?
Esto es lo que creo: el liderazgo democrático en la Cámara baja esperaba secretamente todo el tiempo que esta pésima ley fracasara. Con las propuestas de Bush hechas añicos, los demócratas sabían que entonces podían escribir su propia ley que favorece al promedio de los estadounidenses y no al 10 por ciento más rico que está esperando otro lingote de oro. De manera que la pelota está en la manos de la oposición. El revólver de Wall Street todavía le apunta a la cabeza. Antes que den el próximo paso, déjenme decirle lo que los medios silenciaron mientras se debatía esta ley:
1. La ley de salvataje NO tiene provisiones para el llamado grupo de supervisión que iba a monitorear los gastos de Wall Street de los 700.000 millones;
2. NO consideraba multas, sanciones o prisión para ningún ejecutivo que pudiera robar algo del dinero del pueblo;
3. NO hizo nada para obligar a los bancos y a los prestamistas a reescribir las hipotecas del pueblo para evitar ejecuciones ¡Esta ley no hubiera detenido ni UNA ejecución!
4. En toda la legislación NO había nada ejecutable, usando palabras como “sugerido” cuando se referían a que se le devolviera el dinero del rescate al gobierno;
5. Más de 200 economistas escribieron al Congreso y dijeron que esta ley podría empeorar la “crisis financiera y causar aún MAS de una caída.
Es hora que nuestro lado establezca claramente las leyes que nosotros queremos pasar.
Traducción: Celita Doyhambéhére.
Por Michael Moore
Todos decían que la ley sería aprobada. Los expertos del universo ya estaban haciendo reservas para celebrar en los mejores restaurantes de Manhattan. Los compradores personales en Dallas y Atlanta fueron despachados para hacer los primeros regalos de Navidad. Los Hombres Locos de Chicago y Miami estaban descorchando botellas y brindando entre ellos mucho antes del desayuno.
Pero lo que no sabían era que cientos de miles de estadounidenses se despertaron ayer a la mañana y decidieron que era tiempo de rebelarse. Los políticos no la vieron venir. Millones de llamadas telefónicas y correos electrónicos golpearon al Congreso tan fuerte como si Marshall Dillon (Comisario Dillon, personaje de una serie) y Elliot Ness hubieran descendido en Washington D.C. para detener los saqueos y arrestar a los ladrones.
La Corporación del Crimen del Siglo fue detenida por 228 votos contra 205. Fue raro e histórico; nadie podía recordar un momento cuando una ley apoyada por el presidente y el liderazgo de ambos partidos fuera derrotada. Eso nunca sucede. Mucha gente se está preguntando por qué el ala derecha del Partido Republicano se unió al ala izquierda del Partido Demócrata para votar en contra del robo. Cuarenta por ciento de los demócratas y dos tercios de los republicanos votaron en contra de la ley.
Esto es lo que sucedió:
La carrera presidencial puede estar todavía muy pareja en las encuestas, pero las carreras en el Congreso están señalando una victoria aplastante para los demócratas. Pocos discuten la predicción de que los republicanos van a recibir una paliza el 4 de noviembre. Hasta 30 bancas republicanas en la Cámara de Representantes se perderían en lo que sería un increíble repudio a su agenda. Los representantes del oficialismo tienen tanto miedo de perder sus bancas, que cuando apareció esta “crisis financiera” hace dos semanas, se dieron cuenta que habían entregado su única oportunidad de separarse de Bush antes de la elección, mientras hacían algo que los hiciera parecer como que estaban del lado de “la gente”.
Estaba mirando ayer C-Span, una de las mejores comedias que he visto en años. Ahí estaban, un republicano después de otro que habían apoyado la guerra y hundido al país en una deuda record, que habían votado para matar cualquier regulación que hubiera mantenido a Wall Street en control —¡ahí estaban, lamentándose y defendiendo al hombrecito común!—. Uno tras otro se pararon en el micrófono de la Cámara baja y tiraron a Bush bajo el ómnibus, bajo el tren (aunque habían votado por quitarles los subsidios a los trenes también), diablos, lo hubieran tirado bajo la aguas crecientes de Lower Ninth Ward (barrio de Nueva Orleans) si hubieran podido conjurar otro huracán.
Los 95 valientes demócratas que rompieron con Barney Frank y Chris Dodd era los héroes reales, igual a aquellos pocos que se pararon y votaron en contra de la guerra en octubre de 2002. Miren los comentarios de ayer de los republicanos Marcy Kaptur, Sheila Jackson Lee, y Dennis Kucinich. Dijeron la verdad. Los demócratas que votaron por el paquete lo hicieron en gran parte porque estaban temerosos de las amenazas de Wall Street, que si los ricos no recibían su dádiva, los mercados enloquecerían y entonces adiós a las pensiones que dependen de las acciones y adiós a los fondos de retiro. ¿Y adivinen qué? ¡Eso es exactamente lo que hizo Wall Street! La caída más grande de un solo día en el Dow en la historia de la Bolsa de Valores de Nueva York. Anoche los nuevos presentadores de televisión lo gritaban: ¡los estadounidenses acaban de perder 1,2 billón de dólares en la Bolsa! ¡Es el Pearl Harbour financiero! ¡Se cae el cielo! ¡Gripe aviar! Por supuesto, la gente cuerda sabe que nadie “perdió” nada ayer, que los valores suben y bajan y que esto también pasará porque lo ricos comprarán ahora que están bajos, los sostendrán, luego los venderán, y luego comprarán nuevamente cuando estén bajos. Pero por ahora, Wall Street y su brazo de propaganda (las redes y los medios que poseen) continuarán tratando de meternos miedo. Será más difícil conseguir un préstamo. Algunas personas perderán sus empleos. Una débil nación de peleles no durará mucho bajo esta tortura. ¿O sí podremos?
Esto es lo que creo: el liderazgo democrático en la Cámara baja esperaba secretamente todo el tiempo que esta pésima ley fracasara. Con las propuestas de Bush hechas añicos, los demócratas sabían que entonces podían escribir su propia ley que favorece al promedio de los estadounidenses y no al 10 por ciento más rico que está esperando otro lingote de oro. De manera que la pelota está en la manos de la oposición. El revólver de Wall Street todavía le apunta a la cabeza. Antes que den el próximo paso, déjenme decirle lo que los medios silenciaron mientras se debatía esta ley:
1. La ley de salvataje NO tiene provisiones para el llamado grupo de supervisión que iba a monitorear los gastos de Wall Street de los 700.000 millones;
2. NO consideraba multas, sanciones o prisión para ningún ejecutivo que pudiera robar algo del dinero del pueblo;
3. NO hizo nada para obligar a los bancos y a los prestamistas a reescribir las hipotecas del pueblo para evitar ejecuciones ¡Esta ley no hubiera detenido ni UNA ejecución!
4. En toda la legislación NO había nada ejecutable, usando palabras como “sugerido” cuando se referían a que se le devolviera el dinero del rescate al gobierno;
5. Más de 200 economistas escribieron al Congreso y dijeron que esta ley podría empeorar la “crisis financiera y causar aún MAS de una caída.
Es hora que nuestro lado establezca claramente las leyes que nosotros queremos pasar.
Traducción: Celita Doyhambéhére.
lunes, 29 de septiembre de 2008
ENTREVISTA CON EL SOCIOLINGüISTA FRANCES LOUIS-JEAN CALVET
ENTREVISTA CON EL SOCIOLINGüISTA FRANCES LOUIS-JEAN CALVET
“En América del Sur hubo una masacre lingüística”
El autor de Lingüística y colonialismo, suerte de “manual” de los europeos, africanos y latinoamericanos militantes de la diversidad cultural, arremete contra “los ayatollás de las lenguas” y propone la integración lingüística como herramienta de inclusión.
Por Silvina Friera
El hombre de remera, campera y pantalón de jean, que arrastra su cansada simpatía como puede, saluda con un apretón de manos y se desploma en uno de los sillones de la recepción del hotel, como pidiendo una tregua, antes de que la seguidilla de entrevistas le borre la sonrisa y le gane la partida a su sentido del humor. El sociolingüista francés Louis-Jean Calvet publicó en abril de 1974 Lingüística y colonialismo, un análisis histórico de las relaciones entre discurso colonial y discurso lingüístico, que pronto se convirtió en una suerte de devocionario entre los militantes europeos, africanos y latinoamericanos de la diversidad lingüística. El libro lo investía de un protagonismo que él no había elegido, le devolvía una imagen difícil de aceptar. Se sentía atrapado dentro del rol de denunciante de la “glotofagia”, la acción simbólica y punitiva de suponer las otras lenguas inferiores a la propia, pero al mismo tiempo las instituciones de la francofonía lo consideraban “un temible izquierdista” que accionaba contra su lengua. “Mi castellano es una mierda, pero podemos comunicarnos”, dice Calvet en un tono irónico, como si coqueteara con ocupar el espacio del indómito izquierdista.
¿Cuántas lenguas habla este buen señor, uno de los principales referentes de la sociolingüística francesa?, quiere saber PáginaI12 por una cuestión de curiosidad. “Es la pregunta que siempre nos hacen a los lingüistas. Puedo dar una conferencia en inglés, francés, español e italiano, pero también puedo sobrevivir en chino, alemán, árabe, ruso, griego, en dos o tres lenguas africanas, para comer, beber, pedir un cheque de avión. Es un mito que los lingüistas deben hablar un montón de lenguas. Eso es en el circo –bromea Calvet, invitado por la embajada de Francia y la Alianza Francesa, y se ríe con ganas—. Para dar una conferencia en inglés tengo que trabajar, no puedo improvisar. Puedo hablar tres o cuatro lenguas, pero nada más.” Calvet nació en Túnez, donde vivió hasta los dieciocho años. “En mi primera juventud el francés era la lengua de mi familia y de la escuela, pero en la calle se hablaba árabe y siciliano, un dialecto del italiano –recuerda el teórico francés—. Este multilingüismo ambiental despertó mi interés por las lenguas. La Babel es una realidad, una característica del mundo; si deseamos conocer otras culturas, otras visiones del mundo, debemos aprender las lenguas.”
Calvet confirma que se hablan aproximadamente 7000 lenguas en el mundo, “pero esto cambia cada día porque hay una tendencia a multiplicar este número, a considerar como lenguas formas habladas que antes eran dialectos”, aclara. “Así como hay lenguas que desaparecen, hay lenguas que nacen. Hoy decimos que hay una lengua que se llama español, pero mañana puede que haya lenguas que se llamen argentino, mexicano; hay una tendencia hacia la diferenciación –explica el sociolingüista—. Con la globalización te podés comunicar a escala mundial a través del inglés, que es la lengua hipercentral. Pero no es el inglés que se habla en Cambridge o en Oxford; es el globish, el inglés que se habla en la globalización, una forma muy pobre que sólo usa quinientas palabras. Si escuchamos a un alemán hablando con un japonés de comercio, el inglés que hablan no es el mismo que habla la reina de Inglaterra como representante del Estado. El problema de la reina es que no habla ninguna lengua.”
–Suena a comentario típico de un francés contra los ingleses...
–Pero también es un comentario típico de los americanos. Hay gente que dice en los Estados Unidos que Bush no habla en inglés. Hay libros muy humorísticos que llaman bushism a las formas lingüísticas de Bush, a los errores que comete.
–¿Cómo impacta la globalización en el entramado de las lenguas?
–En el modelo que llamo gravitacional, hay una lengua eje, el inglés, la lengua hipercentral, y alrededor gravitan una decena de lenguas, el francés, el español, el árabe, el ruso, el chino, el malayo. El predominio del inglés es una foto de una situación sincrónica; no sabemos cuál será la lengua central, el inglés del mañana.
–Al principio las lenguas debían pagar un “derecho de aduana” para acceder a Internet, pero usted señala que así como las lenguas pertenecen a aquellos que las hablan, Internet pertenece a aquellos que la utilizan. ¿Está creciendo la participación de las lenguas en la web?
–Sí, y eso es muy interesante. Al principio era imposible escribir en Internet en castellano o en francés con los acentos. Ahora Unicode permite escribir en todas las lenguas del mundo. Hace quince años Internet sólo estaba en inglés; hoy hay páginas en chino, francés, español, alemán, y hay montones de sitios en pequeñas lenguas. Un cambio técnico, el pasaje de Ascii a Unicode, ha dado como resultado un cambio cualitativo. Esto quiere decir que el dominio del inglés no es absoluto; las pequeñas lenguas pueden encontrar su propio lugar y su propio uso en la red.
–Uno de los miedos más extendidos entre los franceses es a “la contaminación” de la lengua al entrar en contacto con la inmigración árabe. ¿Por qué ese contacto es entendido como un peligro?
–A los que tienen ese temor los llamo “los ayatollás de las lenguas” porque siempre las lenguas han tomado préstamos de otras; por ejemplo, en castellano, todas las palabras que empiezan con “a” vienen del árabe, como “alcalde”, “almohada”... Si viven, todas las lenguas cambian. Una lengua que no cambia es una lengua muerta, como el latín o el griego antiguo. No hay que tener miedo a la contaminación, ese temor me parece francamente una estupidez. Hay que explicar a la gente que cada día necesitamos nuevas palabras, que podemos construir o tomar palabras de otras lenguas.
–¿Cómo toman los franceses este planteo?
–Una mayoría piensa lo contrario de lo que yo digo, pero hay que hacerles entender que una lengua que no cambia es una lengua que va a morir.
Todas las lenguas, tarde o temprano, morirán. Pero para Calvet, un teórico y militante de la diversidad que rechaza el discurso político lingüísticamente correcto (“no todas las lenguas son iguales”, advierte), no todas las muertes son iguales. “Hay muchas lenguas indígenas que se han perdido en nombre de la comunicación, en nombre del lenguaje”, plantea el autor de Lingüística y colonialismo, libro que abre con una cita de Roland Barthes: “Robar a un hombre su lenguaje, en nombre de ese mismo lenguaje: allí comienzan todos los asesinatos legales”.
“La globalización es un hecho, pero podemos organizar el mundo lingüístico a través del respeto por las otras lenguas, para que cada uno pueda comunicarse en inglés, si quiere viajar y trabajar en otros países, o hablar la lengua de su pueblo –propone Calvet—. Y eso es difícil porque hay una tendencia a olvidar la lengua de los padres. Tal vez los padres deciden no hablarles a sus hijos en sus propias lenguas porque un quichua o un guaraní puede pensar que es mejor para sus hijos que hablen el español, para tener éxito en la vida, en la escuela, en la universidad. Pero cómo explicar que es importante hablar en inglés, pero que también es importante conservar la lengua identitaria. En Africa la gente habla en diferentes lenguas, pero en América del Sur hubo una masacre lingüística. Sólo en Perú, Ecuador y Bolivia se hablan lenguas indígenas.”
–En Paraguay se habla guaraní...
–Dicen que Paraguay es un país bilingüe, que el guaraní y el español están en el mismo nivel. ¡Pero es una broma! En el aeropuerto de Asunción no hay ni una palabra escrita en guaraní, sólo en español o en inglés. Los nombres de las calles no están escritos en guaraní.
–La dictadura de Stroessner prohibió el guaraní.
–Pero hoy tienen una democracia.
–Las herencias de las dictaduras en América latina aún se sienten...
–Es obvio que casi toda la población paraguaya es bilingüe, pero es más importante hablar el español que el guaraní. Hay un problema de función social de las lenguas. El guaraní es la lengua de la calle, de la familia, del mercado, de la proximidad, pero el castellano es la lengua de la universidad, de la política; no tienen las mismas funciones sociales. Y decir que en Paraguay hay un bilingüismo real es casi una broma.
Calvet subraya que hay que proteger la diversidad de las lenguas. “El inglés es obviamente la lengua más importante del mundo, pero el guaraní, el quechua, también tienen su importancia. Por eso creo que debemos defender la diversidad lingüística. Cada lengua es una visión diferente y necesaria de la cultura.” En Francia hay tres millones de hablantes árabes que van a la escuela. “Lo interesante es que el árabe que hablan no es el árabe oficial de sus países de origen. En los países árabes, la lengua oficial es el árabe clásico, el árabe del Corán, que ninguno habla. Entonces hacen una mezcla de árabe y francés para comunicarse con los amigos de la misma edad, y tal vez también mezclan algunas lenguas africanas. Y están en su derecho. El único problema es saber si pueden hablar el francés estándar.”
–Si no hablan un francés estandarizado se les cierran todas las puertas, ¿no?
–Claro, porque la lengua es una llave social. Para encontrar un trabajo interesante, importante, hay que hablar el francés oficial, como hay que hablar aquí el castellano oficial. El deber de la educación, de la escuela, para los niños que hablan esa mezcla de árabe y francés, es enseñarles a hablar otra forma de francés. Hay diferentes niveles de lengua: no hablamos el mismo francés dando un curso en la universidad o jugando a las cartas en un café. Pero si hay gente que no puede hablar una variedad alta, se origina una fractura social que produce una fractura lingüística. Y esto es un problema democrático. El deber del Estado es dar la lengua del Estado a todos los inmigrantes; tenemos el derecho de hablar la lengua del país. Si no hablamos la lengua del país, se van a construir ghettos, pequeñitos grupos, y eso es lo contrario de la integración.
–¿Cómo es la situación ahora: hay intentos de integración o prevalece la construcción de ghettos?
–Es difícil de responder. Hoy no podemos saber qué forma de lengua hablarán los hijos de los inmigrantes, y éste es un punto importante. No sabemos si los padres les van a transmitir el francés estándar o una mezcla. Si les transmiten la mezcla, entonces se va a dar una fluctuación muy difícil, lo contrario de la integración. No sé cuál será la lengua central, el eje de la comunicación global, el inglés del mañana en dos siglos, pero va a cambiar. También las lenguas de los pequeños pueblos van a cambiar. Pero una vez más los ayatollás de las diferentes lenguas piensan que el autor de Lingüística y colonialismo debe defender las pequeñas lenguas, y no preocuparse del francés o del español. ¡Es una estupidez! Hay que inventar una política lingüística que les dé su propio sitio a todos los idiomas del mundo.
“En América del Sur hubo una masacre lingüística”
El autor de Lingüística y colonialismo, suerte de “manual” de los europeos, africanos y latinoamericanos militantes de la diversidad cultural, arremete contra “los ayatollás de las lenguas” y propone la integración lingüística como herramienta de inclusión.
Por Silvina Friera
El hombre de remera, campera y pantalón de jean, que arrastra su cansada simpatía como puede, saluda con un apretón de manos y se desploma en uno de los sillones de la recepción del hotel, como pidiendo una tregua, antes de que la seguidilla de entrevistas le borre la sonrisa y le gane la partida a su sentido del humor. El sociolingüista francés Louis-Jean Calvet publicó en abril de 1974 Lingüística y colonialismo, un análisis histórico de las relaciones entre discurso colonial y discurso lingüístico, que pronto se convirtió en una suerte de devocionario entre los militantes europeos, africanos y latinoamericanos de la diversidad lingüística. El libro lo investía de un protagonismo que él no había elegido, le devolvía una imagen difícil de aceptar. Se sentía atrapado dentro del rol de denunciante de la “glotofagia”, la acción simbólica y punitiva de suponer las otras lenguas inferiores a la propia, pero al mismo tiempo las instituciones de la francofonía lo consideraban “un temible izquierdista” que accionaba contra su lengua. “Mi castellano es una mierda, pero podemos comunicarnos”, dice Calvet en un tono irónico, como si coqueteara con ocupar el espacio del indómito izquierdista.
¿Cuántas lenguas habla este buen señor, uno de los principales referentes de la sociolingüística francesa?, quiere saber PáginaI12 por una cuestión de curiosidad. “Es la pregunta que siempre nos hacen a los lingüistas. Puedo dar una conferencia en inglés, francés, español e italiano, pero también puedo sobrevivir en chino, alemán, árabe, ruso, griego, en dos o tres lenguas africanas, para comer, beber, pedir un cheque de avión. Es un mito que los lingüistas deben hablar un montón de lenguas. Eso es en el circo –bromea Calvet, invitado por la embajada de Francia y la Alianza Francesa, y se ríe con ganas—. Para dar una conferencia en inglés tengo que trabajar, no puedo improvisar. Puedo hablar tres o cuatro lenguas, pero nada más.” Calvet nació en Túnez, donde vivió hasta los dieciocho años. “En mi primera juventud el francés era la lengua de mi familia y de la escuela, pero en la calle se hablaba árabe y siciliano, un dialecto del italiano –recuerda el teórico francés—. Este multilingüismo ambiental despertó mi interés por las lenguas. La Babel es una realidad, una característica del mundo; si deseamos conocer otras culturas, otras visiones del mundo, debemos aprender las lenguas.”
Calvet confirma que se hablan aproximadamente 7000 lenguas en el mundo, “pero esto cambia cada día porque hay una tendencia a multiplicar este número, a considerar como lenguas formas habladas que antes eran dialectos”, aclara. “Así como hay lenguas que desaparecen, hay lenguas que nacen. Hoy decimos que hay una lengua que se llama español, pero mañana puede que haya lenguas que se llamen argentino, mexicano; hay una tendencia hacia la diferenciación –explica el sociolingüista—. Con la globalización te podés comunicar a escala mundial a través del inglés, que es la lengua hipercentral. Pero no es el inglés que se habla en Cambridge o en Oxford; es el globish, el inglés que se habla en la globalización, una forma muy pobre que sólo usa quinientas palabras. Si escuchamos a un alemán hablando con un japonés de comercio, el inglés que hablan no es el mismo que habla la reina de Inglaterra como representante del Estado. El problema de la reina es que no habla ninguna lengua.”
–Suena a comentario típico de un francés contra los ingleses...
–Pero también es un comentario típico de los americanos. Hay gente que dice en los Estados Unidos que Bush no habla en inglés. Hay libros muy humorísticos que llaman bushism a las formas lingüísticas de Bush, a los errores que comete.
–¿Cómo impacta la globalización en el entramado de las lenguas?
–En el modelo que llamo gravitacional, hay una lengua eje, el inglés, la lengua hipercentral, y alrededor gravitan una decena de lenguas, el francés, el español, el árabe, el ruso, el chino, el malayo. El predominio del inglés es una foto de una situación sincrónica; no sabemos cuál será la lengua central, el inglés del mañana.
–Al principio las lenguas debían pagar un “derecho de aduana” para acceder a Internet, pero usted señala que así como las lenguas pertenecen a aquellos que las hablan, Internet pertenece a aquellos que la utilizan. ¿Está creciendo la participación de las lenguas en la web?
–Sí, y eso es muy interesante. Al principio era imposible escribir en Internet en castellano o en francés con los acentos. Ahora Unicode permite escribir en todas las lenguas del mundo. Hace quince años Internet sólo estaba en inglés; hoy hay páginas en chino, francés, español, alemán, y hay montones de sitios en pequeñas lenguas. Un cambio técnico, el pasaje de Ascii a Unicode, ha dado como resultado un cambio cualitativo. Esto quiere decir que el dominio del inglés no es absoluto; las pequeñas lenguas pueden encontrar su propio lugar y su propio uso en la red.
–Uno de los miedos más extendidos entre los franceses es a “la contaminación” de la lengua al entrar en contacto con la inmigración árabe. ¿Por qué ese contacto es entendido como un peligro?
–A los que tienen ese temor los llamo “los ayatollás de las lenguas” porque siempre las lenguas han tomado préstamos de otras; por ejemplo, en castellano, todas las palabras que empiezan con “a” vienen del árabe, como “alcalde”, “almohada”... Si viven, todas las lenguas cambian. Una lengua que no cambia es una lengua muerta, como el latín o el griego antiguo. No hay que tener miedo a la contaminación, ese temor me parece francamente una estupidez. Hay que explicar a la gente que cada día necesitamos nuevas palabras, que podemos construir o tomar palabras de otras lenguas.
–¿Cómo toman los franceses este planteo?
–Una mayoría piensa lo contrario de lo que yo digo, pero hay que hacerles entender que una lengua que no cambia es una lengua que va a morir.
Todas las lenguas, tarde o temprano, morirán. Pero para Calvet, un teórico y militante de la diversidad que rechaza el discurso político lingüísticamente correcto (“no todas las lenguas son iguales”, advierte), no todas las muertes son iguales. “Hay muchas lenguas indígenas que se han perdido en nombre de la comunicación, en nombre del lenguaje”, plantea el autor de Lingüística y colonialismo, libro que abre con una cita de Roland Barthes: “Robar a un hombre su lenguaje, en nombre de ese mismo lenguaje: allí comienzan todos los asesinatos legales”.
“La globalización es un hecho, pero podemos organizar el mundo lingüístico a través del respeto por las otras lenguas, para que cada uno pueda comunicarse en inglés, si quiere viajar y trabajar en otros países, o hablar la lengua de su pueblo –propone Calvet—. Y eso es difícil porque hay una tendencia a olvidar la lengua de los padres. Tal vez los padres deciden no hablarles a sus hijos en sus propias lenguas porque un quichua o un guaraní puede pensar que es mejor para sus hijos que hablen el español, para tener éxito en la vida, en la escuela, en la universidad. Pero cómo explicar que es importante hablar en inglés, pero que también es importante conservar la lengua identitaria. En Africa la gente habla en diferentes lenguas, pero en América del Sur hubo una masacre lingüística. Sólo en Perú, Ecuador y Bolivia se hablan lenguas indígenas.”
–En Paraguay se habla guaraní...
–Dicen que Paraguay es un país bilingüe, que el guaraní y el español están en el mismo nivel. ¡Pero es una broma! En el aeropuerto de Asunción no hay ni una palabra escrita en guaraní, sólo en español o en inglés. Los nombres de las calles no están escritos en guaraní.
–La dictadura de Stroessner prohibió el guaraní.
–Pero hoy tienen una democracia.
–Las herencias de las dictaduras en América latina aún se sienten...
–Es obvio que casi toda la población paraguaya es bilingüe, pero es más importante hablar el español que el guaraní. Hay un problema de función social de las lenguas. El guaraní es la lengua de la calle, de la familia, del mercado, de la proximidad, pero el castellano es la lengua de la universidad, de la política; no tienen las mismas funciones sociales. Y decir que en Paraguay hay un bilingüismo real es casi una broma.
Calvet subraya que hay que proteger la diversidad de las lenguas. “El inglés es obviamente la lengua más importante del mundo, pero el guaraní, el quechua, también tienen su importancia. Por eso creo que debemos defender la diversidad lingüística. Cada lengua es una visión diferente y necesaria de la cultura.” En Francia hay tres millones de hablantes árabes que van a la escuela. “Lo interesante es que el árabe que hablan no es el árabe oficial de sus países de origen. En los países árabes, la lengua oficial es el árabe clásico, el árabe del Corán, que ninguno habla. Entonces hacen una mezcla de árabe y francés para comunicarse con los amigos de la misma edad, y tal vez también mezclan algunas lenguas africanas. Y están en su derecho. El único problema es saber si pueden hablar el francés estándar.”
–Si no hablan un francés estandarizado se les cierran todas las puertas, ¿no?
–Claro, porque la lengua es una llave social. Para encontrar un trabajo interesante, importante, hay que hablar el francés oficial, como hay que hablar aquí el castellano oficial. El deber de la educación, de la escuela, para los niños que hablan esa mezcla de árabe y francés, es enseñarles a hablar otra forma de francés. Hay diferentes niveles de lengua: no hablamos el mismo francés dando un curso en la universidad o jugando a las cartas en un café. Pero si hay gente que no puede hablar una variedad alta, se origina una fractura social que produce una fractura lingüística. Y esto es un problema democrático. El deber del Estado es dar la lengua del Estado a todos los inmigrantes; tenemos el derecho de hablar la lengua del país. Si no hablamos la lengua del país, se van a construir ghettos, pequeñitos grupos, y eso es lo contrario de la integración.
–¿Cómo es la situación ahora: hay intentos de integración o prevalece la construcción de ghettos?
–Es difícil de responder. Hoy no podemos saber qué forma de lengua hablarán los hijos de los inmigrantes, y éste es un punto importante. No sabemos si los padres les van a transmitir el francés estándar o una mezcla. Si les transmiten la mezcla, entonces se va a dar una fluctuación muy difícil, lo contrario de la integración. No sé cuál será la lengua central, el eje de la comunicación global, el inglés del mañana en dos siglos, pero va a cambiar. También las lenguas de los pequeños pueblos van a cambiar. Pero una vez más los ayatollás de las diferentes lenguas piensan que el autor de Lingüística y colonialismo debe defender las pequeñas lenguas, y no preocuparse del francés o del español. ¡Es una estupidez! Hay que inventar una política lingüística que les dé su propio sitio a todos los idiomas del mundo.
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