(COMO) EMPEZANDO DE NUEVO

"Si la libertad significa algo será,sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oir" George Orwell

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Icóno de la tortura


Como un niño en los Estados Unidos de los 1950, recuerdo un programa semanal en la televisión sobre un benévolo alienígena con poderes sobrehumanos que había venido a la tierra desde el lejano planeta Krypton. Disfrazado de un reportero de un gran periódico metropolitano con modales suaves, este superhéroe siempre se las arreglaba para rescatar a los buenos ciudadanos de Metrópolis de las parcelas diabólicas de villanos depravados. Era la personificación de la valentía, la humildad y la abnegación, que libraba constantemente “una batalla sin fin al estilo estadounidense por la verdad y la justicia”.
Medio siglo más tarde, un estudio realizado por el Senado ha detallado cómo la injusticia y las increíbles mentiras de la CIA han hecho que el estilo estadounidense se convirtiera en un icono de la tortura y la tiranía.
“Aunque la Oficina de Asesoría Legal lo ve de otra manera, mi conclusión personal es que los detenidos de la CIA entre 2002 y 2007, según cualquier significado que damos a este término, fueron torturados”, escribió la presidenta del Comité de Inteligencia del Senado y la autora del informe sobre el programa de detención e interrogación de la Agencia Central de Inteligencia, la senadora Dianne Feinstein. En cuanto a la eficacia del programa, el informe citó que el uso de “avanzadas técnicas de interrogación no era un medio eficaz para la adquisición de la información”, y que “varios detenidos de la CIA fabricaron la información, lo que demuestra un gran fallo en el sistema de Inteligencia”.

La investigación de la senadora Dianne Feinstein sobre la CIA no es la primera por parte del Congreso a la que se somete la agencia de superdetectives de Estados Unidos. En 1974, el entonces presidente republicano Gerald Ford causó una confrontación del Congreso con sus declaraciones de que la CIA había estado asesinando a los líderes extranjeros. Sobre la base de las denuncias de Ford, la Casa Blanca y ambas cámaras del Congreso de Estados Unidos establecieron comités independientes para investigar fechorías de la CIA. El propósito de estas investigaciones era restablecer la supervisión del Congreso sobre la inteligencia estadounidense, que también incluía al FBI (Oficina Federal de Investigaciones) y la NSA (Agencia de Seguridad Nacional).
En aquel momento, los funcionarios de inteligencia se quejaron amargamente de “comités hostiles del Congreso empeñados en la exposición de los abusos por parte de las agencias de inteligencia y en hacer grandes reformas”. La mentira y el obstruccionismo se convirtieron en las normas establecidas. Por ejemplo, el entonces director de la CIA William Colby, que testificó a puertas cerradas ante los investigadores del Senado, negó las acusaciones de participación de la CIA en el derrocamiento del presidente chileno Salvador Allende, pero admitió que la NSA había espiado las llamadas telefónicas realizadas por los ciudadanos estadounidenses al extranjero. Por supuesto, como lo demostraron los documentos posteriormente desclasificados de la CIA, la agencia había participado en operaciones encubiertas en Chile desde 1962, Colby en ese momento estaba mintiendo bajo juramento.
Al final de la investigación, que no acabó siendo un informe aprobado oficialmente, el senador Otis Pike confió: “Esta investigación me convenció de que siempre había sido mentido y me hizo saber que estaba ya harto de ser mentido”. Daniel Schorr de CBS News, logró obtener una copia del borrador de Pike del comité de la investigación y filtrarla a Village Voice, que publicó partes del informe bajo el título “El informe sobre la CIA que el presidente no quiere que leas”. Los personajes claves en la administración de Ford que se opusieron a la revelación de los resultados de las investigaciones sobre la CIA, el FBI y la NSA son ahora personajes muy conocidos; el entonces Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, y su ayudante, Dick Cheney.
Ahora que hemos mencionado a Rumsfeld, vale la pena explicar un poco su implicación en este contexto. Como congresista, Rumsfeld había hecho famoso acusando a Paul Nitze, el oficial de alto de rango que ayudó a dar forma a la política ultraagresiva estadounidense durante la Guerra Fría y el autor del manifiesto anticomunista de la CIA, NSC-68, de ceder ante las ideas de los opositores, es decir, de ceder ante la antigua Unión Soviética en cuestiones de desarme nuclear. Irónicamente, Rumsfeld fue director de la Oficina de Oportunidades Económicas de Nixon, y junto con su asistente, Dick Cheney, había recibido el encargo de destripar la agencia de la lucha contra la pobreza. Cuando Nixon cayó repentinamente en desgracia y se dimitió, el recién nombrado presidente Ford se volvió hacia su colega Rumsfeld, a quien nombró como el jefe de Gabinete de la Casa Blanca y puso a Dick Cheney como su asistente.

En el otoño de 1975, Rumsfeld había convencido a su jefe para sustituir al director de la CIA William Colby por George H.W. Bush, mover a Kissinger de la NSA al Departamento de Estado y despedir al Secretario de Defensa James Schlesinger para que el mismo pudiera ocupar este puesto. Esta purga, llamada “masacre de Halloween”, permitió a Rumsfeld conceder mucho poder a los neoconservadores como Richard Perle, Paul Wolfowitz, Douglas Feith, Richard Armitage, Condoleezza Rice y muchos otros, sentando así las bases para las políticas militaristas de las administraciones de Reagan, Bush padre e hijo.
Cuando Rumsfeld fue nuevamente nombrado como Secretario de Defensa de Bush II, jugó un papel clave en la vigilancia de las operaciones encubiertas de supervisión del Congreso. Con la ampliación de la Agencia de Inteligencia de las fuentes humanas, una subdivisión de la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA), Rumsfeld no sólo consiguió ocultar los gastos de operaciones encubiertas del Departamento de Defensa, y el “presupuesto negro” para la financiación de un 80% del sistema de inteligencia de Estados Unidos, sino también liberar sus llamados “elementos de soporte de operaciones” de escrutinio del Congreso. Así con todo el mundo en campo de batalla en la guerra global contra el Terror de Bush, Rumsfeld fue capaz de llevar a cabo acciones encubiertas sin restricciones incluso dentro de los países que no eran considerados como una amenaza a los intereses estadounidenses. Rumsfeld también, en una detallada nota de abril de 2003, aprobó el uso de 24 específicas “técnicas de contraresistencia”, también conocidas como la tortura, a la hora de tratar a los presos de Guantánamo.

Dick Cheney también defendió enérgicamente el uso de la tortura, a la que algunos se refieren como “avanzadas técnicas de interrogatorio”. “Hemos evitado otro ataque masivo con víctimas contra los Estados Unidos”, replicó sin remordimiento, y añadió “lo haría de nuevo si llega el momento”. Negando que las técnicas utilizadas en los interrogatorios de los detenidos constituían tortura, él declaró: “fuimos muy cuidadosos para no llegar a las fases de la tortura”. Cheney insistió con vehemencia que no sólo el departamento de Justicia de Estados Unidos había aprobado la legalidad del mencionado programa, sino también el mismo Bush II era plenamente al tanto de ello y había consentido el uso de los métodos brutales de interrogatorio. “Este hombre sabía lo que estábamos haciendo”, dijo Cheney de su jefe Bush II. “Él lo autorizó. Él lo aprobó”.
Basado en las declaraciones de Cheney, Bush II fue quien dio la orden de la tortura, pero al mismo tiempo lo hizo manteniendo la “negación plausible”. Por ejemplo, el informe afirma que “la CIA instruyó al personal que el interrogatorio de Abu Zubaydah tendría “prioridad” sobre la atención médica que debería recibir, lo que causó el deterioro de una herida de bala que había recibido Abu Zubaydah durante su captura”. Esto sugiere que tal vez la orden vino directamente desde la propia CIA y Bush II no estaba al tanto del asunto. Sin embargo, otras fuentes han informado que el propio George W. Bush consultó entonces con el director de la CIA, George Tenet, sobre el progreso de interrogatorio de Abu Zubaydah. Al ser informado por Tenet que Abu Zubaydah estaba bajo el efecto de los analgésicos debido a heridas graves y por lo tanto no había revelado mucha información, Bush II respondió: “¿Quién autorizó ponerle medicamentos para el dolor?”

El Fiscal general adjunto de George W. Bush, uno de los principales justificadores de la tortura, John Yoo, criticó el informe de Feinstein, afirmando que “el informe no hace justicia a los hechos: Contrariamente a las expectativas de los expertos en terrorismo dentro y fuera del gobierno, Estados Unidos ha logrado prevenir un segundo ataque terrorista a gran escala durante los últimos 13 años”. Disputando las reclamaciones de la CIA sobre los complots terroristas frustrados, el informe del Senado precisa que “algunas de las conspiraciones que la CIA alega neutralizar como resultado de sus avanzadas técnicas de interrogatorio, fueron calificadas por funcionarios de inteligencia y la ley de las ideas no factibles o las que nunca se pondrían en práctica”.
Alegación de Yoo es un ejemplo clásico de la falacia lógica, post hoc ergo propter hoc, que significa “después de esto, por lo tanto, a consecuencia de esto”. Todo lo que sabemos es que algunos funcionarios estadounidenses afirmaron haber frustrado un número de supuestos complots terroristas. Es simplemente imposible saber si las tácticas de tortura oficialmente sancionadas han tenido algo que ver con la ausencia de otro ataque a escala de 11S, y, por tanto, como el propio director de la CIA John Brennan confirmó, es imposible de demostrar lo pro y lo contra. Aun así, incluso si tenemos que admitir que las políticas de tortura de los Estados Unidos han impedido los ataques terroristas, la naturaleza agresiva y belicista de la política exterior estadounidense ha nutrido ya suficientemente una amplia posibilidad de actividades terroristas en las próximas décadas.

En junio de 2004, después de que se estalló el escándalo de las torturas en Abu Ghraib en Irak, George W. Bush enfáticamente pontificó: “Nosotros no aprobamos la tortura. Nunca he ordenado la tortura. Nunca voy a ordenar la tortura. Los valores de este país son tales que la tortura no es una parte de nuestro alma y nuestro ser”. Por el contrario, el último “Informe de la tortura” del Senado de Estados Unidos no sólo ha demostrado que Bush II fue un mentiroso, sino también que el uso de la tortura, lejos de sus palabras falaces, fue y sigue siendo parte del alma y el ser de los líderes de Estados Unidos, que han hecho que el Gobierno de Estados Unidos se convierta en un símbolo de la tiranía contra la humanidad.
Yuram Abdolá Weiler

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