(COMO) EMPEZANDO DE NUEVO

"Si la libertad significa algo será,sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oir" George Orwell

domingo, 30 de enero de 2011

CHICO BUARQUE- Entrevista

Chico Buarque "Puede que la canción esté llegando al fin"

JESÚS RUÍZ MANTILLA

 
Músico, escritor, símbolo. Chico Buarque es un gran icono. Más de 40 años en la música y ocho novelas avalan su inquietud artística. Ahora retrata el derrumbe del viejo Brasil.
Cuando el Chico Buarque músico entra en casa, sale por la puerta el escritor. Estos días, en Río de Janeiro, ocupa su ático con espectaculares vistas a Ipanema el hacedor de canciones. Mientras, el literato anda de viaje. Y su último libro, Leche derramada (Salamandra), acaba de aparecer en España. Es su octava novela. Y de éxito. Porque Chico Buarque no se conformó solo con ser uno de los músicos más importantes de su país, hijo legítimo y predilecto de la bossa nova, referente político en los tiempos duros de la dictadura y objeto de deseo permanente. Quiso volcar su creatividad de manera seria, nada caprichosa, en la literatura. Demostrar que podía llegar a ser un escritor respetado. No solo lo ha logrado en Brasil, sino en todo el mundo. De su anterior libro, Budapest, obtuvo premios, grandes ventas internacionales, reconocimientos y elogios como los de Le Nouvelle Observateur, que le calificó como uno de los autores contemporáneos más interesantes en lengua portuguesa. Para crear aquella novela de dualidades, fina e irónica, sobre un escritor de encargo fascinado por el idioma húngaro –la lengua que mejor entiende el diablo– no le hizo falta pisar la ciudad del Danubio. Jamás había estado allí. En cambio, para escribir Leche derramada, una especie de réquiem sobre el viejo Brasil, sí da la sensación de conocer absolutamente el terreno. Es un libro muy personal sobre un dinosaurio moribundo plagado de recuerdos y anécdotas familiares.


Chico Buarque, el políglota que domina cinco idiomas, el símbolo del Brasil contemporáneo, el media punta que lleva más de 30 años sin perder un partido con su equipo de fútbol, parece ideal, pero tiene sus zonas oscuras, no se llamen a engaño.
La actriz Fernanda Montenegro proclama que usted es perfecto y no tiene defectos. He venido aquí, hasta su casa, para buscárselos. Alguno esconderá. Una gran dama de nuestro teatro.
Lo que le digo, que he venido a desenmascararle. Si no, me voy a decepcionar: buen músico, escritor ya de prestigio, activista de pasado impecable… Y eso que usted nunca me ha visto jugar al fútbol. Lo hago en un equipo que no ha perdido en 32 años.
Pero, hombre, hay un placer en la derrota, ¿no le gustaría aprender a experimentarlo? Hay derrotas, pero son en partidos no oficiales. Cuando terminamos decidimos si es un encuentro oficial o no, depende del resultado.
Una vergüenza. ¿Y de qué juega? Como Messi, más o menos, pero es fútbol 7.
Ya aparece un defecto. Manipulador. Mentiroso más bien, apúntelo.
46 años de carrera ya. Al principio parecía que querían lanzarle al mercado como un artista pop de la 'bossa nova'. ¿No encajó en eso? No fue así. Tuve una experiencia mala cuando vivía en Italia, hacia el 69. No se comprendía entonces muy bien lo que era la música brasileña, además me veían así, como bonito.
Guapo. Igual que ahora. Eso puede ser hasta un defecto. Quizá por eso, fuera de aquí, querían encajarme en un esquema pop. Yo tampoco comprendía qué pasaba conmigo en Italia. En Brasil no. Tengo la idea de lo que he querido siempre y en mi país no existía ese malentendido. No sé qué pueden pensar de mí fuera de Brasil. Tampoco tengo una carrera internacional. Viví en Italia por razones políticas, pero casi toda mi trayectoria se ha desarrollado aquí. Para la literatura es diferente, las traducciones, todo, es más fácil hacerse comprender. En la música puede interpretarse cualquier cosa. La brasileña más porque lleva un poco de todo, mezclado, no llegas a saber con certeza si es samba, bossa nova… Todo al tiempo.
¿Y eso es bueno o malo? Para nosotros es bueno, pero es difícil de comprender fuera. Para el gran público ante todo. El público ve nuestra música en las mismas secciones de los almacenes. Lo que viaja es la sonoridad. Hay una comprensión más emocional que intelectual.
Pero eso es así en todos los niveles. La música posee un lenguaje propio, irracional, que llega o no. Incluso gusta muchas veces por motivos equivocados.
¿Porque no se entiende la letra o porque no se comprende la música? Las letras son importantes, aunque en mi caso están siempre al servicio de la música.
Como escritor, usted ha hecho experimentos bien curiosos. 'Budapest' la escribió sin conocer la ciudad, sin haber ido nunca. Después, ¿la visitó? Nunca había ido. No quise. Empecé a escribir y a mí me fascinaba la lengua, me enamoré del idioma. No me interesaba conocer más allá, estudiar el húngaro me habría llevado 10 años, pero quedó todo mejor así, una ciudad difusa, una historia con neblina. Fue muy interesante llegar a Budapest después de haber estado en cierta forma allí. Comprobar que había cosas que eran iguales y otras absurdas. Tampoco yo quise dar la impresión de que lo conocía a fondo, los nombres eran inventados, basados en la selección húngara de fútbol. Admitir que nunca había pisado la ciudad creó un poco de desconfianza. Algunos se lo tomaron bien; otros, francamente, no.
Les parecería soberbio, sobrao, chulesco. Otro defecto. Bien, bien, apunte. Sí, les parecía que no tenía derecho a inventar algo que ya existía. Los húngaros son muy orgullosos de sus príncipes, sus linajes, sus castillos, su historia.
¿Cómo pudo imaginar la ciudad sin ir? Con guías, diccionarios, palabras que recuerdo de una novia húngara que tuve. Ella me había enseñado esa fascinación. Y la selección húngara de fútbol de 1954. Ese partido que perdimos con ellos. Coleccionaba los cromos y los tenía todos. La verdad es que cuando se me ocurrió el libro, yo pretendía crear una lengua, pero eso era demasiado.
Otro defecto. Una idea no plasmada. Poca perseverancia. ¿Por qué? Al contrario. Mucha perseverancia porque yo empecé a hacerlo, pero me di cuenta de que no lo conseguiría. El protagonista era un arquitecto, no un negro.
¿Se rindió? Defecto… Bueno, bien, vale, pero tuve que escribirlo para darme cuenta de que no era bueno.
¿Perfeccionismo? Otro defecto… Incapacidad mental para crear una novela… ese es el defecto.
Llevamos 20 minutos hablando y han salido cuatro defectos. No sé cómo acabará esto. Soy además perezoso para las entrevistas, otro más.
Bueno, no estoy tan seguro, a lo mejor eso es una virtud. No lo sé. Viene de que para resultar brillante en una conversación así uno debe inventar cosas.
Si en Budapest no estuvo, en 'Leche derramada' sí que ha andado por el terreno. Porque hablamos de Brasil, en profundidad. No viví esa época.
Cada uno de nosotros hemos habitado de alguna manera el pasado de nuestros lugares. ¿No cree? ¿No construyen los ancestros nuestra identidad? De alguna manera, escribir sobre algo que ha ocurrido hace 100 años es como no conocer el lugar. En el tiempo y en el espacio estás perdido. La idea de Leche derramada partió de eso. Imaginación y conocimiento a base de estudio. Aunque aquí investigué todavía más que en Budapest. Además de lo que leí, lo que escuché, las historias de mi madre, que murió hace apenas un año con 100. Hay muchas cosas, desde el nombre de los transatlánticos hasta las casas, las calles.
Es que apreciamos mucho de usted en ese libro. De sus raíces, de su familia, ¿qué más? Historias políticas de la vieja república, desde 1879 hasta 1930, con Vargas, que cambió todo. En mi familia había muchos antepasados que pertenecieron a esa estructura, son historias que conozco sobre todo de la rama de mi madre. Sus recuerdos están en el libro.
O sea, que ha querido hacerle un homenaje póstumo. Póstumo no, porque ella lo leyó. Le gustó, aunque no verse reflejada en algunas cosas. Estaba ya mayor y se sintió un poco incomodada, como los húngaros con mi intrusión.
Como diciendo: ¿para qué te metes a lavar los trapos sucios delante de todo el mundo? Ay, los escritores… Terribles.
Indiscreción. Otro defecto. Sin duda.
Hasta el momento ha salido esto: sobrao, perfeccionista, incapacidad mental, perezoso e indiscreto. Cinco. Bueno, está bien.
Pero ese viejo Brasil que retrata en 'Leche derramada', ¿ya desapareció? Persiste en la mentalidad de mucha gente… Eh… otro defecto: me faltan las palabras en castellano.
No, no lo admito. Porque entonces tendríamos que contar que yo no hablo portugués. Vale. Entonces persiste esa mentalidad. La del viejo país con sus antiguos dueños, el antiguo poder, los dueños del dinero, la perplejidad ante ese nuevo país que crece. La incapacidad de admitir que será de otras familias, otras clases. Eran clanes que tenían un sentimiento de posesión y observan a quienes prosperan con desconfianza o esos aeropuertos atestados de gente mal vestida donde no soportan mezclarse. Siempre tentados en mantenerse aparte, como una élite. Ayer leí un reportaje que diferenciaba entre los ricos y los muy ricos de Santa Catalina. Los ricos iban normalmente a la playa y los muy ricos se quedan en sus hoteles de lujo, con sus prejuicios ante los solo ricos.
No mezclarse. Bueno, eso es muy europeo también. El pijerío. Así que entonces a Brasil ha llegado la clase media y quiere hacerse notar. Prefiero este Brasil al anterior, sin duda. Más dinámico.
Y en eso, ¿qué mérito le damos a Lula? Mucho.
¿Verdaderamente ha acometido una transformación histórica? Sí, su prioridad era sacar de la miseria al mayor número de gente posible. Eso continúa con Dilma Rousseff. La situación social de Brasil era una vergüenza, plagado de desigualdades con toda su riqueza. Pero los méritos vienen también de las bases de la política económica que emprendió Fernando Enrique Cardoso. Fue la clave sin la cual no se habría podido avanzar. Toda esta transformación se ha llevado a cabo con las reglas del capitalismo para crear una riqueza que debía ser distribuida. Algunos desde la izquierda pueden pensar que no fue lo suficientemente humanitario, pero nadie puede negar que ha sido lo más inteligente.
Es lo que hay y lo que se ha demostrado en todas partes que funciona. Por eso se entienden peor otras experiencias latinoamericanas, como las de Venezuela, Ecuador, Bolivia… Hoy lo sabemos. Pero tampoco hay que culpar a quienes lo intentaron en el pasado en Cuba, en el Chile de Allende o aquí, como la propia Dilma creía, que la única salida era la revolución. Ahora sabemos que no.
En 'Budapest' aborda la dualidad. La paradoja es un motor para la creación. Usted se sentirá muchas cosas a la vez. ¿Cuántos Chicos habitan en usted? Hay dos. Viven en la misma casa, pero en habitaciones separadas. Son el escritor y el músico. Ahora habita el músico, el escritor debe de haberse ido a Budapest.
¿Y no se entremezclan? Porque el músico compone letras potentes y el escritor construye un ritmo musical en los libros. Hay un eco en ambas cosas. Pero mientras trabaja uno en lo suyo, el otro no se entromete. No pueden hacer las dos cosas a la vez. Cuando se marcha el escritor, llega el músico, y viceversa. Por otra parte, las letras de las canciones no tienen que ver para mí con la literatura, pero la literatura sí tiene más que ver con la música. Probablemente se adivine fácilmente que el escritor es músico. Las letras de las canciones no son lo mismo. El letrista para mí no es poeta ni narrador, debe despojarse de esa pretensión. Es otra cosa. No existen jerarquías ni distinción entre las dos artes, valen lo mismo. La literatura y la canción popular tienen el mismo valor.

Eso se acabó. Resulta una diferencia completamente anticuada. Es como el viejo Brasil. Cierto, para el viejo Brasil, lo que yo hago es música barata. Es como lo definiría el protagonista de la novela. El nuevo acepta eso bien. El primero en sufrir aquella ruptura jerárquica fue Vinicius de Moraes, era un poeta culto, canónico, que se puso a hacer letras de canciones populares. No lo entendían. ¡Un poeta y diplomático! ¡Sacrilegio! Eso persiste un poco todavía. La idea de que un poeta no puede escribir música popular y un cantante no puede dedicarse a las novelas. Pero ¿qué estaba diciendo?
Lo del músico y el escritor… Ah, sí. Que hay un periodo de adaptación, no es que sale por una puerta el músico y entra el escritor, como en un vodevil. Los tiempos de cada etapa creativa crecen, pero los de mi vida se acortan. No sé hasta dónde llegaré en las cosas que quiero hacer.
¿Ahora con quién estoy hablando? ¿El compositor o el literato? Hasta este año pasado estuvo el escritor acompañando las traducciones. Vigilo las que conozco, español, inglés, italiano, francés, aunque luego me dicen que las mejores son las de lenguas que no entiendo… Lo que me cuesta es empezar. Cuando salgo de la literatura no sé cómo se escribe una canción, cada vez cuesta más…
¿No salen las cosas de dentro y ya? No sirve eso. Quieres contar algo, bien, pero ¿de qué manera? En la literatura, desde encontrar la voz hasta lo que te seduce. Borras y borras hasta que hallas la voz, el tono, la mano sola no sirve. Si la voz, el lenguaje y la historia no están en sintonía, nada vale.
Y el Chico futbolista, ¿quién es? ¿El niño eterno? Sí, juego tres veces por semana.
Lo que es la vida. Cuando venía en el avión vi a unos cuantos niños brasileños vestidos con 'la roja'. Impensable en los tiempos en que todos los niños del mundo se ponían la 'canarinha'. Normal. Y el Barça… Yo recuerdo el Santos de Pelé, el Botafogo de Garrincha en los años cincuenta y sesenta; es difícil comparar, pero ahora hay una fluidez, un perfeccionismo, una alegría.
¿Qué le queda por indagar en la música? Escucho poca música. Leo más. Trabajo con la memoria musical, que tengo repleta. ¿Ve usted por qué no me gusta dar entrevistas? Porque tengo que explicar ciertas cosas. El otro día compuse un vals ruso. ¿Por qué? No lo sé y no puedo inventar una razón. Porque convenía a la historia que quería contar. La música que llegó era de allí para relatar la historia de una mujer rusa con la que contacto por Internet. Ya está. No hay nada que explicar ni buscar apenas nada para componer. A estas alturas es la música la que me busca a mí. Por supuesto que estoy al día y sé quién es Amy Winehouse o Lady Gaga. Pero eso no importa.

¿Cambia con la edad la actitud para escuchar la música o es que nuestro tiempo nos empuja a atender de una manera más fragmentada? Creo que cambiamos cada uno de nosotros. Y solo esperamos que al público le siga interesando lo que hacemos. Hay veces en que das un concierto y piensas de qué te sirve lo nuevo cuando la gente solo quiere que cantes viejas canciones. A mí me gusta cantar lo nuevo, y a ellos, escuchar lo antiguo, así que hay que negociar un poco.
Algunos artistas de su nivel ya están en posición de exigir al público según qué deseos. Exigir, no. Pedir por favor.
¿Le preocupa que los jóvenes brasileños escuchen menos música de su tierra? No es tanto, en la última gira yo vi pocas cabezas con cabellos blancos y más jóvenes.

Cuénteme cómo era Jobim. Desde el momento en que yo escuché la primera canción de bossa nova, Chega de saudade, cantada por João Gilberto, con música de Jobim y letra de Vinicius de Moraes, me cambió la vida. A mí y a todos nosotros. Los que podíamos haber sido otra cosa nos hicimos músicos cuando escuchamos eso, Caetano Veloso, Gilberto Gil, todos.
Por cierto, ¿entre Caetano y usted hubo algún problema? Le acusaban de blando. Eso fue en los tiempos del tropicalismo. Yo no pertenecí a eso. Había dos bandos. Los pro y los anti. Yo no era pro. Trataban de hacer una ruptura con la bossa nova e incorporar instrumentaciones y comportamientos del pop, a lo que yo me oponía. Tuvo su reflejo también en mi música, pero no traumática.
¿Matar al padre? Exacto. Pasaron algunos años de conflicto y luego volvieron.
Como en cualquier familia. Primero: papá, déjame en paz, y luego: anda, cuídame a los niños. ¿Y usted no tendría que haberse comprado una guitarra eléctrica? Es eso, lo que pasa es que me equivoqué de puerta al entrar en la tienda y me compré un piano.
Pero hoy Jobim es indiscutible. Es que fue una epifanía. Lo conocí, fui amigo de Jobim. Por trabajar con él, por escucharle tocar el piano, yo me hice un músico mucho mejor de lo que era. Escuchándole, viéndole trabajar. Yo era un músico intuitivo, de oído, y él me formó. Trato de no ser una copia de él, pero todavía, cuando compongo, siento la sombra del maestro.
¿Vigilante? Un poquito. Pero es que además me enseñó de la vida, hablando, comiendo, compartiendo. Él me obligó a comprar un piano, a aprender música y escribir para otros cosas que no tienen nada que ver con lo que yo hago. Jobim era cálido, divertido, especial.
Todo un clásico de la contemporaneidad. Como Lennon y McCartney. Autores ejemplares de canciones. Sin duda, ese ha sido el género musical de nuestro tiempo. Pero ¿le queda mucho? Las posibilidades de la canción como fenómeno y forma del siglo XX y XXI puede que estén llegando a un fin. Puede que estemos llegando a eso. El rap es un indicio. La armonía, la manera de construir las letras, la falta de interés por lo nuevo, quizá todo eso sean señales.
¿Decadencia? Puede ser. Pasa en otros géneros. La ópera…
Bueno, la ópera resiste. Más de 400 años y hay vigor en nuevos compositores. ¿Ah sí? Otro defecto: ignorancia sobre ópera contemporánea.
Bueno, lo pasamos por alto. En fin, seis defectos. Pocos.

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