(COMO) EMPEZANDO DE NUEVO

"Si la libertad significa algo será,sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oir" George Orwell

domingo, 6 de abril de 2014

VOLVIERON LOS ALMUERZOS

 
Por qué todavía se la escucha a Mirtha Legrand 
por Miguel Russo
 
La noche del pasado sábado 29 de marzo, El Trece puso al aire la gala de Mirtha Legrand, que ya había arrancado almorzando en el canal de aire del Grupo Clarín los domingos, como corresponde, al mediodía. Para el debut nocturno, llegaron a la mesa Adrián Suar y Guillermo Francella. Cuando llegó el turno, a pedido de la anfitriona, de despacharse con la situación política actual, uno y otro dijeron lo suyo, algo que fue repetido hasta el hartazgo por todos los medios: oficialistas, opositores y equilibristas. Cada uno privilegiando lo que quería privilegiar. Miradas al Sur no pudo reprimir las ganas de terciar en la cuestión. Y se metió a bucear en la biblioteca. ¿Leyendo con Mirtha Legrand? Algo así, algo así.
Mirta Varela, en su preciso La televisión criolla (Edhasa, 2005), sitúa entre 1951 y 1969 el paso de la utopía de transmisión de imágenes a distancia, cuyo símbolo sería la antena transmisora, a ese electrodoméstico que aún no tenía un espacio propio en el hogar. Y escribe, separando las dos décadas: “El tiempo entre 1951 a 1960 podría pensarse como una etapa de gran precariedad de producción, donde se encuentra en superficie la condición técnica y el interés estético que un nuevo medio ofrecía para algunos pocos, frente al desinterés que aún presentaba para el gran público. En la segunda década, en cambio, ya no se trata de la ‘tele-visión’, como denominaban las revistas de divulgación técnica a la transmisión de imágenes a distancia, sino de la ‘televisión’, un medio, un espectáculo, una audiencia y, fundamentalmente, un lenguaje”.
Su valoración, brillante, originalísima, es que, al principio, “se iba a ver televisión”, un ritual más parecido a ir al cine que a sentarse a escuchar la radio; mientras que, después, con la mayor relevancia social, el acto de ver televisión se superpuso con las demás rutinas domésticas. “Se banaliza”, escribe, certeramente dura, Mirta Varela. Esa banalización, esa incorporación de flujo de imágenes permanente a la vida cotidiana, volvió a la televisión “más parecida a la corriente eléctrica que a un espectáculo brillante”.
Un año antes del fin del ciclo estudiado por Varela, cuando esa “corriente eléctrica” estaba en su apogeo, Mirtha Legrand debutó almorzando por televisión.
El entonces director de Canal 9, el inefable Alejandro Romay, citó a Amelia Bence y a Mirtha Legrand. Cuenta Bence en su autobiografía, La niña del umbral (Corregidor, 2011): “Fuimos. Recuerdo que subíamos la escalera muy asustadas. Yo le dije a Mirtha: ‘Ay qué miedo, por qué nos llamará, ¿habremos hecho algo mal?’ Llegamos. Romay nos preguntó qué queríamos hacer en la televisión. Mirtha le dijo: ‘A mí me gustaría hacer algo similar a lo que hace Héctor Coire, porque tengo un buen vocabulario’”. Romay compró eso del vocabulario, fuera lo que fuese, y Bence quedó descartada. Daniel Tinayre, marido y productor de Legrand, metió el título: Almorzando con las estrellas. Y así empezó la historia: el primer programa se emitió el 3 de junio de 1968, hace 45 años.
Crueles burlas del destino, el escritor norteamericano William Burroughs escribió en la introducción a su libro Almuerzo desnudo (Siglo Veinte, 1971, traducción de Aníbal Leal): “Desperté de la Enfermedad a la edad de 45 años (...) No recuerdo con precisión haber escrito las notas que han sido publicadas ahora bajo el título sugerido por Jack Kerouac (...) El título significa lo que dicen las palabras: un momento de congelada inmovilidad en el que todos ven qué hay en la punta de cada tenedor”.
Se aclara que William Burroughs jamás supo de Mirtha Legrand y que es poco probable que Mirtha Legrand haya leído libro alguno de Burroughs, pero la cantidad de años y el congelamiento en la punta del tenedor es algo mucho más rotundo que una simple coincidencia.
A poco de empezar, el programa fue renombrado Almorzando con Mirtha Legrand gracias al protagonismo que había adquirido la conductora. Un protagonismo basado en la idiosincrasia de la almorzadora. Veamos: en el almuerzo del 6 de noviembre de 1972, el cirujano Miguel Bellizi (realizador del primer transplante cardíaco en el país) mencionó al Partido Peronista. Legrand, nariz fruncida, corrigió: “Partido Justicialista”. Al ratito, Romay entraba al estudio de grabación hecho una tromba: “Señora, aquí no se habla de política. Este es un programa cultural en el que los temas tienen que relacionarse con la ciencia, el arte, la literatura o la economía”. Antes de finalizar la emisión, la Chiqui se sacó la bronca al aire: “¡Qué lindo debe ser trabajar en un canal donde uno tenga libertad!”.
Cuando Dalmiro Sáenz mencionó el título de su libro Yo también fui un espermatozoide, Legrand poco menos que se santiguó: “Dalmiro, esas cosas no se dicen en una mesa”. Algo similar ocurrió poco después cuando en una tanda publicitaria, le pidió a la invitada Cipe Lincovsky que no siguiera mencionando al café-concert donde estaba actuando. ¿Cómo se llamaba el lugar? Impropio: El gallo cojo.
En un almuerzo con esposas de hombres notables, quiso saber las cábalas que tenían para con sus maridos. La esposa de Roberto de Vicenzo se sinceró: “Antes de cada torneo, le beso las pelotas”. Legrand no descansaba: “¿Las de golf?”.
Mirtha, como de regreso, saltaba de canal en canal llevando siempre las mismas armas: tenedor, cuchillo, lugar común y pacatería.
El 12 de septiembre de 1974, frente a su invitada Soledad Silveyra, dijo temer que sólo los actores peronistas pudieran trabajar en el medio y defendió la televisión privada. Al día siguiente, cancelaron sus almuerzos. El pataleo legrandesco consiguió una audiencia con los por entonces presidenta (Isabelita) y ministro de Bienestar Social (sí, el mismísimo López Rega). Al término de esa reunión, la Chiqui brindó conferencia de prensa: “La señora presidenta me dijo que me quedara tranquila, que lo mío se iba a solucionar, y que le encargaba eso al señor ministro”. Almorzando... no volvió al aire hasta junio de 1976, grabando el programa un día antes de su emisión. Las malas lenguas de entonces dijeron que para prevenir todo tipo de extremismo derechoso.
La vuelta de la democracia la encontró sin renovar contrato. Legrand lo llamó censura. Y así se lo hizo saber a Raúl Alfonsín cuando, a su vuelta, lo llevó como invitado: “Yo no soy rencorosa, pero tengo memoria. Los diez años que me dejaron prohibida me ayudaron a madurar. Mi lema siempre ha sido ‘lo lindo vende; lo feo no’, pero ahora trato de dar contenido social a lo que hago”. Ah, sí.
A Eduardo Anguita (que iba a promocionar su libro Cartoneros) le espetó “¿vos eras del ERP, no, Anguita?”, como sin poder creer que alguien con esos antecedentes fuera tan parecido a un ser humano.
Con Néstor Kirchner (que iba a promocionar su elección como presidente del país 2003-2007) tampoco trepidó: “Algunos dicen que con usted se viene el ‘zurdaje’”.
Mientras se debatía la ley de matrimonio igualitario, le dijo a uno de sus invitados, el diseñador Roberto Piazza: “Suponte que una pareja de homosexuales adopta a un chico. Como tienen inclinaciones homosexuales, ¿no podría producirse una violación hacia su hijo?”.
Ahora, luego de tantos éxitos, volvió a firmar contrato con El Trece para retornar con su programa. ¿Se sigue viendo? Sí, se sigue viendo. Y sus preguntas, o las respuestas de sus invitados, siguen dando de comer a centenares de programas de televisión. De un lado y del otro.

En la presentación de la revista Les Temps Modernes, Sartre señalaba: “La burguesía se define intelectualmente por el empleo que hace del espíritu de análisis, cuyo postulado inicial es que los compuestos deben necesariamente reducirse a una ordenación de elementos simples”. Es harto improbable que Mirtha Legrand haya formado parte de la burguesía de Villa Cañás (situado en el departamento de neto corte agrícola General López, en la provincia de Santa Fe), pueblito que alcanzó notoriedad –según el tomo 18 del atlas Argentina. Pueblo a Pueblo, publicado por el Grupo Clarín, al que pertenece el canal que en la actualidad la conchaba– como el lugar donde nació un 23 de febrero de 1927 Rosa María Juana Martínez, es decir, Mirtha Legrand. Pero, retomando a Sartre, que, como Burroughs, tampoco debe haber conocido a la Chiqui: “Uno se hace burgués al optar por cierta visión del mundo analítica que se intenta imponer a todos los hombres y que excluye la percepción de las realidades colectivas”.
Una realidad colectiva que Legrand se encarga de crear, recrear y hacer creer a todos a fuerza de sonrisas de ocasión y de preguntas que ella misma llamó, e hizo llamar a todos, punzantes.

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