(COMO) EMPEZANDO DE NUEVO

"Si la libertad significa algo será,sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oir" George Orwell

viernes, 2 de mayo de 2008

Murió La raulito

Murió La raulito

“Ella era un francotirador”

El dramaturgo, guionista de la película que protagonizó Marilina Ross, despide al mito.


02.05.2008 Ella. “No era sólo una pintoresca mujercita apasionada como un hombre por el fútbol”.

Acabo de ver por televisión la partida desde La Bombonera del cortejo fúnebre de La Raulito, nacida Duffau. Es el primer día de mayo y no hay diarios; me encuentro con la imagen a las 11.30 de la mañana, hora inhabitual para mis incursiones televisivas. Pero sintonizo el aparato en un canal exclusivo de noticias, porque en el televisor de un bar acabo de recibir fugaces datos de la reaparición del señor Juan Puthod, desaparecido desde el martes pasado y de su vinculación con la Casa de la Memoria de Zárate; por supuesto, me urge saber cómo culmina esta historia que, una vez más, nos pone ante la evidencia de que se intenta seguir intimidando a la sociedad para frustrar la acción de la Justicia.

Se anuncia una conferencia de prensa inminente del liberado y, entretanto, tengo ante mí las imágenes del entierro de Duffau, de cuya popularidad soy, de alguna manera, responsable. A partir de una investigación de Marta Mercader, en 1970, y como parte de mi ciclo Cosa Juzgada, dirigido por David Stivel y realizado para Canal 11 por nuestro grupo Gente de Teatro, escribí uno de sus capítulos bajo el nombre Nadie. El programa “cambiaba los nombres y algunas circunstancias” de los casos reales originales, como rezaba la famosa locución final que decía el propio Stivel: se trataba de casos reales ya juzgados (nunca casos en proceso) y no comprometíamos a los protagonistas vivos de los hechos. En mi programa, Duffau se llamaba Pina, y decía de sí misma que no era nadie.

En su frondoso prontuario de delitos menores, acciones caóticas y agresivas, internaciones en psiquiátricos y en cárceles, aparecía con numerosos nombres, apodos y datos personales diferentes y hasta su después tan popular apelativo masculino, Raulito, aparecía también como Rulito.

Lo que me importaba era la calidad testimonial del personaje como víctima marginalizada de una sociedad impotente para contenerla, a quien respondía con ingenua, suicida e individual violencia, de todos modos impotente para cambiar la crueldad e injusticia que la rodeaba.

De ese mundo oscuro saltó, por la difusión del programa, a una imagen pública que, en notable medida, fue generada en la inolvidable creación que de ella hizo Marilina Ross como nuestra Pina. La convivencia en aquel rostro angelical (de verdad diferente del de la protagonista real) de la ternura, la violencia, la solidaridad, la agresividad y la inocencia, creo fueron la base de la figura mitológica cuyo cuerpo físico va en este momento rumbo al cementerio de Humboldt. Después, la creación de Marilina tuvo aún mayor caja de resonancia en el film que Lautaro Murúa realizó a partir de mi libro televisivo. De paso diré también que, si bien comencé a trabajar en la adaptación con Lautaro y José María Paolantonio, me aparté por mi desacuerdo con Murúa en el modo de encarar el film.

El último delito de Raulito-Duffau, que la mantenía en reclusión por tiempo indeterminado, había consistido en la rotura de la vidriera de una joyería en la calle Florida, porque había tropezado con un chico de la calle con hambre y frío y había decidido protegerlo... Todos los datos pueden ser comprobados en la edición que en 1970 realizó Juan Granica de 20 guiones seleccionados de mi ciclo Cosa Juzgada, tomo 1, págs. 46 y siguientes. La publicación incluye los datos extraídos del expediente judicial por la investigación de Marta Mercader.

La Raulito real luchaba como podía y sabía contra la sociedad que seis años después, asesinó, exilió, torturó e hizo desaparecer a decenas de miles de personas, para llevar al límite la miseria de las mayorías en beneficio de los pocos ultraprivilegiados. Era, a su manera, un francotirador, no sólo una pintoresca mujercita apasionada como un hombre por el fútbol; su probable vocación masculina pudo provenir de sentir que, en el proletariado del mundo, la mujer suele ser el proletario del proletariado.

El mito terminó siendo una amable muñeca legítimamente querida por la hinchada xeneize. Domesticada, controlable, inofensiva y hasta totalmente ajena a un dato del expediente original: quiere convencer al médico de que la mande al hospicio pues allí puede jugar al fútbol. Dice tener un equipo completo de Racing, club del que es “hincha”. (Un empleado del juzgado le regaló un banderín de Racing y quedó muy contenta). Así dice el informe psiquiátrico del expediente judicial.

¿Mito? Son las dos de la tarde y, finalmente, aparece en cámara el recuperado Juan Puthod. Alcanza a decir que uno de sus secuestradores le advirtió: “Date cuenta que tu vida, la de todos ustedes, sigue en nuestras manos”. Y se dice, también, que la investigación del caso Puthod continúa. Mientras el féretro de La Raulito quizás haya llegado ya a su parcela en el cementerio.

“Con las gallinas no me llevo”

Sólo la muerte impidió a La Raulito ver el partido de Boca, el club de sus amores. Horas antes de que le ganara 2 a 1 al Cruzeiro de Brasil por la Copa Libertadores, su cuerpo dijo basta. El 30 de abril, a los 74 años, María Esther Duffau murió en el Hospital Argerich a causa de una descompensación generalizada.

Un tropezón, en diciembre, le fracturó la cadera y la obligó a abandonar el geriátrico del Hospital Rawson, donde estuvo 10 años, después de pasar 25 en el neuropsiquiátrico Moyano. Soportó una compleja operación y con cadera nueva estaba casi lista para irse de alta pero los años de pucho le jugaron en contra. Una neumonía le embarró la cancha. Sus amigos cuentan que le quedaban pocas razones para vivir. Su madre y La Turca, el amor de su vida, habían muerto.

“¿Sabe qué es lo que duele? Que digan que La Raulito estuvo en un manicomio, porque ella fue una de las pacientes más comprometidas del Moyano”, dice “Maruca” Esquivel, enfermera. Duffau llegó con retraso mental y epilepsia en los 70. Mejoró y el hospital se hizo su hogar: pintó su cama de azul y oro, pegó figuritas de los jugadores en la pared. Siempre reclamó más presupuesto y una mayor dotación para ese hospital escuela.

“Si el cuerpo le hubiera dado, habría salido a denunciar el peligro que corre el Moyano con Macri”, dijo Mario Muñoz, delegado de ATE, amigo de La Raulito e hincha de River. “Cuando había una asamblea ella decía: “Mirá, Muñoz, vos ya sabés: los quiero y los acompaño, pero ojito conmigo, porque con las gallinas no me llevo”.

No hay comentarios: