“La libertad de expresión en Francia es una completa falsedad y un fraude”.
Noam Chomsky
Las
caricaturas que ilustran este escrito son del dibujante brasileño
Carlos Latuff, quien en noviembre de 2012 fue catalogado por el Centro
Simon Wiesenthal de Estados Unidos como el tercer “antisemita” del
mundo, debido a sus denuncias gráficas de los crímenes del Estado de
Israel en Gaza.

En
estos días a raíz de los luctuosos acontecimientos de París, han
aparecido toda clase de aclamaciones a la pretendida libertad de
pensamiento, opinión y expresión que existiría en Francia. Como sucedió
el 11 de septiembre de 2001, cuando se empezó a decir sin mucha
imaginación “todos somos estadounidenses”, ahora se repite como cacatúas
que “todos somos franceses” o más banalmente “Je suis Charlie”.
Recordemos que luego de los ataques al Trade World Center, George Bush,
aparentando una ingenuidad y una inocencia angelical preguntaba por qué
atacaban a Estados Unidos, a lo que él mismo respondía diciendo que se
agredía la libertad, la democracia y la justicia que caracterizarían ese
país imperialista y a nombre de valores tan abstractos, tras los cuales
se encontraba el petróleo y el reordenamiento geopolítico del orbe, le
declaró la guerra al mundo pobre y periférico, como epicentro de la
cruzada contra el “terrorismo internacional”.
Algo similar
sucede en estos momentos, cuando desde Paris, de François Hollande en
adelante, se afirma que se ha atacado la libertad de expresión, que
tendría su cuna en Francia y ese país sería, sin duda alguna, su mejor
defensor. Para citar un ejemplo, Mario Vargas Llosa en un descolorido
artículo asegura “el asesinato de casi toda la redacción de Charlie
Hebdo significa […] que la cultura occidental, cuna de la libertad, de
la democracia, de los derechos humanos, renuncie a ejercitar esos
valores, que empiece a ejercitar la censura, poner límites a la libertad
de expresión, establecer temas prohibidos, es decir, renunciar a uno de
los principios más fundamentales de la cultura de la libertad: el
derecho de crítica”.
Esas afirmaciones ditirámbicas no resisten
el menor contacto con la dura realidad de Francia. Y no nos referimos a
que la libertad de expresión sea el privilegio de una minoría, que tiene
capital económico y cultural para expresarse, o que la prensa y las
editoriales sean propiedad de poderosos conglomerados económicos. No,
estamos hablando de algo más prosaico: la persecución velada y abierta
contra ciertos escritores e intelectuales que escapan al redil del
poderoso lobby judío que existe en Francia o la censura que ejercen los
nuevos mandarines de la prensa y la edición contra los autores que no
son “políticamente correctos”.
En este artículo vamos a
presentar una muestra de la manera como en Francia, la aclamada cuna y
morada de la libertad de expresión, se censura, persigue, e incluso se
encarcela a quienes se atreven a criticar el lobby israelí o sus
posturas no están en sintonía con el pensamiento “tibio”, de derecha,
del mundo académico y cultural.
No sobra advertir, que hace
algunos años percibí en carne propia el desprecio y discriminación hacia
un sudaca, algo que es incluso peor en el caso de un árabe, marroquí o
argelino, como lo experimenta cualquiera que viva en Paris y tenga ojos
para ver y oídos para escuchar. Porque solo basta habitar en un
banlieue, o visitarlo de vez en cuando, para apreciar la discriminación,
el desprecio, el racismo y toda suerte de humillaciones que soportan a
diario los descendientes pobres de los colonizados de ayer, o los recién
llegados de África o del mundo árabe que huyen del hambre, la miseria y
la violencia que en sus países de origen producen los planes de ajuste y
las guerras impulsadas por Francia y los países imperialistas.
Una legislación que censura la investigación históricaEn
1972 se aprobó una disposición contra el racismo en donde se condena
hasta con una pena de seis meses de cárcel y una multa de 150 mil
francos a quien incurra en los delitos de injuria y difamación y ofendan
a personas por pertenecer o no pertenecer a una raza, etnia, nación o
religión determinada con “discursos, gritos o amenazas, proferidas en
lugares o reuniones públicas, mediantes escritos, impresos, dibujos,
grabados, pinturas, emblemas, imágenes o cualquier otro soporte de lo
escrito, de lo hablado o de la imagen […] puesto en venta o distribuido
tanto lugares o reuniones públicas, como por impresos o afiches
expuestos a la mirada pública…”. La Ley Fabius-Gayssot, del 13 de julio
de 1990, perfecciona la disposición de 1972 contra el racismo, ya que
sostiene en su artículo primero: "Toda discriminación fundada en la
pertenencia o no pertenencia a una etnia, nación, raza o religión está
prohibida". Además, se califica como delito, en su artículo 9, la
negación de crímenes contra la humanidad, de acuerdo a la definición que
dio el estatuto del Tribunal Militar Internacional de Núremberg, que
hayan sido cometidos tanto por los miembros de una organización
declarada criminal en aplicación de ese estatuto como por una persona
reconocida como culpable de esos crímenes. Esta Ley amplia las penas de
cárcel para quienes sean declarados culpables de negar los crímenes
establecidos por el Tribunal de Núremberg.
A primera vista estas
disposiciones contra el racismo, la xenofobia y la discriminación no
tendrían ningún inconveniente, el problema radica en que en la Ley
Fabius-Gayssot fue aprobada con un tinte claramente pro-sionista, a
partir del cual se consideró como un delito grave el llamado
“revisionismo histórico”, término con el que se alude en concreto a las
críticas e interpretaciones que pudieran hacerse sobre la persecución y
exterminio de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, algo
sintetizado en el término Holocausto (un vocablo en sí mismo discutible,
porque connota la idea que fue un acto de sacrificio único e
irrepetible) y se persigue lo que en forma genérica sea visto como
antisemitismo. Es decir, la ley contra el racismo y la discriminación se
centra en forma casi exclusiva en perseguir el antisemitismo, noción en
la que se involucran las críticas que se puedan hacer a los crímenes
cometidos por el Estado sionista de Israel, aunque eso se encubra con la
persecución al revisionismo histórico. Esa Ley, además, autoriza a
organizaciones civiles para adelantar demandas contra los acusados de
odio racial o antisemitismo, con lo que organizaciones del lobby judío
pueden proceder a sus anchas para acusar a todo aquel que consideren
como antisemita.
Latuff presenta a Los Revisionistas
Negación
del Holocausto: No hubo holocausto, no existieron cámaras de gas y no
existió un programa alemán de genocidio / Negación de Palestina: No
existe Palestina, ni cultura palestina ni pueblo palestino
Esta
legislación implanta una verdad oficial, a la cual hay que sujetarse,
en lo referente a las interpretaciones sobre la persecución a los judíos
durante la Segunda Guerra Mundial por el régimen nazi. Así, la verdad
histórica es determinada desde los tribunales por los jueces. Se
confunde de esta forma verdad histórica y verdad judicial, como si
fueran sinónimos, lo que niega el carácter independiente y autónomo de
la investigación histórica. El conocimiento histórico no puede ser
reducido a una religión, así se pretenda laica, tampoco debe estar
sometido a ninguna prohibición ni puede ser reglamentado. La
investigación histórica no condena ni exalta, sino que busca explicar
procesos y acontecimientos. El historiador no es ningún esclavo de los
intereses dominantes en la actualidad (como los del lobby sionista
favorable al Estado de Israel) ni la historia es sinónimo de memoria,
aunque aquél la pueda convertir en una de sus fuentes fundamentales.
La
historia no puede ser un objeto jurídico y por tanto no puede estar
sometido al criterio de los jueces. Los productos de la investigación
histórica deben ser sometidos al debate público, al escrutinio de los
ciudadanos que lean los libros de historia, y en esa dialogo y discusión
se debe demostrar la falacia, las mentiras y las falsificaciones de
ciertos historiadores, en este caso los negacionistas. Pero lo que
resulta muy discutible es que a priori, se les condene penalmente y se
les induzca a no tratar ciertos temas prohibidos. Con esta lógica no se
habrían escrito nunca los grandes libros sobre la historia de la
humanidad en diferentes momentos, y en el caso que nos ocupa nunca se
hubieran podido publicar obras como La industria del Holocausto de
Norman Finkelstein, o La limpieza étnica de Palestina de Ilan Pappé,
para citar dos ejemplos.
Adicionalmente, el establecer el delito
de opinión sobre el pasado (concretamente para el período 1933-1945,
tiempo de vigencia del régimen de Adolfo Hitler) se crea una policía
académica, encargada de asegurar que nadie cuestione las verdades
establecidas sobre ese período. Esto genera censura y autocensura, por
el miedo a la persecución y a la cárcel que esto suscita. Por ello
resulta sorprendente que un historiador tan serio y riguroso como lo es
Enzo Traverso pueda decir: “La principal versión del antisemitismo de
posguerra, el negacionismo –esto es, la visión del Holocausto como mito,
nuevo complot judío tendiente a culpabilizar a los gentiles– ha
sobrevivido como un discurso provocador y transgresor que se ha
encontrado con la condena generalizada y ha caído a menudo bajo los
golpes de la Justicia (sic) (rentabilizando la postura de “victimas” que
se deriva de ello)”. Es una mirada muy unilateral que solo considera el
castigo que cae sobre los revisionistas que se han atrevido a escribir y
publicar y con ello a desafiar la ley de censura existente, pero no
considera el impacto nefasto que esas condenas tienen sobre muchas otras
personas que estarían interesadas no solamente en estudiar esos asuntos
históricos sino en opinar sobre la política sionista y sobre los
crímenes del Estado de Israel.
Porque, justamente, el asunto se
complica porque en Francia existe un poderoso lobby israelita, que
controla importantes ámbitos de la vida cultural, política, ideológica y
simbólica de ese país y, en su defensa irrestricta del Estado de
Israel, censura y persigue como antisemitismo las críticas y denuncias a
los crímenes de ese Estado. En ese sentido, se confunde una verdad
establecida e indiscutible sobre el exterminio de los judíos (presentado
con el nombre de Holocausto) que no se puede cuestionar, con los
intereses del Estado de Israel como heredero del Holocausto. Quien
critique en consecuencia los innumerables crímenes de Israel, su
terrorismo de Estado, el asesinato de niños, la construcción de muros de
la infamia, la destrucción de las casas, el establecimiento de colonias
para ocupar los últimos reductos del territorio original de Palestina,
los bombardeos indiscriminados, la tortura, la conversión del Holocausto
en una poderosa industria mediática e ideológica para justificar sus
crímenes…quien se atreva a decir eso, sencillamente es calificado de
antisemita, y no sólo calificado, sino judicializado y puede terminar en
la cárcel.

¡Antisemitismo!, ¡Antisemitismo! /Palestina Libre, fin de la ocupación
Al
respecto, recuerdo que en 1996, antes de empezar una clase con el
erudito profesor Robert Paris, comentábamos con algunos latinoamericanos
que asistían a ese curso uno de los cotidianos asesinatos de palestinos
en la franja de Gaza o en Cisjordania e indignados gritábamos contra la
máquina de muerte del Estado de Israel, cuando el mencionado profesor
se nos acercó para decirnos en voz baja que tuviéramos cuidado con lo
que decíamos porque podríamos ser acusados de antisemitas y ser
sometidos a un proceso penal.
Lo peor del caso es que en los
últimos años se han aprobado en Francia otras leyes sobre la historia
reciente, siendo la más cínica la aprobada el 23 de febrero de 2005,
mediante la cual el Estado francés reivindica su pasado colonialista y
rehabilita la memoria de los asesinos en la guerra de Argelia, entre
1954 y 1962. Esta Ley dispone en su artículo cuarto que “los programas
de investigación universitaria den a la historia de la presencia
francesa en ultramar, especialmente en África del Norte, el lugar que
merece. Los programas escolares reconocen el positivo papel de la
presencia francesa de ultramar especialmente en África del Norte, y que
se dé a la historia y a los sacrificios de los combatientes del ejército
francés en estos territorios, el lugar eminente al que tenían derecho”.
Con esta infamia, nos vamos a encontrar entonces con que de ahora en
adelante van a ser reivindicados como héroes Roger Trinquier y otros
asesinos y torturadores de Francia como los de la OAS (Organización
Armada Secreta), grupo paramilitar de extrema derecha. y, andando el
tiempo, quienes los critiquen pueden terminar judicializados.

Denunciar crímenes de guerra de Israel es antisemitismo
Charlie Hebdo y el antisemitismo como pretexto para censurarCharlie
Hebdo es un claro ejemplo de lo que se entiende por antisemitismo en
Francia, que supone que no se puede criticar al lobby sionista, ni al
Estado de Israel. El 2 de julio de 2008 el caricaturista Siné, cuyo
nombre es Maurice Sinet, escribió un texto sobre Jean Sarkozy, hijo del
Presidente de la República, en el que sostenía que su pronta conversión
al judaísmo le aseguraba un futuro radiante y pleno de ganancias
monetarias. A raíz de esa sátira, Philippe Val, Director de Charlie
Hebdo, lo despidió fulminantemente del semanario el 15 de julio. Y el
despido fue justificado aduciendo que Siné era antisemita porque se
había atrevido a criticar a un miembro de la familia presidencial –que
sostenía a Charlie Hebdo– Su sofistica argumentación se desprendía de
esta pregunta que le formuló un periodista de L’Express: “Echar a Siné
por haber insinuado que Jean Sarkozy se convertiría al judaísmo por
ambición social, ¿no es olvidar la lección de las caricaturas (sobre
Mahoma)?”. A lo que Philippe Val respondió: “No ver la diferencia entre
los dos asuntos demuestra lo difícil que es la conciliación en el día de
hoy. Para empezar, Siné no ha dibujado una caricatura, sino que ha
escrito un texto: eso es una diferencia importante. En segundo lugar,
las caricaturas de Mahoma querían denunciar la instrumentalización de la
religión para realizar crímenes en masa. Ellas no caen en la vulgata
racista, como por ejemplo establecer un nexo entre ‘árabe’ y ‘ladrón’.
Siné ha vinculado ‘judío’ y ‘dinero’” . Queda claro en esa singular
perspectiva del director de Charlie Hebdo lo que se considera como
racismo y apología del odio: todo lo que critique a los amigos de
Charlie Hebdo, entre ellos al Estado de Israel, y no lo que se burle de
los musulmanes. Además, no se admiten los textos escritos que critiquen a
los círculos del poder, pero se idealizan las caricaturas racistas
contra el Islam, como si estas últimas no tuvieran connotaciones de
odio. Y, finalmente, hay que frotarse los ojos para leer varias veces y
comprobar que se afirma que un individuo es antisemita simplemente
porque dice que los círculos del poderoso lobby judío de Francia se
emparentan con el dinero y, para rubricar la infamia, se justifica la
persecución judicial de una persona por insinuarlo. ¡Pobre William
Shakespeare, si viviera en la Francia contemporánea daría con sus huesos
en la cárcel, por haber escrito El mercader de Venecia!

Para Occidente Dibujar sobre los judíos… es antisemitismo!
Dibujar sobre los musulmanes... es libertad de expresión!
Para
completar, en esa misma entrevista se encuentra una definición de
antología sobre lo que la “intelectualidad” francesa en forma dominante
entiende por antisemitismo. A la pregunta si era posible ser
antisionista sin ser antisemita, el director de Charlie Hebdo daba esta
“magistral” respuesta sobre Israel: “Es imposible. Israel es una
democracia y el sionismo es la expresión, compartida por la derecha y la
izquierda, del patriotismo israelita. ‘Sionista’, es la palabra para
decir patriota. No hay porque negarles a los judíos el derecho al
patriotismo. Uno puede legítimamente oponerse a la política del gobierno
israelita, pero decirse antisionista es decirse antijudío”.
En
esas circunstancias, no extraña que el caricaturista Siné haya sido
acusado de antisemita, de tener nexos con los antisionistas y criticar
el Estado de Israel. Pero el asunto no se quedó en una controversia
sobre las posturas de Siné, lo peor del caso radica en que fue demandado
ante tribunales por la Liga Internacional contra el racismo y el
antisemitismo (LICRA) –un poderoso grupo pro-israeli– por incitación al
odio racial. Afortunadamente, el caricaturista Siné –que defiende la
causa palestina y denuncia los crímenes de Israel– fue absuelto y
Charlie Hebdo fue condenado por romper de manera abusiva el contrato de
trabajo de su colaborador y se vio obligado a pagarle una multa de 40
mil euros por daños y perjuicios.
Esta no era la primera demanda
que se hacía a Siné por antisemitismo, porque la misma LIRA lo había
demandado en 1982, cuando después de la invasión de Israel al Líbano en
junio de ese año –y cuando se produjeron las masacres de palestinos en
Sabra y Chatila– Siné había declarado: “Yo soy antisemita desde que
Israel bombardea. Soy antisemita y no tengo miedo de serlo”. En esa
ocasión fue condenado y se le obligó a retractarse.
En estos
momentos, cuando la estupidez se generaliza con el lema simplón Je suis
Charlie, Siné ha recordado: “Yo no soy Charlie, soy Siné (Maurice
Sinet). En 2008 la revista Charlie Hebdo me dejó sin trabajo por hacer
una caricatura donde decía que el hijo de Sarkozy se había convertido al
judaísmo por razones financieras. El director De Charlie Hebdo me
exigió pedir disculpas por la caricatura, al negarme, me despidió por
ridiculizar a los judíos”.
En fin, lo que el affaire Siné
demuestra es la doble moral sobre la libertad de expresión de Charlie
Hebdo, puesto que se le reivindica cuando se trata de burlarse y ofender
a los musulmanes, y a los oprimidos en general, y se le considera como
antisemitismo cuando se refiere a los judíos. Un caricaturista
brasileño, Latuff, resumió en un dibujo la doble moral de los medios
occidentales, entre los que se encuentra Charlie Hebdo.
Para Occidente Dibujar sobre los musulmanes es libertad de expresión!
Dibujar sobre los Judios, es anisemitismo! Censurado.
No
debe extrañar, con los elementos mencionados, que desde las páginas de
Charlie Hebdo se haya dicho que un libro tan virulentamente racista e
islamólogo como La rage et l'orgueil (La rabia y el orgullo), de la
periodista italiana Oriana Fallaci –en el que, entre muchos infundios se
califica a los árabes de “ratas”– era una muestra de “coraje
intelectual”, porque “ella no protesta solamente contra el islamismo
asesino, ella protesta también contra la negación en curso en la opinión
europea […] que no quiere ver ni condenar claramente el hecho que es el
islam que lleva adelante una cruzada contra Occidente y no a la
inversa”. ¡Sobran comentarios a tamaña estupidez de confundir el islam
con el islamismo!
Dos ejemplos de censura intelectual en París El
señalado anteriormente es un tipo de censura que impera en la Francia
de hoy en día y otra forma de censura se basa en el anticomunismo
declarado de gran parte de la intelectualidad francesa, para oponerse a
la publicación y difusión de obras que considera obsoletas, por sus
credenciales marxistas.
Para ejemplificar estas dos formas de
censura, tomaremos el caso de dos intelectuales mundialmente famosos,
Noam Chomsky y Eric Hobsbawm, y la manera cómo han sido tratados en el
país que dice representar la “libertad de expresión”. Para el caso de la
persecución y el encarcelamiento por criticar verdades establecidas
sobre el llamado Holocausto existen varios ejemplos de persecución, como
el que soportó Roger Garaudy, que ameritaría un tratamiento particular,
pero que no vamos a considerar en este artículo.
Noam Chomsky Chomsky,
lingüista, analista social y activista político de los Estados Unidos,
considerado como uno de los pensadores más importantes del mundo, con
una amplia obra de denuncia de los crímenes del imperialismo
estadounidense. En 1979 se involucró en un debate con parte de la
intelectualidad mediática de Paris, por haber firmado una petición
pública a favor de la libertad de expresión de Robert Faurisson, un
historiador que, siendo profesor de la Universidad de Lyon, propagaba
sus ideas revisionistas sobre el Holocausto, entre las cuales negaba la
existencia de las cámaras de gas. Por sus posturas historiográficas y
políticas empezó a ser acosado. Por esta circunstancia, algunos de sus
amigos en Francia escribieron un documento en el que criticaban que se
persiguiera al mencionado historiador por su forma de pensar. Pidieron
adhesiones, tanto en Francia como en otros países, y una de las
personalidades que firmó la petición fue Noam Chomsky. Este escribió
unas reflexiones sobre la libertad de expresión que envió a Serge Thion,
quien las publicó como prólogo a un libro de Faurisson que se tituló
Mémoire en défense contre ceux qui m'accusent de falsifier l'histoire.
Por
haber firmado la petición y escrito el texto que, sin su autorización,
publicaron como prólogo, Chomsky se vio inmerso en algo más que un
debate con algunos intelectuales parisinos, entre ellos con el
historiador Pierre Vidal-Naquet. En la prensa francesa (Le Monde,
Libération, Le Matin…) se pusieron a circular los más disparatados
epítetos para calificar a Chomsky, al que llamaron neonazi, de extrema
derecha, exterminacionista vergonzante y otras bellezas por el estilo.
Desde
ese momento y hasta el día de hoy Chomsky ha indicado que él no apoya,
ni podía apoyar, las tesis revisionistas y negacionistas de Faurisson,
sino que defendía el derecho a la libre expresión, en razón de lo cual
se oponía a que éste fuera condenado por expresar sus ideas. En
concreto, el lingüista estadounidense afirmó: “Yo encuentro que es casi
un escándalo que sea necesario debatir dos siglos después de que
Voltaire haya defendido el derecho a la libertad de expresión de los
puntos de vista que él detestaba. Se le rinde un mal servicio a las
víctimas del Holocausto al adoptar la doctrina central de sus asesinos”.
Era
el momento en que el grueso de la intelectualidad parisina vivía una
transición acelerada hacia la derecha, que se expresaba en su apoyo a
los Estados Unidos como vanguardia del “mundo libre”, y en la defensa
incondicional del Estado de Israel como la “única” democracia del
cercano oriente En estas condiciones, Chomsky resultaba un personaje
incómodo, por ser un crítico ilustrado tanto de Israel como de los
Estados Unidos. Esto era inaceptable para esos “nuevos” intelectuales
derechizados, que manejaban un gran capital simbólico, como se lo que
van a hacer sentir a Chomsky.
Nunca más, ¡otra vez!
El
ataque contra Chomsky se dio en dos frentes culturales. Un primer
frente fue el de los medios de comunicación, prensa y televisión, donde
se presentó una sincronizada campaña de desprestigio, difamación y
calumnias contra Chomsky, al que se presentó como un “antiamericano
feroz y primario” y un apologista de los crímenes en Camboya, por haber
denunciado la masacre en Timor Oriental. En este caso, la “libertad de
expresión”, de que tanto presumen los franceses, se aplicó en una forma
selectiva, puesto que la prensa de París se negó a publicar las
respuestas de Chomsky, tergiversó sus afirmaciones o las adulteró.
El
segundo frente del ataque se dio en el mundo editorial, puesto que
después de 1981 cuando se publicó Economie Politique des Droits de
l’homme: la Washington Connexion, escrito con Edward Herman, Chomsky
sufrió la censura y durante casi 20 años ninguna de sus obras fue
publicada por grandes editoriales de Francia. Que sepamos en la década
de 1980 sólo se publicaron dos libros suyos por pequeñas editoriales
anarquistas.
Y eso se sentía en el ambiente de las librerías de
la época. Recuerdo que cuando llegue a Paris a finales de 1994 y
preguntaba por algún libro de Chomsky, los libreros me respondían de
mala gana, como si estuviera buscando al diablo en persona y me gritaban
que ellos no promocionaban a esa clase de autores. Eso me extrañaba
sobremanera por la importancia del autor del que estamos hablando y
porque en el plano personal recientemente había leído con pasión varios
libros de Chomsky, que me sirvieron para redactar ¿Fin de la historia o
desorden mundial?, uno de los primeros textos que introdujo el Chomsky
político en Colombia.
Esa censura abierta, disfrazada con el
derecho a la libertad de imprimir de cada sello editorial, se mantiene
hasta el día de hoy, aunque desde finales de la década de 1990, pequeñas
editoriales francesas hayan vuelto a publicar algunas de sus obras e
incluso Hachette haya asumido la edición de una obra de Chomsky.
Además,
Chomsky fue literalmente desterrado del ambiente intelectual, académico
y universitario de Francia, y durante treinta años dejó de asistir a
ese país. Pierre Pica, quien fuera alumno de Chomsky en los Estados
Unidos, lo invitó en 2010 a París. Su venida fue recibida con algo más
que frialdad y desinterés, porque desde Le Monde des Livres se invitaba a
no asistir a las conferencias de Chomsky, aduciendo que carecían de
interés y no había nada nuevo que escucharle.
Para Sergio Haline,
periodista de Le Monde Diplomatique, que Chomsky no hubiera estado en
Francia en 30 años se debió a la existencia de un “pequeño grupo de
guardianes”, que actúan como “una policía del pensamiento”, y recurren a
todo tipo de artimañas para impedir la difusión de la obra del
lingüista estadounidense. Según el filósofo Jacques Bouveresse: “Pocos
intelectuales han sido, en el período reciente, difamados intelectual y
moralmente, al grado en que (Chomsky) continua soportándolo”. Y el
origen de esa hostilidad se encuentra en el affaire Faurisson, como lo
recuerda François Gèze, de la Editorial La Découverte: “Si Chomsky no
hubiera cometido ese gravísimo error político, sin duda hubiera sido
mejor comprendido en Francia”.
Pero no se trata de comprensión,
ni mucho menos, es una cuestión de censura, de silenciamiento, de
difamación por parte de una gran parte de la intelectualidad parisina,
que se caracteriza por su chovinismo y su ignorancia sobre los grandes
problemas del mundo, algo en que es superada con creces por la
inagotable capacidad analítica y crítica de Noam Chomsky.
Paradójicamente, esos intelectuales de Paris no se creen el centro del
mundo sino el mundo mismo.
Chomsky, a diferencia de muchos de
los intelectuales de Paris, que pasaron del maoísmo a la extrema derecha
–como André Henry Levy, uno de los que encabezó la cruzada anti-Chomsky
en 1979– ha mantenido la coherencia, algo raro entre los intelectuales.
En efecto, en el 2010, Chomsky firmó un llamado en internet, promovido
por Paul-Éric Blanrue et Jean Bricmont, exigiendo la abrogación de la
Ley Gayssot y la liberación de Vincent Reynouard, quien fue encarcelado
por haber publicado un folleto sobre el Holocausto en el que niega la
existencia de las cámaras de gas. En esta ocasión, Chomsky criticó la
Ley Gayssot: “Me he enterado que Vincent Reynouard ha sido condenado y
encarcelado a nombre de la Ley Gayssot y que una solicitud circula para
protestar contra esas medidas. No conozco nada a propósito del Señor
Reynouard, pero considero la Ley Gayssot como completamente ilegítima y
en contradicción con los principios de una sociedad libre, tal como
ellos han sido comprendidos desde la Ilustración”.
Es posible que
Chomsky se haya equivocado al entrometerse y desgastarse en un debate
inútil con los “sabios” de París en 1979-1980, pero es comprensible su
actitud si tenemos en cuenta que estamos ante un “intelectual público”,
de esos que están en vías de desaparición, y no teme comprometerse con
las causas que considera importantes, se unta con el “barro” de la
calle, discute y polemiza para defender sus puntos de vista, y no se
resigna a ser un observador “neutral”, de gabinete. Con este caso, hemos
querido resaltar es la manera cómo funciona la “libertad de
pensamiento” a la francesa que censura a un autor cuando lo considera
incómodo y no está de acuerdo con sus puntos de vista.

En
ese sentido, no sorprenden las palabras que a Noam Chomsky le ha
destinado en varias ocasiones Charlie Hebdo, a través de su
editorialista Philipe Val. En ese semanario de caricaturas se ha dicho
que Chomsky es “un enamorado de las sectas, “un decrépito (tartamudo)”
que “envenena la reflexión de la izquierda alimentando una teoría del
complot en el que no flotan más que los instintos fascistas y haciendo
recaer en el ‘otro’ las responsabilidades de las desgracias del mundo”.
Ese mismo editorialista sostiene que el “estilo de Chomsky está al nivel
de los niños de CM2” (último curso de la escuela elemental para niños
que tienen en promedio 10 años) y “Chomsky y Ben laden libran el mismo
combate” Igualmente, en Charlie Hebdo se afirma que Chomsky es “uno de
los estadounidenses que más detestan a los Estados Unidos, y uno de los
judíos que ejercen una crítica contra Israel tanto más aguda en la
medida en la que al ser judío piensa escapar a la acusación de
antisemitismo”. Tanto nivel de “debate” no amerita muchos comentarios,
pero si indica hasta donde ha llegado la “intelectualidad” “bien
pensante” y “progre” de Francia.
Eric HobsbawmEn
1994 el historiador inglés Eric Hobsbawm publicó su obra The Age of
Extremes que de inmediato se convirtió en un libro de referencia mundial
y fue traducido a más de 20 idiomas. Sin embargo, en Francia ninguna
editorial, ni grande ni pequeña, lo quiso publicar, máxime si se
recuerda que Editorial Gallimard había publicado la trilogía de Hobsbawm
sobre el largo siglo XIX, sin ningún reparo.
Un hecho revelador
sobre los “nuevos mandarines” de París lo ejemplifica la actitud de
Pierre Nora, flamante autor mediático elevado al estrellato de la
investigación histórica por la publicación de Los Lugares de la Memoria,
además director de una colección en la Editorial Gallimard, miembro de
la Academia Francesa y de la fundación Saint-Simon. Es decir, un
individuo poderoso dentro de los círculos intelectuales del Hexágono.
Como Director de Colección, en 1997 se negó a que fuera traducido el
libro de Hobsbawm, porque, según él, se trataba de una obra anacrónica e
inspirada en una ideología trasnochada, de tal manera que no lo
consideró, léase bien, como un producto rentable que le produjera
ganancias a la editorial. Según Nora, los editores están obligados a
tener en cuenta la coyuntura intelectual e ideológica donde se inscribe
su producción” y en el contexto de la década de 1990 “hay serias razones
para pensar [...] que (ese) libro aparecería en un ambiente intelectual
e histórico poco favorable. De ahí la falta de entusiasmo para apostar
por sus oportunidades”. Allí ya no habla un editor sino un censor, como
lo confirma inmediatamente: “Francia ha sido el país más larga y
profundamente stalinizado, la descompresión, de un solo golpe, acentuó
la hostilidad a todo lo que, de cerca o de lejos, pueda recordar esa
época de filosovietismo o procomunismo anterior, incluido el marxismo
más abierto. Eric Hobsbawm cultiva este apego, aun distanciado, a la
causa revolucionaria, como motivo de orgullo, una fidelidad altanera,
una reacción a los tiempos que corren: pero en Francia y en este
momento, cuesta digerirlo".
La censura, porque es eso, no tiene
que ver con la rentabilidad de la obra de Eric Hobsbawm, cuyos libros se
venden en todo el mundo, sino debido a un hecho ideológico y político,
puesto que así sea en forma distante el autor inglés sigue profesando
algún “apego a la causa revolucionaria” y eso no lo puede tolerar uno de
los mercachifles del negocio de la memoria, como lo es Pierre Nora. Por
lo menos se ve obligado a reconocer las razones ideológicas por las
cuales censura The Age of Extremes.
Pero contextualicemos el
asunto. Era el momento, hay que recordarlo, en que el anticomunismo era
una mercancía que se vendía más que la baguette, el vino o los quesos,
en los quioscos de Paris, como lo evidencia que dos productos
intelectuales tan mediocres, como El Pasado de una Ilusión de François
Furet y el Libro Negro del comunismo, editado por Stéphane Courtois, se
convirtieran en bestsellers en Francia. Como editor, más que como
historiador, a Pierre Nora, el memorialista de la banalidad, le
interesaban los ingresos monetarios antes que difundir una obra a la que
juzga, y en eso ya no actúa como editor sino como censor histórico,
obsoleta por la militancia comunista de su autor. Nora, al igual que la
mayoría de los intelectuales parisinos, debido a su chovinismo
provinciano, no se preocupaba de lo que sucedía fuera de su feudo
cultural, porque el libro de Hobsbawm se vendía muy bien en varios
países. Además, los hechos posteriores desmintieron sus pretensiones
comerciales, porque luego de ser traducido al francés, en Bélgica, se
vendieron 50 mil ejemplares.
Pero aún peor, como cualquier
censor Pierre Nora se basa en el testimonio de un muerto, de François
Furet que falleció en 1997, para atribuirle estas palabras, que desde
luego él comparte y son las suyas. Según cuenta Nora, Furet le habría
dicho: “Tradúcelo, tío. Este no es el primer libro malo que tú
publicaras”, para sugerir que el libro no tenía ninguna importancia y si
Le Monde Diplomatique impulsaba su edición se debía al escándalo
originado en su negativa a editarlo en Gallimard. Según él, de no ser
por ese escándalo The Age of Extremes habría pasado desapercibido,
porque “ningún órgano de prensa […] se había dado cuenta hasta ese
momento de la existencia del libro”, Y con la arrogancia propia de los
mandarines, Nora vaticina que Eric Hobsbawm no “dejará ni un rescoldo en
la historiografía”.
Una revista universitaria de los Estados
Unidos debeló el fondo de la censura al asegurar, por boca de Tony Judt,
que eso se debió a tres razones: la fuerza de un agresivo antimarxismo
entre los intelectuales franceses; las restricciones presupuestales para
editar libros de ciencias humanas y el “miedo de la comunidad editorial
a oponerse a estas tendencias”. Como prueba del antimarxismo, poco
después de editarse el libro de Hobsbawm en inglés y en otros idiomas,
en Paris se publicaba con bombos y platillos, como si marcara una
revolución historiográfica, el libro anticomunista de un arrepentido, El
pasado de una ilusión, de François Furet, un personaje financiado por
fundaciones de derecha de los Estados Unidos. Era obvio que en el
ambiente parisino, ni Furet ni los suyos querían una competencia
historiográfica como la de Hobsbawm. Por eso, lo mejor era ignorarlo y
no traducirlo, puesto que Hobsbawm seguía “siendo un impenitente hombre
de izquierdas” se consideraba como "una molestia" para la moda
intelectual hoy vigente en París”. Además, “no todos los intelectuales
franceses veían con malos ojos que sus compatriotas leyeran obras de
autores que no gozaban de los favores de las modas bienpensantes de los
años 90”.

NOTAS
[1] Mario Vargas Llosa, “Je suis Charlie Hebdo”, en El País, enero 9 de 2015. (Énfasis nuestro).
[2] Journal Officiel de la République Française, julio 2 de 1972, p. 6803.
[3]
Enzo Traverso, El final de la modernidad judía. Historia de un giro
conservador, Publicaciones Universidad de Valencia, Valencia, 2013, p.
159. (Énfasis nuestro).
[4] Citado en La historia y la memoria bajo la ley, disponible en
http://www.cafebabel.es/estrasburgo/articulo/la-historia-y-la-memoria-bajo-la-ley-16.html[5] Philippe Val, ''L'affaire Siné est un avertissement'', L’Express, 22 de noviembre de 2008.
[6] Ibíd.
[7]
https://es-es.facebook.com/informeruah/posts/396273143883505[8]
Citado en Henry Maler, Quand Charlie Hebdo et Le Monde rivalisent
d’esprit libertaire, noviembre 3 de 2002, en
http://www.acrimed.org/article794.html
[9] Noam Chomsky, “Chomsky et Faurisson”, en Ecrits politiques, 1977-1983, Acratie, Paris, 1984, p. 176.
[10] Ver al respecto : Réponses inédites a mes détracteurs parisiennes, Spartacus, Paris, 1984.
[11]
Renán Vega, ¿Fin de la historia o desorden mundial? Critica a la
ideología del progreso y reivindicación del socialismo, Ediciones
Antropos, Bogotá, 1994.
[12] Jean Birnbaum, Chomsky à Paris: chronique d'un malentendu, disponible en
http://www.lemonde.fr/livres/article/2010/06/03/ [13] Puede consultarse en:
http://abrogeonslaloigayssot.blogspot.com/ [14]
Noam Chomsky soutient la pétition pour l’abrogation de la loi Gayssot
et la libération de Vincent Reynouard, disponible en h
ttp://www.egaliteetreconciliation.fr/Noam-Chomsky-soutient-la-petition-pour-l-
abrogation-de-la-loi-Gayssot-et-la-liberation-de-Vincent-4081.html[15] Victor Dedaj, Le fascisme reviendra sous couvert d’antifascisme - ou de Charlie Hebdo, ça dépend,disponíble en
http://www.legrandsoir.info/le-fascisme-reviendra-sous-couvert-d-antifascisme-ou-de-
charlie-hebdo-ca-depend.html; Jean-Patrick Clech, ¿Qué es Charlie Hebdo?, disponible en
http://www.libre-
opinion.org/?p=32676[16] Citado en Eric Hobsbawm, La historia del siglo XX a pesar de sus censores, disponible en
http://www.eldiplo.org/la-historia-del-siglo-xx-a-pesar-de-sus-censores/ [17] Sergio Halini, La mauvaise mémoire de Pierre Nora, disponible en
http://www.monde-diplomatique.fr/2005/06/HALIMI/12508[18] Citado en E. Hobsbawm, loc. cit.
[19] Ibíd.
(*) Renán Vega Cantor es historiador. Profesor titular de la
Universidad Pedagógica Nacional, de Bogotá, Colombia. Autor y compilador
de los libros Marx y el siglo XXI (2 volúmenes), Editorial Pensamiento
Crítico, Bogotá, 1998-1999; Gente muy Rebelde, (4 volúmenes), Ed.
Pensamiento Crítico, Bogotá, 2002; Neoliberalismo: mito y realidad; El
Caos Planetario, Ediciones Herramienta, 1999; Capitalismo y Despojo, Ed.
Pensamiento Crítico, Bogotá, 2013, entre otros. Premio Libertador,
Venezuela, 2008. Su último libro publicado es Colombia y el Imperialismo
contemporáneo, escrito junto con Felipe Martín Novoa, Ed. Ocean Sur,
2014.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.