Con emotivas palabras de varios oradores y un fuerte aplauso, en el cementerio de la Chacarita, despidieron al artista.
INFOnews
Los restos de León Ferrari fueron inhumados
en el Cementerio de la Chacarita por una multitud de familiares, amigos y
artistas que, con un fuerte aplauso, despidieron a uno de los más
grandes artistas plásticos de la Argentina, reconocido en todo el mundo
por una inmensa obra marcada por la provocación, la política y la
religión.
En la ceremonia, donde se encontraba Alicia Barros Castro, con quien
Ferrari estaba casado desde 1946, se recordó también a Ariel Adrián
Ferrari, hijo del artista, desaparecido por la última dictadura militar,
y se colocó una foto suya junto a los restos de su padre, en el
Mausoleo Augusto C. Ferrari y Familia.
"Este abrazo es para vos León y para vos Alicia, para esta hermosa
familia que tienen. Este es el abrazo fuerte de todas las Madres de
Plaza de Mayo", dijo Tati Almeyda, Madre de Plaza de Mayo-Línea
Fundadora, entre los aplausos de la gente reunida en torno al cajón del
maestro.
Y expresó: "nos conocimos porque tenemos algo muy especial en común,
Ariel y los 30 mil. Están acá, están diciendo `chau`, están diciendo
`León no se ha ido, siempre va a estar con nosotros`".
Por su parte, el director del Centro Cultural de la Memoria Haroldo
Conti, Eduardo Jozami, contó: "conocí a León en la década del `60, por
amigos en común, pero sobre todo por la vida política. En esos años León
era un amigo muy solidario, alguien que curiosamente creía que lo
importante era lo que estábamos haciendo nosotros. Él se concebía como
un acompañante, un artista que apoyaba a los que militaban en política".
"Después pasó lo de Ariel -continuó-, casi todos los que estamos acá
tenemos una historia trágica, que paradójicamente nos unió más. Sabemos
que era un artista excepcional, uno de los más importantes, pero lo más
notable es que siempre siguió siendo un amigo, sencillo, tremendamente
querible. Demostró que se podía ser un gran artista, alguien
comprometido y un gran ser humano".
El periodista Luis Bruschtein, a su turno, muy conmovido, dijo que
"nunca pensé que me iba a tocar hablar en esta circunstancia, porque
siempre pensé que León era eterno. Recuerdo que íbamos con mis hermanos a
verlo a su casa de Castelar, éramos adolecentes. León fue un verdadero
maestro, alguien que siempre estuvo ahí. Era un abridor de ventanas".
Por último, una vocera de la Fundación Augusto y León Ferrari, leyó:
"León, en tu vida creaste un mundo nuevo para volverlo más justo, bello y
pleno. León, nos acariciaste con tu delicadeza, nos iluminaste con las
tintas y papeles, nos enamoraste y nos despertaste con tu carácter; nos
hiciste pensar, sentir y vivir con heliografías, planetas y collages".
"Nos sorprendiste y nos llenaste de ganas de seguir adelante, nos
enseñaste que en esta vida todo es posible. León, que además de toda tu
obra creaste una manera de ver definitiva en que la muerte solo afirma
que la vida es infinita. Te vas en paz y lleno de vida, vas a estar para
siempre en nosotros, en nuestros hijos y nietos".
León Ferrari una multitud de familiares, amigos y artistas despidió al gran maestro
John
Lennon le abrió las puertas de su departamento neoyorquino a Bob Gruen,
y el fotógrafo registró escenas íntimas de la vida del beatle y de Yoko
Ono, entre ellas un retrato tomado la noche anterior a su asesinato,
que constituyen un testimonio urgente del rock
John
Lennon lo llamaba, bromeando, "Bob ¿está en foco? Gruen", pero el
fotógrafo neoyorquino no se inmutaba ni ofendía. "Lo importante es
captar el momento", respondía entonces y sigue haciéndolo hoy. Cuando
dice momento es siempre momento de rock, porque para Bob Gruen la
fotografía estuvo unida desde los inicios a la música. Son incontables
las escenas clave de la historia del género que ha sabido captar con su
lente, en foco o no, a lo largo de las últimas cinco décadas y muchas de
sus imágenes se han convertido en sinónimo o definición de una época.
Quizás no todos conozcan su nombre ni que nació en
Nueva York en 1945, pero cualquier aficionado al rock conoce sin duda su
mirada. Suyas son las fotos de Blondie saliendo de un auto volcado en
una callejuela neoyorquina a mediados de los años 70; la del grupo Led
Zeppelin al pie de su propio avión conquistando el mundo; la de Bob
Dylan en el crucial festival de Newport de 1965, pero también el de la
cara pintada, diez años después, en la alocada gira Rolling Thunder
Revue; aquella de Mick Jagger y Keith Richards en el Madison Square
Garden en 1972, con Altamont tan cerca todavía, y las de los Clash, y
los Sex Pistols, y las de Iggy Pop.. y aquella de John Lennon con Nueva
York de fondo y la remera con el nombre de la ciudad. Es, claro, la que
ilustra la cubierta del libro John Lennon. Los años en Nueva York que la
editorial Planeta editó aquí casi en simultáneo con la muestra que
hasta hace pocos días pudo visitarse en el Centro Cultural Recoleta.
Se trata de algo más que un libro de fotos. O quizás
sea apropiado llamarlo justamente así porque es un libro de fotos para
leer. Leer en los textos y leer en las fotos. Como si se tratara de un
largo epígrafe, las palabras están en un casi perfecto equilibro con las
imágenes. Así, a través de éstas es el propio Gruen quien recuerda su
relación con John Lennon y cómo el músico le abrió las puertas de su
casa, de su trabajo y de su vida. Gruen se convirtió así en testigo
privilegiado de la transformación del ex beatle a lo largo de esa década
en la que tuvo que rearmarse y volverse a construir, sin su banda y en
otro país, junto a Yoko Ono.
John Lennon estaba casi recién llegado a Nueva York
cuando, en una salida nocturna, se cruzó con Gruen que le sacó una foto y
se ofreció a llevársela al día siguiente. Cumplida su palabra, la
relación entre ellos no hizo más que crecer. De allí en más estuvo en la
grabación de discos, en los encuentros con otros músicos y artistas (de
Mick Jagger a Rudolf Nureyev), en las visitas que hizo a la ciudad
cuando se tomó su año sabático en Los Ángeles, y en el transformador
nacimiento de su hijo Sean. Fue también el que lo fotografió con su
nuevo saco oriental la noche del 7 de diciembre de 1980. Y el que estuvo
con Yoko Ono, unos meses después, cuando ella fotografío los anteojos
ensangrentados para la tapa del disco Seasons of Glass.
Si el rock tiene sus mañas y sus caprichos, también
tiene sus oficios específicos. Así es como hay periodistas (o
periodismo) de rock y fotógrafos de rock. Bob Gruen, sin lugar a dudas,
es uno de los que más ha ayudado a definir este último oficio,
mezclándose con las bandas, armando lazos, poniendo mirada y palabra.
Tanto que ha sido objeto de un documental (de rock, claro), Rock 'N'
Roll Exposed, the photography of Bob Gruen, hecho por Don Letts, el
inglés de los dreadlocks que cruzó el reggae con el punk en los setenta.
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Que el legado de Mandela sirva para arrojar luz sobre las injusticias en Estados Unidos
Amy Goodman
Mientras el mundo celebra esta semana los 95 años de Nelson Mandela, resulta oportuno reflexionar sobre su vida, dedicada a luchar por la igualdad de la población negra de Sudáfrica, que sufrió durante largos años la segregación racial impuesta por el régimen del apartheid. Mandela fue arrestado en 1962, un año antes de que Martin Luther King Jr. pronunciara su famoso discurso “Tengo un sueño” en Washington D.C. Tras haber pasado 27 años en prisión, Mandela fue liberado en 1990. Cuatro años más tarde se convertiría en el primer presidente de Sudáfrica elegido democráticamente.
La increíble vida de Mandela debería servirnos para arrojar luz sobre las injusticias que ocurren a diario en Estados Unidos, en especial esta semana, tras la absolución de George Zimmerman por el asesinato del adolescente afroestadounidense Trayvon Martin, y mientras en la prisión militar estadounidense de Bahía de Guantánamo cientos de hombres continúan en huelga de hambre, tras permanecer detenidos allí sin acusación en su contra durante más de diez años.
Durante su reciente visita a Sudáfrica, el Presidente Barack Obama llevó a su familia a la Isla Robben, la tristemente célebre prisión de los tiempos del apartheid, cerca de la costa de Ciudad del Cabo. La primera dama Michelle Obama dijo acerca de la experiencia: “Fue increíble ver la celda de Mandela, una pequeña habitación de alrededor de dos metros de ancho donde pasó 18 de los 27 años que estuvo en prisión. Dormía en el piso en un colchón muy delgado, y cuando se estiraba para dormir por la noche los dedos de los pies tocaban una pared y la cabeza rozaba la otra. Sin embargo, a pesar de las terribles condiciones, Mandela y sus compañeros de prisión nunca perdieron la esperanza. Como Mandela dijo una vez: ’La prisión, lejos de quebrantar nuestra moral, nos hizo más fuertes para seguir en esta batalla hasta lograr la victoria`”.
El Presidente Obama firmó el libro de visitas de la Isla Robben, donde escribió lo siguiente: “En nombre de nuestra familia, es un gran honor para nosotros estar aquí donde hombres tan valientes sufrieron la injusticia y no se dieron por vencidos. El mundo agradece a los héroes de la Isla Robben, que nos recuerdan que no hay cadenas ni celdas que puedan más que la fuerza del espíritu humano”.
“Lamentablemente, no necesitamos que el Presidente nos aleccione, necesitamos un líder”, me dijo el Coronel Morris Davis. Davis es un Coronel retirado de la Fuerza Aérea que fue el principal fiscal militar en Bahía de Guantánamo hasta que renunció en 2007 por negarse a obtener declaraciones mediante la tortura. Davis agregó: “Cuando el Presidente Obama visitó Sudáfrica junto a su familia, llevó a Sasha y a Malia a visitar la celda. celda. Salió en todos los medios que el Presidente y sus hijas habían visitado la prisión en la isla donde Mandela pasó 18 años preso. Y, al mismo tiempo, administra una prisión en una isla, en la Bahía de Guantánamo, Cuba, donde personas como Shaker Aamer y otros están detenidos. Y la mayoría de ellos tienen autorización para ser liberados o transferidos de allí. Y si bien no han llegado a pasar 18 años en prisión como Mandela, hay gente que ha estado allí durante once años y medio, y se les ha dicho que tienen autorización para regresar a sus hogares y, sin embargo, permanecen en prisión”.
Si bien las dos elecciones de Obama como Presidente hicieron que muchos declararan que estamos ante una era post-racial en Estados Unidos, el veredicto del juicio contra Zimmerman de la semana pasada demuestra que se trata de una falacia. Phillip Agnew es el director ejecutivo de Dream Defenders, una red de jóvenes negros y mestizos de Florida que lucha por la igualdad de derechos y el acceso igualitario a la educación. Tras el veredicto del juicio contra Zimmerman, Agnew me dijo: “Como país no queremos reconocer que en Estados Unidos aún existe un problema racial que genera las condiciones para que un hombre como George Zimmerman ande suelto, como está ahora, con una pistola, esperando matar a jóvenes de raza negra”.
Al enterarse de la absolución de Zimmerman, el grupo Dream Defenders se movilizó de inmediato. Se trasladaron a Tallahassee, la capital del estado de Florida, donde ocuparon la oficina del gobernador republicano Rick Scott. Quieren que Scott convoque una sesión legislativa extraordinaria para derogar la ley de legítima defensa denominada “Stand Your Ground” en Florida, que amplía el derecho de una personas de aplicar una fuerza mortal contra otra, en caso de un enfrentamiento. Prometieron continuar ocupando la oficina hasta que el gobernador responda a sus reclamos.
La abogada por los derechos civiles y escritora Michelle Alexander dijo en Democracy Now!: “Creo que está claro que George Zimmerman no solo mató a un joven inocente, sino que además Trayvon Martin estaría hoy con vida si hubiera sido blanco. Si hubiera sido blanco, Zimmeran nunca lo hubiera perseguido, no hubiera habido pelea, ni juicio ni veredicto, ni cadáver. Y mientras reflexionamos sobre lo que significa el fallo para nuestra democracia y para nuestro presente en términos raciales, creo que debemos tomar distancia y pensar en la mentalidad de Zimmerman, la mentalidad de un tipo que considera que un adolescente que camina por su barrio llevando un paquete de dulces y té helado representa una amenaza. Es una mentalidad que considera que los hombres y adolescentes de raza negra son un problema eterno con el que debemos lidiar. Esta mentalidad ha contaminado a nuestro sistema judicial, a nuestras escuelas, a nuestros políticos de modos que han tenido consecuencias desastrosas, como la creación de un sistema penitenciario sin precedentes en la historia del mundo, que despoja a millones de personas de sus derechos humanos y civiles fundamentales una vez que han sido etiquetados como delincuentes o criminales. Es la mentalidad que considera que algunas personas, que están definidas en gran medida por su raza y clase, no merecen gozar de las protecciones básicas y que merecen un trato hostil impune”.
Mientras tanto, en California, miles de prisioneros están realizando la mayor huelga de hambre en la historia del estado. Sus demandas: poner fin al confinamiento solitario. Actualmente, en California hay más de 3.000 prisioneros detenidos en aislamiento total en unidades en las que no mantienen ningún tipo de contacto humano y donde no hay ventanas. Algunos de ellos permanecen detenidos en esas condiciones desde hace más de diez años.
Nelson Mandela dijo en una entrevista en 1993: “Nelson Mandela dijo en una entrevista en 1993: “Nadie quiere ir a prisión, nadie quiere que lo arresten. Pero, al estar en prisión uno se libera del miedo al opresor. Cuando te has liberado del miedo al opresor, no pueden hacer nada. Una vez que has alcanzado ese estado, no te interesa realmente lo que te hagan. Eres libre”. De Sudáfrica a Florida, de la prisión de la Bahía de Pelícanos, en California, a la de Bahía de Guantánamo, hay personas valientes que están defendiendo sus ideales, luchando por la justicia. Es un homenaje muy adecuado al Presidente Mandela en su cumpleaños.
Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.
Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 750 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 400 en español. Es co-autora del libro "Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos", editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.
Pese a otros méritos, George Orwell ha pasado a la historia como el
autor de la pesadilla futurista sobre la dictadura del control, con un
Gran Hermano que todo lo vigila y condiciona. El título de su novela,
1984, ha quedado superado por el calendario, por lo que muchos
consideran que contiene un error de cálculo. Pero no es tan cierto.
Nuestro error habitual es creer que el futuro siempre está por venir,
sin acabar de entender que el futuro es hoy. Sobre estos asuntos estamos
obligados a reparar tras la detención accidental en Zaragoza de un
mirón que espiaba a las personas a través de las cámaras de sus
ordenadores, en los que había logrado infiltrarse y que controlaba a
distancia.
Hace tiempo que encuentras gente que ha cegado la cámara de sus
ordenadores, alertada por la facilidad de que ese ojo doméstico se
convierta en una ventana desde la que alguien te observa. Puede ser un
símbolo más de la paranoia contemporánea, pero la noticia de la
detención del mirón viene a refrendar la leyenda urbana. Esta sería la
más extrema de las violaciones de tu intimidad, pero resulta aún más
sencillo que tus archivos sean descerrajados y por lo tanto que todas
tus fotos, cuyo soporte actual es un contenedor digital, dejen de
pertenecerte en exclusividad. Las áreas compartidas, que se extienden
por las redes sociales, garantizan aún una esfera íntima e inviolable,
pero cada día la línea es más fina.
Más allá de la alarma social y de convertirnos todos en reos de
nuestros miedos, conviene reparar en la pequeña gran diferencia con la
pesadilla propuesta por Orwell. En nuestra sociedad se teme a un Gran
Hermano que nos observa, conoce nuestros correos y actividades privadas,
pero la maravillosa ironía es que nosotros hacemos el trabajo por él.
Ofreciéndonos a ser los retransmisores de nuestra privacidad, con una
conexión social de 24 horas diarias, mensajería constante de nuestra
actividad, retransmisión en GPS de nuestra peripecia, y, para cuando nos
relajamos, no queda portal, calle, garaje o ascensor que no esté
presidido por un ojo de cámara de vigilancia que asegura protegernos
mientras retransmite nuestra vida. Nosotros somos la red de vigilancia
del Gran Hermano, pero hasta pagamos la cámara.