(COMO) EMPEZANDO DE NUEVO

"Si la libertad significa algo será,sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oir" George Orwell

domingo, 29 de julio de 2012

El hombre de Clarín

están contenidos en una biografía autorizada escrita por josé ignacio lópez

Los hechos que revelan el rol de Magnetto en la interna de la dictadura

Tal como lo advirtió el abogado Pablo Argibay Molina, el CEO de Clarín fue el artífice de la operación que le permitió al Ejército quitarle Papel Prensa a los Graiver y anular el proyecto de Massera.

Tiempo Argentino
Las declaraciones del abogado Pablo Argibay Molina sobre la forma en que Papel Prensa fue transferida durante la dictadura del Grupo Graiver a un conglomerado empresario liderado por Clarín y La Nación, y la interna entre videlistas y masseristas que desembocó en la coacción, el secuestro y la tortura de Lidia Papaleo y su familia, hallaron corroboración en la fuente menos pensada: una suerte de biografía autorizada de Héctor Magnetto publicada por José Ignacio López, periodista de La Nación y ex vocero del presidente Raúl Alfonsín. Ese libro, titulado El hombre de Clarín, vida privada y pública de Héctor Magnetto, describe la puja en la cima de la dictadura y brinda una versión sobre cómo, quiénes y con qué métodos lograron que Lidia Papaleo firmara el traspaso de la empresa. De su lectura se desprende que Magnetto se reclinó sobre Jorge Rafael Videla y Orlando Ramón Agosti, quienes no tenían proyecto político propio a futuro y sobre Papel Prensa "creían que se trataba de un proyecto industrial que no se podía interrumpir". En la vereda de enfrente, Emilio Eduardo Massera soñaba con suceder a Perón, pero su torpeza y falta de visión le birlaron la provisión de papel para sustentar su proyecto con medios de comunicación. En esa inclinación de la balanza a favor de Magnetto fue fundamental el abogado Miguel Tobías Padilla, cuyo nombre no aparece en el libro del ex portavoz presidencial, y podría ser el eslabón que vincule directamente al CEO de Clarín con la apropiación de la empresa.
El libro narra cómo el empresario César Civita, creador de Editorial Abril, durante la gestión de José Bel Gelbard en el Ministerio de Economía en la última presidencia de Juan Domingo Perón, "no necesitó mensajes demasiado explícitos y decidió que era el momento de correrse del medio y vender a Graiver su participación en Papel Prensa", que ya existía aunque todavía no producía. Según el libro, por ese entonces Magnetto "se metió de lleno en lo que para él era una cuestión fundamental para la autonomía del diario: el abastecimiento de papel". La dictadura todavía no había usurpado el poder.
Magnetto apostó a una segunda empresa productora de papel y pensó en un socio que por entonces asomaba como un promisorio emprendedor. Dice el libro: "recostado en el asesoramiento de algunos expertos del desarrollismo, (Magnetto) definió las líneas directrices del plan, bregó porque se recurriera a una de las consultoras más reconocidas de la época y evaluó la necesidad de un operador con respaldo económico y de ingeniería para la obra civil, hasta que al ver que no podría pagarlo consiguió interesar a Franco Macri como proveedor". La inestabilidad política y el "rodrigazo" pulverizaron el proyecto individual de Magnetto. Entonces, con Bernardo Sofovich, Enrique Drago Mitre, Bartolomé Mitre, Alberto Gainza Paz y Patricio Peralta Ramos fundó Fapel SA, con la intención, ahora sí, de avanzar en el autoabastecimiento de papel.

El golpe de Estado de marzo de 1976, la caída en desgracia del Grupo Graiver y la muerte de David Graiver en México precipitaron los tiempos y las situaciones. José Ignacio López sostiene que la familia Graiver "decidió encarar una salida ordenada de la Argentina", y el abogado Miguel Anchorena "estaba encargado de buscar interesados" para desprenderse de Papel Prensa.  El libro reconoce que "las versiones más serias apuntaban a la maniobra de desapoderamiento que ya se estaba orquestando en el seno del directorio de Papel Prensa, con la complicidad de algunos funcionarios. En efecto, los Graiver se habían enterado de que los derechos de la familia sobre las acciones de la empresa corrían peligro de no ser reconocidos por falta de registro legal. El banquero nunca se había ocupado de que el Estado aprobara la transferencia de las acciones a su favor… Bastaría un guiño del ministerio de Economía para que pudieran rechazarse las compraventas anteriores y se erigiera como titulares a quienes ya no lo eran". Dicho de otro modo, Papel Prensa estuvo a un paso (una decisión política) de regresar a Civita.
Allí es donde el relato del libro se distancia de la versión de Lidia Papaleo, sobre todo en cómo fue "apretada" para firmar el traspaso. José Ignacio López describe: "como una novela de suspenso, las negociaciones entre los vendedores y Fapel concluyeron a último momento, el 2 de noviembre en horas de la tarde. En las oficinas de La Nación en la calle Florida los tres diarios firmaron el boleto de compraventa por la totalidad del paquete de los Graiver, el 51% por ciento de Papel Prensa". Lidia Papaleo describió cómo fue presionada para firmar, y los escalofríos y el terror que le causaba la mirada de Magnetto imprecándole la rúbrica de los papeles.  Papaleo se sintió coaccionada por Magnetto, quien para ese entonces fungía como aliado del ala "blanda" de la dictadura, cuyas cabezas visibles eran Videla y José Alfredo Martínez de Hoz. Después de que Papel Prensa pasó de los Graiver a los accionistas privados, entró  a jugar fuerte el "masserismo", cuya línea más dura la encarnaban Ramón Camps, Ibérico Saint Jean y Carlos Guillermo Suárez Mason. "Hacia el final del verano, vecinos al primer año del llamado Proceso de Reorganización nacional, crecía la tensión política entre los mandos del Ejército. El avance de los sectores más duros estalló en el llamado caso Graiver, que en un primer momento apareció como un putsch contra el presidente Videla… Amparado por el comandante del I Cuerpo de Ejército, Carlos G. Suárez Mason, el entonces jefe de la temida policía bonaerense, Ramón Camps, condujo esas operaciones y participó de interrogatorios y torturas. La viuda y otros miembros de la familia Graiver estaban entre los detenidos y Papel Prensa entre las empresas acusadas. Era parte de su cruzada", afirma la biografía de Magnetto.
Massera quería Papel Prensa para su proyecto personal, pero lo habían "madrugado". Ante la ofensiva del almirante, el libro biográfico narra que "Magnetto logró una reunión en el Edificio Libertador con un nutrido grupo de oficiales del Ejército y durante dos horas reseñó la iniciativa y respondió, una por una, las objeciones que se le hacían. Casi sobreactuó para tocar la fibra nacionalista de los uniformados, pero siempre creyó que ese encuentro sirvió para apuntalar a los sectores del gobierno  militar que defendían a Papel Prensa."

Massera intentó hasta último momento quedarse con la empresa. "Una última maniobra amenazó complicar el tramo final del proyecto. El almirante logró hacer aprobar una resolución que establecía plazos mínimos –de factibilidad nula– para la inauguración y puesta en marcha de la planta… la construcción nunca se detuvo y logró sobreponerse a inconvenientes de todo tipo", hasta que el 27 de setiembre de 1978 fue inaugurada. A esa jornada pertenece la foto de Videla brindando con Ernestina Herrera de Noble.  «

jueves, 26 de julio de 2012

60 años de la muerte de Eva Duarte de Perón

HOY SE CUMPLEN 60 AÑOS DE LA MUERTE DE EVA DUARTE DE PERON

La persistencia de la mujer mito

 

Amada y odiada, Evita fue una de las mujeres más importantes de la historia del siglo XX, y no sólo en la Argentina. Su figura logró vincular la política desde el Estado con las demandas de los sectores más descuidados de la sociedad, los pobres, los niños, las mujeres y los ancianos. Intelectuales y políticos la recuerdan en estas páginas.

Por Felipe Pigna *

Lo imborrable de la historia

Desde su muerte se ha escrito mucho sobre Eva Perón. No pocos autores se han dedicado a subestimarla, a estudiarla como un fenómeno folklórico, como ocurre con las tradiciones y los mitos populares. Porque la historia del poder tiene una especie de fascinación por convertir a los protagonistas del lado popular de la historia en “mitos”, desvalorizándolos y arrojando desde ese rótulo sospechas sobre sus verdaderas ideas y acciones. No ocurre lo mismo, para dar un solo ejemplo, con el general de La Nación, Bartolomé Mitre, general mítico que no ganó en su vida una sola batalla. Pero, más allá y por encima de la voluntad de sus enemigos, Evita fue un sujeto político y compartió con Perón el liderazgo carismático del peronismo, demostró una gran capacidad de conducción y construcción política, llegando a manejar dos de las tres ramas del movimiento: la femenina y la sindical. A esta influencia decisiva se sumó su tarea social en la fundación, que la ubicó definitivamente en los sentimientos y en las razones de sus descamisados, llegando con su obra y también con su proselitismo hasta los últimos rincones del país.
Contra ese poder innovador y disruptivo construido por Evita con el imprescindible aval de Perón, fue que se alzaron las voces de sus enemigos más peligrosos, que le dejaban al resto de los opositores las críticas por su pasado de actriz, sus modos, su lujosa vestimenta y su “insolencia”. Advertían el peligro que para sus intereses representaba “esa mujer” que no se detenía ante nada y no confiaban en que Perón pudiera convertirse en su barrera de contención en la medida en que le fuera útil a su proyecto político y no intentara volar más alto que él.

La historia liberal clásica, devenida últimamente en la autodenominada “historia social”, ni siquiera hace el esfuerzo por comprender históricamente al peronismo, sino que lo estudia como un “fenómeno” al que intenta escamotear o disimular en sus libros como parte del proceso de los “populismos latinoamericanos”. Comprender no quiere decir justificar, sino exactamente entender la complejidad de un período que cambió la historia y atravesó la producción política contemporánea. Se parte en esos textos de una ajenidad aparentemente dada por la pertenencia al campo intelectual y a partir de allí se procede a juzgar aquel proceso como una anormalidad institucional y social. En cambio, a las etapas anteriores se las estudia indulgentemente desde la perspectiva de la historia institucional, pasando por alto el fraude, la miseria, la marginación y la represión de esos períodos modélicos que se rescatan acríticamente; así ocurre con la Argentina de 1910, puesta como ejemplo de épocas añoradas durante los debates del bicentenario por los más eminentes representantes actuales de la llamada “historia social”. Esa indulgencia con el modelo liberal agroexportador triunfante en 1910, que excluía, según las estadísticas oficiales, a más de la mitad de la población, que vivía en la miseria, se vuelve aguda crítica frente al peronismo y sus protagonistas en general y a Eva Perón en particular. Se la ve, en el mejor de los casos, como un emergente, como un producto de Perón, fanatizado e incapaz de producir política.
Se hace imprescindible tratar a Evita como a un sujeto político y han aparecido algunas obras, elogiosas o críticas de su trayectoria, en las que ya aparece algo fundamental: el protagonismo político de Evita, su capacidad de conducción y de elaboración política, la mayoría de las veces complementaria de la de Perón, pero a veces voluntariamente y otras involuntariamente, en competencia con el líder.
El odio de sus encarnizados enemigos la sobrevivió. Dinamitaron el lugar donde murió para evitar que se convirtiera en un sitio de culto, prohibieron su foto, su nombre y su voz, pasaron con sus tanques por las casitas de la Ciudad Infantil hasta convertirla en ruinas, abandonaron la construcción del hospital de niños más grande de América porque llevaría su nombre, echaron a los ancianos de los hogares modelo, quemaron hasta las frazadas de la fundación, destrozaron pulmotores porque tenían el escudo con su cara, secuestraron e hicieron desaparecer su cuerpo por 16 años. Pero como sospechaban los autores de tanta barbarie, todo fue inútil.

* Historiador, autor de Evita. Jirones de su vida.