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"Si la libertad significa algo será,sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oir" George Orwell

miércoles, 21 de noviembre de 2007

En Auschwitz lo llamaban Pikolo

En Auschwitz lo llamaban Pikolo

Jean Samuel narra 63 años después las vivencias que compartió con Primo Levi
OCTAVI MARTÍ - París - 21/11/2007



En el campo de concentración de Auschwitz, el alsaciano Jean Samuel era Pikolo, el más joven -tenía 22 años- de los miembros del kommando de la química. Él y varios miembros de su familia -su padre, su madre, un hermano, una prima y tres tíos- fueron detenidos el 2 de marzo de 1944 en el sur de Francia. De los ocho, sólo Jean Samuel, su madre y su prima saldrán con vida de su paso por Auschwitz. "A mi madre le salvó Mengele", recuerda Samuel, hoy farmacéutico jubilado. "Ella, por dos veces, se había colocado en la hilera de quienes estaban destinados a ser asesinados inmediatamente y, por dos veces, Mengele le hizo salir para que fuera a la fila de los que estimaba válidos para el trabajo".

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Hasta hoy, su experiencia del horror le parecía incomunicable

Pikolo participó en la 'marcha de la muerte', comitiva dirigida por las SS
Durante 36 años, Jean Samuel sólo habló de su estancia en el infierno con otros dos supervivientes, uno de ellos, el escritor italiano Primo Levi. Decidió hacerlo en público a partir de 1981. ¿Por qué? Porque por esas fechas fue entrevistado en alemán en compañía de Levi, por una televisión germana. Y también porque ese año hubo en París un atentado importante contra una sinagoga. "De nuevo mataban judíos. Me pareció que era necesario salir de mi silencio", escribe Samuel.

En Si esto es un hombre, el gran libro de Levi, hay un capítulo -El canto de Ulises- en el que aparece Pikolo, que "suma a su astucia y fuerza física maneras afables y amistosas: al mismo tiempo que lleva su combate secreto y personal contra el campo y contra la muerte con valentía y tenacidad, no deja de mantener una relación humana con sus camaradas menos privilegiados". Y es ese Pikolo el que elige a Levi para que le ayude a llevar la marmita de sopa de 50 kilos de las cocinas hasta los prisioneros. Eso significa que durante dos horas, el tiempo del trayecto de ida y vuelta, ellos dos pueden hablar y gozan de una cierta autonomía, de una pizca de libertad en un lugar en el que ni tan sólo la palabra existe.

Esas dos horas -"no hay que perder tiempo"- Levi las dedica a enseñarle italiano a su amigo francés. Y lo hace rememorando a Dante, un episodio de la Divina comedia. Es un momento de gran emoción. Los versos les permiten saberse hombres, comprender que la maquinaria nazi, pensada para transformarles en números, en escoria numerada, ha fracasado. Los dos häftling (detenidos) discuten sobre la superioridad de la expresión misi me, por lo que comporta de manifestación de voluntad, respecto a la traducción francesa je me mis, que no redobla la idea de que es una decisión soberana del propio Ulises la de lanzarse al mar abierto.

Jean Samuel saldrá de Auschwitz para participar en la llamada marcha de la muerte, una comitiva dirigida por las SS y que llevaba los prisioneros hacia campos de concentración más alejados de la progresión de las tropas soviéticas. Levi, considerado enfermo irrecuperable, fue abandonado en Auschwitz, a la que se consideraba una muerte cierta.

Terminada la guerra, los dos amigos sabrán, el uno del otro, a través de terceros. Y primero se escriben para luego darse cita, el 15 de agosto de 1947, en la frontera, junto al mar. El mar de Ulises. "Ni él ni yo teníamos pasaporte. Hubo que discutir mucho para que los aduaneros de uno y otro lado nos dejaran pasar, encontrarnos entre los dos puestos mientras ellos se quedaban con nuestros documentos de identidad. Era la primera vez que veía a Primo como hombre normal, tal y como se había autocalificado en la foto que me había enviado poco antes. Nos abrazamos. Primo me había traído naranjas y chocolates. Hablamos durante largo rato, dos horas como mínimo, reunidos en esa frontera entre nuestros dos países".

Si Levi escribe a Samuel, ya en 1946, que "lo queramos o no, somos testigos y llevamos sobre nuestras espaldas ese peso", Samuel no ha podido testimoniar hasta muy tarde. Antes su experiencia del horror se le antojaba incomunicable. O no podía revivirla en público. O le angustiaba haber sobrevivido a una locura sistemática que había matado a tantos. Cuando lea por primera vez el capítulo que le retrata de Si esto es un hombre, manifestará su sorpresa: "Le dije a Primo que había inexactitudes flagrantes. Por ejemplo, nunca había estado antes de la guerra en Liguria, pues de hecho nunca había salido de Francia. Nunca había viajado por mar, en realidad, en esta época, nunca había visto el mar".

Jean Samuel se identifica sin embargo con el Pikolo de Levi. Durante años, de manera discreta, ayuda a su amigo suministrándole datos. Levi testimoniaba por todos. Ahora, en 2007, Jean Samuel, un anciano que recuerda que cuando regresó del campo sólo era sensible "al amor de unos pocos, a cierta música y al espectáculo de la naturaleza", nos deja el suyo escrito con la ayuda de Jean-Marc Dreyfus: Il m'appelait Pikolo, editado por Robert Laffont y que en España publicará en 2008 la editorial Plataforma.



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