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"Si la libertad significa algo será,sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oir" George Orwell

domingo, 7 de junio de 2009

Una jodita para Tinelli

Una jodita para Tinelli

El formato dice que es para “la gente” y todo es una caricatura de unos pocos gestos exagerados. A quién puede convencer y a quiénes no esta parodia de 25 puntos de rating.

Por José Natanson

Están los que sostienen que los medios son un reflejo ajustado de “la realidad”, “la verdad” o “la gente”, y están, en el extremo opuesto, aquellos que releen un ejemplar polvoriento de Para leer al Pato Donald y, 40 años después, descubren que los medios son un instrumento de los poderosos en su afán de manipular a los pueblos. Pero entre una y otra mirada hay formas más interesantes de identificar las complejidades, las contradicciones y las intencionalidades de la televisión y la prensa. Uno de los casos más notables, por su masividad, por la pasión que genera en los dirigentes de todos los partidos y por sus efectos más políticos que electorales es “Gran Cuñado”, la parodia de Marcelo Tinelli y sus 25 puntos de rating.

Almorzando con Mirtha
“Gran Cuñado” presenta a cada político en base a un puñado de atributos negativos exacerbados: un Kirchner exaltado, un Cobos peligrosamente parecido a De la Rúa, una Cristina de mirada helada y un Mauricio Macri quejoso porque la mucama no le lleva el desayuno.

Lo primero que llama la atención es la falta de reacción de los imitados. ¿Por qué dirigentes que han sacado millones de votos, que han sido refrendados más de una vez, a veces tres o cuatro, en elecciones masivas y limpias, tienen prohibido no ya acusar a Tinelli de injurias o enojarse con el programa o quejarse en Intrusos, sino simplemente admitir que su caricatura no les hace tanta gracia? ¿Por qué todos están obligados a forzar una risa cuando se los carea con su imitación? ¿Por qué ninguno se anima a decir que no están tan entusiasmados con la idea de verse ridiculizados para el consumo de las masas?

El lector dirá: porque si lo hacen pierden votos, son políticos en campaña y no pueden darse ese lujo. Es cierto, por supuesto, pero aun así resulta notable la resignada respuesta general, similar a la de los candidatos que se dejan maltratar por Mirtha Legrand, como si el hecho de ser una diva la habilitara para decir cualquier cosa. ¿Por qué a Francisco de Narváez no se le ocurre utilizar alguno de sus dos canales de televisión, o al Gobierno algunos de los medios oficiales, para presentar una caricatura de Tinelli como un conductor hambriento de rating o a Mirtha como una anciana reaccionaria?

El poder de los medios es enorme y no tiene mucho sentido enojarse por ello, al fin y al cabo un fenómeno mundial que excede largamente a la Argentina, pero de todos modos no deja de llamar la atención la timidez de una reacción sin excepciones.

Efectos electorales
La discusión sobre los efectos del programa recorre los despachos de Gobierno, los comités de campaña y las mesas de café. Los encuestadores refuerzan su ya de por sí interesante facturación consultando a la opinión pública, pero hasta ahora nadie sabe exactamente de qué modo “Gran Cuñado” influye en los votantes: a diferencia de lo que ocurre en los formatos electorales clásicos (desde una elección presidencial hasta Gran Hermano), no queda claro si a un político le conviene que lo voten o no, si es mejor salir pronto de la casa o quedarse y ser ridiculizado.

En una interesante nota publicada el domingo pasado en Página/12, José Luis Petris analizó con sensatez los posibles efectos electorales de “Gran Cuñado”. Petris explicó que el modo de construir las caricaturas elegido por Tinelli, a partir de la extrema exageración de muy pocos rasgos, tiene pocas posibilidades de influir en la valoración previa que cada uno tiene de los políticos. Así definidas, las imitaciones sólo confirman prejuicios construidos previamente. Y entonces sólo en los votantes indecisos, que en general son los menos politizados, “Gran Cuñado” puede tener un peso realmente electoral.

Tinelli y Pergolini
Si el efecto electoral de “Gran Cuñado” es irrelevante y en todo caso incomprobable, no sucede lo mismo con su efecto (anti) político, ni con el hecho de que constituye el punto más alto de la desfiguración política hacia el formato del espectáculo y el varieté, tendencia que lleva ya unos cuantos años.

Mucho antes de “Gran Cuñado”, Caiga Quien Caiga había adoptado los códigos propios del periodismo para crear un modelo de diálogo, forzarlo y supereditado, al que pocos políticos se resistieron: en el inicio de su carrera como líder nacional, Elisa Carrió había decidido no responder las preguntas de los irreverentes cronistas de CQC con el argumento de que se trata de un programa de humor y que, por lo tanto, lo que importan no son sus repuestas sino los chistes de los movileros. Daniel Malnatti la perseguía y ella respondía con el silencio. Naturalmente, no podía durar: el movilero utilizó diferentes estrategias –la llamaba por teléfono, se hacía pasar por otro– para obtener una respuesta, hasta que lo consiguió. Ahora Carrió se ha sumado a la claque del programa, tal como en su momento hiciera Kirchner, el político que llegó más lejos en su complicidad con Tinelli invitando al brillante imitador de De la Rúa a la Casa Rosada.

Raíces de la antipolítica
La espectaculización de la política y sus silenciosos efectos antipolíticos no son un fenómeno argentino. El escritor mexicano Carlos Fuentes suele usar el término “pipolización” (derivado de la revista People, modelo de publicaciones estilo Caras o Gente) para referirse a lo que aquí llamaríamos “tinellización” o “farandulización”.

Pero si la antipolítica es una tendencia mundial, también es verdad que en la Argentina tiene profundas y pluriideológicas raíces: hay una antipolítica originaria de izquierda, inspirada en las corrientes inmigratorias del siglo pasado, sobre todo anarquistas, que portaban un rechazo genético a la autoridad debido a las experiencias autoritarias en sus países de origen (Italia, España, Polonia); hay una antipolítica católico-integrista, según la cual la religión debería guiar y orientar a la política; hay, aunque a los peronistas no les guste, una antipolítica populista, de afán movimientista y negación del otro (usualmente la oligarquía); y hay finalmente una antipolítica noventista, liberal-tenocrática, de administración y gestión de las cosas y negación del conflicto bajo la ilusión de la racionalidad técnica.

Tinelli es el inventor del caño en televisión y de las nenas de diez años bailando reggaeton, pero es un interpretador y no un creador de macrotendencias sociales. La posibilidad y el éxito de “Gran Cuñado” se explican en buena medida por el profundo sentimiento antipolítico que prevalece en buena parte de la sociedad, que se alimenta de un elemento adicional: el mito del país rico que ya somos y la necesidad de responsabilizar a alguien por lo que ya no podemos ser.

Espacio común
Mario Wainfeld señala que los sketchs de “Gran Cuñado” portan un sesgo antipolítico que degrada el espacio común. El argumento puede estirarse un punto más, y sostener que la antipolítica es, a esta altura, parte constitutiva de la clase política, y no sólo un recurso fácil de los conductores televisivos exaltados o los periodistas de pensamiento simple.

Como el perro que se muerde la cola, los políticos alimentan todos los días este particular sentido común. Así, prácticamente cualquier iniciativa del Gobierno (desde la estatización de las AFJP a la nacionalización de Aerolíneas o las retenciones), es analizada por los líderes opositores en base a la figura multiuso de “la caja”. Del otro lado, el Gobierno descalifica a adversarios como Felipe Solá o Carlos Reutemann argumentando que se oponen a la política agropecuaria oficial simplemente porque tienen tierras (y por lo tanto intereses directos en el negocio).

En definitiva, ambas construcciones operan en el mismo sentido despolitizador. Porque, ¿qué sentido tiene encarar discusiones políticas –-como la reforma previsional o la regulación de los precios de los alimentos– si el único objetivo de cualquier iniciativa oficial es la corrupción? ¿Y para qué escuchar los argumentos de Solá si su único interés consiste en incrementar su rentabilidad de latifundista de pañuelo de seda?

La réplica
La semana pasada, en una reunión en la sede de Casa América en Madrid, los representantes de Carta Abierta se refirieron al discurso del Gobierno. Horacio González sostuvo que “el kirchnerismo no encuentra el lenguaje adecuado para comunicar sus programas progresistas”, y María Pía López señaló que “el Gobierno tiene enormes dificultades para explicar lo que hace: sus hechos no se corresponden con discursos capaces de narrarlos”.

Curiosa coincidencia. Tres semanas atrás, en una buena nota en La Nación, Beatriz Sarlo escribió que “Gran Cuñado” demuestra la dependencia mediática de la política no sólo en el sentido clásico (no hay política sin televisión) sino también en otro: “Ambos discursos, el de la caricatura y el de la mayoría de los políticos ‘reales’, son demasiado elementales, reducidos a un puñado de tics y de singularidades”.

Tinelli ha invitado a su programa a los políticos (reales) con la excusa del “derecho a réplica” (otra vez la apropiación de los códigos del periodismo). Aunque los 25 puntos de rating en plena campaña electoral son una oferta demasiado tentadora, rechazar una invitación es también una forma de decir algo; por si hiciera falta, la experiencia de De la Rúa demuestra que poner el cuerpo no siempre garantiza un trato más amigable.

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