sábado, 29 de marzo de 2008

La revolución cibercultural

La revolución cibercultural

Hace quince años los argentinos comenzaban a familiarizarse con una nueva forma de la técnica que produjo modificaciones decisivas en la vida cotidiana. Hábitos diarios de consumo y de relaciones humanas se fueron desplazando paulatinamente de la realidad al espacio virtual de la computadora. Hoy, las notas dominantes de ese proceso de cambio introducido por la informática son el reinado indiscutido de Internet en la tecnología de las comunicaciones, la globalización y la crisis de las instituciones, fenómenos que están vinculados entre sí de un modo profundo e irreversible
Sábado 29 de marzo de 2008 |


La revolución realmente revolucionaria deberá
lograrse, no en el mundo externo, sino en las
almas y la carne de los seres humanos.

Aldous Huxley, Un mundo feliz

Hace quince años, los argentinos colmaban las bibliotecas públicas para conseguir información, estudiar o investigar, iban de los shoppings a los locales para comparar precios de diferentes productos, ponían anuncios en carteleras urbanas para publicitar la compra o venta de sus bienes o utilizaban masivamente los libros de quejas para calificar un servicio en forma negativa, entre otras prácticas. Hoy, esas mismas costumbres perduran, pero también -y cada vez más- tienen lugar en la pantalla de la computadora, sin la riqueza insustituible del contacto personal. La llamada "cibercultura" llegó para quedarse, y ha producido un cambio de paradigma del que no parece haber vuelta atrás.

Los riesgos de hacer futurología se acrecientan, pero, como señala Alejandro Piscitelli en La generación Nasdaq (2001), es "fácil e inútil hacer prospección respecto de Internet. Todos los días aparecen mil promesas de cambio radical de la tecnología y de la vida cotidiana. Sin embargo, estos anuncios rara vez sobrepasan el nivel de una publicidad ingenua y descarriada. Es imposible entender el futuro de Internet sin hacer un poco (o mucho) de historia de los medios y, sobre todo, sin calibrar los modelos de negocios en relación con la evolución tecnológica y los cambios psicológicos y culturales de productores y consumidores".

Por ahora, en la cibercultura reina Internet. Algunas de sus características habían surgido primero en el ámbito de la ciencia ficción, por ejemplo en Neuromante (1984), de William Gibson, novela en la que el autor describe un universo lúdico y experiencias militares de comunicación a través de la mente. Poco antes, en su cuento "Quemando Cromo" (1981), Gibson llamaba "trocha" a la superautopista de la información y hablaba de unos "vaqueros de consola".

En este marco, para muchas personas, las prácticas on-line son parte de la vida diaria. En la Argentina, 14 millones de usuarios distribuyen su tiempo on-line entre la lectura del e-mail , el hallazgo de información y otros contenidos en los motores de búsqueda; el comentario vertido en un blog , la reserva de un pasaje aéreo o el pago de una cuenta a través de la banca electrónica son algunos eslabones de una cadena. Pero dado que la vida cibernética no es tanto una actividad individual como una experiencia compartida, también se tiene la posibilidad de construir comunidades de usuarios en torno a intereses comunes, con un único inconveniente todavía irresoluble: la ausencia del contacto cara a cara.

Cómo analizar la Web

La revolución de Internet no se limita exclusivamente al ciberespacio. En la "sociedad en Red" (una definición del sociólogo español Manuel Castells) convergen la Web (el gran generador de un cambio de paradigma que permite, al menos en los papeles, vencer las barreras espacio-temporales de las personas que habitan el planeta), la globalización y la crisis de las instituciones.

En Postales electrónicas , recopilación de ensayos sobre medios, cultura y sociedad publicada en 1996, el escritor, periodista e investigador Jorge Rivera decía: "Un panorama histórico de los medios puede optar por el enfilamiento cronológico o en proponer una perspectiva de análisis histórico-cultural, una presentación abierta de problemas, genealogías, reciclamientos, cruces y zonas de contacto y fuga entre los componentes de un sistema".

Esta última es la elección. Hay una evidencia: la tecnología no tiene impacto por sí misma sino en determinados contextos históricos, sociales, económicos y culturales. Entonces, el camino elegido es describir algunas tendencias, señalar cambios en los hábitos de producción, consumo y distribución de información, observar cómo la Web se despliega con su doble personalidad de plataforma de servicios y generadora de monopolios de conocimiento, y compartir una visión crítica sobre algunas zonas oscuras en el establecimiento de esta nueva tecnología de la información y la comunicación.

Estamos inmersos en la "sociedad de la información", una categoría promovida por las esferas gubernamentales de Estados Unidos y Europa en los años 90, que señala una era en la que las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) se convierten en motores del desarrollo. "La irrupción de Internet como red de acceso público impulsó esta expresión, que estaba basada en que la circulación sin obstáculos de la información emergía como garante de una nueva sociedad transparente y descentralizada", explica Armand Mattelart, uno de los analistas contemporáneos más preocupados por el debilitamiento de la reflexión crítica sobre los procesos de comunicación y su vinculación con los intereses industriales. Para el sociólogo belga, las lógicas de exclusión social, la concentración de los medios de comunicación y el peso del mercado conspiran contra el advenimiento de la Sociedad de la Información.

¿Cuáles son los hábitos vinculados al consumo cultural que modificó Internet? ¿La red incentiva la diversidad cultural o genera un monopolio de conocimiento?

Estos problemas se vuelven interrogantes porque mientras que algunas voces, como la de Nicholas Negroponte en Ser digital (1995), aseguran que estamos en presencia de un hito único en la historia de la comunicación, solo comparable a la imprenta como medio de transmisión, otras, más escépticas, sostienen que la Red es un simple y veloz vaso comunicante entre personas, tal como otras innovaciones que en su momento no eliminaron a sus antecesoras, sino que las obligaron a reacomodarse en un nuevo escenario, a reciclarse.

"El problema en Internet no es que el conocimiento sea monopolizado por unos pocos sitios porque, a diferencia de lo que ocurre en otros medios de comunicación, la barrera de entrada para publicar en la Red es muy baja; lo que genera inquietudes es que la clasificación y recuperación de todo el conocimiento almacenado on-line está a cargo de pocos sitios", dice Laura Siri, escritora, docente y periodista especializada en tecnologías de la información. Y añade: "Buscar en Internet ya es sinónimo de googlear . Si algo no aparece indexado en Google, es como si no existiera en la Red. Es tan difícil de hallar como un libro guardado en un estante que no le corresponde. Y si algo aparece en el buscador, pero en la página 300 de un listado de resultados, también es como si no existiera. Sería deseable, por ejemplo, que si uno busca información sobre Mali, aparecieran en primer término fuentes propias de ese país africano, y no lo que dice el FactBook de la CIA sobre él. Cuesta creer que ese país no tenga nada que decir sobre sí mismo".

En el mismo sentido, sería deseable que si se googlea a una persona para buscar información sobre qué piensa, a qué se dedica y qué tiene para aportarle a este planeta, no aparecieran como primeras opciones comentarios difamatorios vertidos por otros ciberusuarios amparados en el anonimato que permite la dinámica digital.

El ejercicio de señalamiento de algunas tendencias nos desafía a no caer en la futurología. En materia de Internet, todo lo que se diga puede ser usado en nuestra contra en pocos meses. En algún momento se predijo que el pay per view digital se impondría como modelo de negocio, pero hasta las prestigiosas cabeceras digitales de El País y The New York Times decidieron abrir su contenido a las audiencias. En otro momento, la burbuja de Internet prometía barrer con todos los negocios off-line , pero su pinchazo destruyó proyectos (y billeteras) y generó una fuerte incredulidad en el potencial del nuevo medio, que se arrastra hasta nuestros días.

Lo que antiguamente impulsaba la tecnología digital era la capacidad de procesar y distribuir información. Sin embargo, en la actualidad el proceso de digitalización se define por la capacidad para comunicarse con otras personas. En este sentido, Castells afirma que "estamos pasando de la sociedad de la información a la sociedad de redes" donde cada uno de los usuarios es un nodo de diferentes entramados que se cruzan (laborales, familiares, amistosos). Esto explica el pasaje de la Web estática del siglo pasado a la Web participativa de esta era, en la que el concepto de web 2.0 ilustra un movimiento incesante y multidireccional basado en blogs (según Technorati.com, ya se crearon más de 100 millones de bitácoras), redes sociales, wikis y la actividad de la comunidad de usuarios en el centro de la escena.

La revolución multimedia tiene numerosas ramificaciones en la que Internet ocupa un lugar central, pero donde coexisten otras redes digitales. En términos de Giovanni Sartori, se trata de la convivencia y lento desplazamiento del homo sapiens , producto de la cultura escrita, al homo videns, que rinde culto a la imagen.

Sin embargo, ¿cómo se explica que los libros todavía convivan con otros soportes de lectura, como ya ocurre en los mercados de los países más desarrollados? Se trata de soportes alternativos al papel, porque muchos jóvenes y adultos no tienen, aunque cueste creerlo, la experiencia directa con ese objeto encantador llamado libro. El libro no va a desaparecer como soporte, pero es probable que en los próximos años presente extensiones digitales. Por ejemplo, los blooks -contenido de blogs llevados a libros-, los audiobooks (libros narrados por ilustres y desconocidos en formato CD) y las versiones multimedia de las obras mencionadas en algún espacio del soporte papel. Estas formas alternativas no matarán el libro, lo complementarán. Basta pensar en una cadena que enlaza la creación del autor con los diferentes soportes, el espacio on-line como generador del feedback motivado por el consumo de esa obra, las calificaciones (positivas o negativas) de los lectores, la búsqueda on-line de mayor contenido vinculado al autor y los espacios de publicación digitales generados a partir de la lectura de la obra original, entre otras opciones.

Para llegar a este momento de "ilusión" de la conexión total con el resto del mundo, el sociólogo francés Dominique Wolton enumera cuatro fases de instalación de una tecnología de la información y la comunicación, como puede ser el caso de Internet: conocimiento (es decir, la etapa de la fascinación o el descubrimiento), la aplicación (donde se produce la batalla industrial), el servicio (una fase de reglamentaciones) y la recepción (o el uso efectivo de esa tecnología). Y destaca que es importante diferenciar información de comunicación. "Hoy la gran ruptura es que informar no es suficiente para comunicar, porque hay demasiados mensajes y receptores. Hoy circula mucha información, pero estamos incomunicados. El mundo es muy visible, pero incomprensible, porque para compartir información hay que tener una cultura común", afirmó Wolton en una entrevista publicada en LA NACION.

A mediados de la década del 90, cuando los primeros proveedores de Internet eran los mismos vendedores de PC y las conexiones eran tan lentas como tediosa la experiencia de navegación, la cultura impresa no suponía que vería amenazada algunas prácticas que parecían clausuradas en el contacto con ese soporte. Más de una década después, estamos sumergidos en un proceso de transición hacia un cambio cultural profundo que modifica gradualmente la forma de producir conocimiento y de compartirlo con otros seres humanos.

La agresiva introducción de las nuevas tecnologías genera una brecha entre la sociedad on-line (más de 1300 millones de personas en todo el mundo) y la off-line , pero también entre unos pocos sitios que monopolizan la audiencia y los negocios y otras esferas digitales más humildes.

¿Qué pasará cuando los nativos digitales, es decir, los jóvenes menores de 30 años que no conciben su existencia sin artefactos que les permiten estudiar, relacionarse, comprar e informarse, constituyan el grueso de la población mundial, todavía dominada por los inmigrantes digitales (fronterizos en la cultura papel y tecno) y los análogos (casi los tecnoluditas de este tiempo)? Para los nativos digitales, Internet, el teléfono celular, el correo electrónico y las consolas de videojuegos son tan necesarios como el auto u otros bienes y servicios para las generaciones anteriores.

Por empezar, una gran problemática de la actualidad es cómo hacer el esfuerzo de entender a las audiencias actuales y potenciales sin conocer sus consumos y necesidades. ¿Es posible reinventarse sin tomar contacto con ese nuevo paradigma a través de la experimentación? "No digo que el esquema de eficiencia del mercado esté mal, digo que el esquema digital contribuye a la diversidad en un tema central como la cultura. Antes esto era difícil de percibir por la uniformidad de los mercados. Tampoco digo que se terminó una época y llega otra. Simplemente creo que los hits , los discos que vendían más de dos millones de copias y las megaproducciones de Hollywood no van a subsistir como en el siglo pasado, porque en el espacio digital hay una natural distribución de las posiciones de mercado, en perjuicio de los grandes vendedores y en beneficio de la diversidad", aseguró hace unos meses en la revista Rolling Stone Chris Anderson, editor de la revista Wired y autor del best seller The Long Tail (2004), uno de los libros más taquilleros sobre la nueva cibereconomía.

Para Anderson, las revistas y los libros tienen una gran ventaja en este escenario digital porque esa experiencia de consumo no puede reemplazarse digitalmente. Según Laura Siri, si bien las encuestas reflejan que muchas prácticas de consumo cultural (mirar la televisión, escuchar la radio o leer los diarios y los libros) se realizan a través de Internet, esto no implica la desaparición de algunos medios. "Se trata de formas culturales muy arraigadas en los esquemas perceptuales de las audiencias, y no es fácil ni mucho menos inexorable que pierdan del todo la confianza del público. Sí es cierto que todos esos medios deben cambiar para sobrevivir en el nuevo ecosistema mediático", afirma.

En el marco de las industrias culturales y, como apunta Diego de Charras en Redes, burbujas y promesas (2007), Internet -como antes lo hicieron la televisión por cable, la televisión por satélite, el pay per view y el video on demand - generó una ruptura con las características más o menos generales de los medios de comunicación de masas: segmentación y exclusión. "A pesar del exponencial crecimiento de la oferta, provocado por la enorme facilidad técnica y económica que implicaba poner en funcionamiento un site en la Web, la demanda se caracterizó desde sus inicios por ser altamente diversificada y con un fuerte componente de fragmentación", afirma De Charras. La evidencia está en la conformación de las llamadas "comunidades de usuarios" globales que se conectan y comunican entre sí alrededor de intereses comunes gracias a la Red. Por ejemplo, muchas de las comunidades on-line más exitosas de la actualidad apuntan a nichos específicos de usuarios como videofans (YouTube) y segmentos de diferentes edades que quieren compartir experiencias con otros usuarios en torno a temas de interés común (redes sociales del tipo Hi5, Facebook u Orkut).

Pero el hecho de que Internet se pretenda masiva y la maquinaria publicitaria haga su trabajo de manera eficiente, no significa que lo sea. En todo caso, como señala De Charras, se trata de una masividad segmentada: "Uno de los mayores limitantes de la masificación de Internet es su naturaleza excluyente. Se requiere de un capital económico que garantice una infraestructura básica para poder acceder y un capital cultural que permita manejar una PC [u otro dispositivo] y ordenar, procesar y seleccionar la información disponible".

Para Pablo Boczkowski, investigador de medios on-line en la Northwestern University, Internet presenta una doble personalidad de espacio que promueve la diversidad cultural, pero donde la mayoría de la audiencia está en unos pocos sitios. Estos grandes jugadores adquieren una posición dominante en el mercado de bienes digitales de tipo cultural -explica Boczkowski- y a pesar de la aparición de competidores de nicho por los bajos costos operativos que tiene un proyecto digital (en comparación con otros negocios), "estamos en presencia de un espacio donde unos pocos tienen mucho, y muchos tienen poco".

Internet es tan poderoso en su mensaje a la audiencia (por su características autorreferenciales y desterritorializantes), que en los últimos tiempos la dicotomía real-virtual parece haberse corrido a un costado. Como en la vida misma, donde la diversidad social genera conflictos de intereses y puntos de vista, en la Web esa misma diversidad y la oportunidad de generar múltiples identidades allana el campo para que grupos sin voz o contrarios al sistema imperante descarguen su artillería verbal y logística. Aunque, como señala Wolton, si bien el terrorismo se beneficia por algunas características de la sociedad de la información, esa revolución tecnológica es un modo de arrogancia contra muchas sociedades antisistema, que consideran Internet y otras tecnologías como una forma de violencia de los más ricos y poderosos. "No hay que confundir desarrollo tecnológico con cultura y, mucho menos, jerarquizar la cultura usando como parámetro el desarrollo técnico. Un campesino iraquí es culturalmente mucho más rico, con sus cinco mil años de historia, que un campesino norteamericano subido a su tractor climatizado", dice el sociólogo francés.

En esta línea, una de las grandes descripciones sobre esta nueva era tecnologizada la realiza el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, quien en Amor líquido (2005) habla sobre una sociedad que se mueve a gran velocidad a través de individuos "líquidos", es decir, personas sin vínculos que tienen la necesidad de desarrollarlos y establecen modos de contacto efímeros basados en la conexión. Internet, desde la óptica de Bauman, implica un ejercicio de conexión y desconexión continua, en un entramado de relaciones virtuales que tienen facilidad de acceso y salida. Cualquier semejanza con la Matrix cinematográfica no es mera coincidencia.

En el pasaje del mundo sólido a la fase líquida de la modernidad plasmada por Bauman hay una lucha entre el poder globalizador de Internet basado en la conexión y las problemáticas locales de cada individuo o comunidad. Es evidente que Internet es un medio global, pero la mayoría de los investigadores destaca que sus prácticas adquieren significado en el marco local. Los sitios de mayor tráfico en la Argentina son buscadores (Google, Yahoo! y Windows Live) que son la puerta de acceso a la navegación de intereses individuales y colectivos, grandes compartimentos de contenido multiformato (Fotolog y YouTube), usinas de información locales (diarios digitales argentinos) y espacios para comprar y vender productos (DeRemate y Mercado Libre) cuya utilidad solo adquiere significación en el intercambio de productos y servicios de alcance local. Muchos hablan del reino de la glocalidad , es decir, sitios globales por su alcance pero con foco local para capturar la atención de una audiencia específica.

En este cuadro de revolución digital, filósofos como el francés Alain Finkielkraut advierten sobre la presencia de un nuevo instrumento de las sociedades disciplinarias tan bien descriptas por su compatriota Gilles Deleuze. Esas eran sociedades de encierro, de la familia a la escuela, de la escuela al cuartel, del cuartel a la fábrica, y estaban dotadas de máquinas energéticas. "Equipada, de ahora en adelante, con máquinas informáticas, la sociedad ya no funciona por encierro sino al aire libre, por control continuo y comunicación instantánea", sostiene. Aunque esta práctica de ultracomunicación encierra también algunos aspectos negativos como la pérdida del contacto cara a cara (la dimensión antropológica fundamental de la comunicación) y un deterioro creciente del lenguaje por las limitaciones tecnológicas de los dispositivos.

Un nuevo poder comenzó a instaurarse con Internet, el poder de las audiencias, la interactividad que empieza a desplazar al monólogo unidireccional, un lector que no va en busca del contenido sino un contenido que se cuela entre sus poros, el reino de la apertura a la opinión y la producción desindustrializada y la libertad ejercida por los usuarios.

Pero, como señala Finkielkraut, tal vez se trate de una "libertad fatal" semejante a la de algunas películas de Federico Fellini. Así como existen espectadores comprometidos con la obra, capaces de reconstruirla pieza a pieza para prolongar su vigencia en un esfuerzo intertextual en el tiempo y el espacio, Internet dio nacimiento a un espectador tirano, "un déspota absoluto que hace lo que quiere y que día a día está más convencido de que el cineasta es él, o al menos el que muestra las imágenes que está viendo".

Este tirano de la pantalla de rayos luminosos es el mismo que está dispuesto a romper el esquema originario de la comunicación: emisor activo-receptor pasivo. El ciberusuario no necesita ir a la caza del contenido porque este va en su búsqueda a través de diferentes plataformas. Además, en la interacción on-line el ciberusuario enriquece con sus puntos de vista la producción original, comparte sus experiencias con otros usuarios y es capaz de producir, almacenar y distribuir su propio contenido. Los objetivos quedan a la vista: construir su propia audiencia, eliminar intermediarios y ejercer su libertad de expresión, independientemente de la tecnología.

Por Gastón Roitberg
De la Redacción de LA NACION

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