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"Si la libertad significa algo será,sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oir" George Orwell

jueves, 15 de noviembre de 2007

Violencia sexual contra niños y niñas en las organizaciones familiares

Violencia sexual contra niños y niñas en las organizaciones familiares

“El modo de producción de lo simbólico en las familias actuales, cuando se trata de hijos niños y niñas, actualiza y perfecciona la capacidad destructiva de los adultos.”

Por Eva Giberti

Cada época y cada tiempo propone y realiza sus propias modalidades históricas: contamos con las caracterizaciones de las diversas épocas según sea su arte, su ciencia, su economía y sus avatares políticos.

De lo cual resulta el modo de producción de lo simbólico y los distintos modos de subjetivación que se construyen en cada época. O sea, por una parte las modalidades históricas y por otro, el carácter simbólico que define al sujeto. Ambas enlazadas.

¿Qué encontramos como simbólica estructural y estructurante en el principio de la vida? La familia en tanto soporte de la criatura que nace desvalida.

El modo de producción de lo simbólico en las familias actuales, cuando se trata de hijos niños y niñas actualiza y perfecciona la capacidad destructiva de los adultos, históricamente reconocidas en los textos que se ocupan de la historia de la niñez. Encontramos una concepción del hijo como criatura destinada a la satisfacción del adulto mediatizada hoy por la aparición de nuevas tecnologías que favorecen la aparición de una simbólica brutal (asesinatos de niños en tevé y otras).

La violencia antigua contra los chicos, omito enunciar épocas y países, se apoyaba en un significativo argumento: proteger a la sociedad de seres peligrosos y en paralelo se alentaba una educación que garantizase la disciplina como soporte de la ley y lo moral, tanto en casas de familia cuanto en las instituciones

Hoy podemos pensar que el maltrato es mero ataque y búsqueda de satisfacción narcisista. No encontramos argumento como lo había antaño para el goce logrado mediante las violencias, jugando la hipótesis de que los chicos merecían, por sus falencias, ser castigados para aprender.

Actualmente estamos mucho peor porque además de gozar maltratándolos sabemos cuánto importan los malos tratos en la subjetivación. Las violencias contra los chicos, ahora establecidas como parte de la cotidianidad sin argumentos salvadores, nos hablan de quiénes somos.

Se ha comenzado a estudiar, mediante hipótesis nuevas, cómo se compaginan las actuales formas de violencia contra los chicos.


Perspectiva clínica hoy

Se piensa en un tipo de lógica particular que recién comienza a ser aplicada para comprender estas formas de violencia. Es una perspectiva adosada a los actuales criterios de las lógicas de la inhumanidad ilustrada paradigmáticamente por la trata de niñas, los niños y niñas prostituidos, con frecuencia entregados por sus padres.

Los chicos víctimas de violencias sexuales en sus familias quedan posicionados en una interfase horrorosa: entre precisar de sus padres y por otra parte, si se produce la denuncia, enfrentarse con los jueces ante los cuales deben exponer sus narraciones. Entre dos autoridades máximas, entre dos montañas de poder, las criaturas instalan su propio valle de lágrimas y de silencios.

Este es el punto de inflexión entre la víctima y el victimario. Cuando la niña describe los hechos, por una parte se alivia, pero para los adultos, toda confesión asocia culpa. Por eso contar lo sucedido inevitablemente arrastra un pliegue de culpa en el ámbito del derecho de la víctima. Los chicos se tornan sospechosos porque sus palabras se convierten en denuncias que dejan al descubierto que los adultos son miserables, repugnantes y cobardes.

Cada narración de un niño víctima ilumina un modo de ser de sus padres, el que corresponde a la génesis del espanto que los adultos producen por acción u amenaza.

En los incestos los padres recurren al desconcierto de la víctima, gestado por la confianza que ese adulto despertó en la criatura. Se viola, seducción mediante recurriendo a la relación en estado hipnótico en que se sumerge la niña ante el padre y su estupor por lo que le sucede. Ese estado de inermidad es el que fogonea el deseo adulto ante la víctima subordinada.

Los niños elegidos para el maltrato parecerían mostrarse como incapaces de defenderse. Los adultos frente a esa falta de recurso se alteran (“se brotan”) frente a esos niños, o sea en contra de toda lógica convencional que debería promover su protección. No se piensa en psicosis sino reacción ante la pura situación de desvalimiento,

Avanzan contra el chico tratando de absorber la energía vital, una forma de la vampirización creyendo que poseyéndolo chupan la energía que a ellos les falta. Pero es al revés, la criatura lo contagia de su propia desvitalización cuando no logra escapar.

Las víctimas quedan impávidas, paralizadas, sin poder reaccionar. Los asaltantes violadores generan un estado flojedad creciente en niños y niñas, que no logran gritar, destronada su subjetividad. Una entrega pasiva por parte de la criatura intentando quizás aplacar al otro. Como si la violencia eliminase el sistema óseo de la víctima, la columna vertebral como organizadora del soporte corporal (David Maldavsky, 2007). Son adultos que responden al margen de toda lógica convencional, “sacados”, alterados ante la presencia desvalida.

A estos padres que “se sacan” ante la impavidez del hijo o de la hija ¿podremos entenderlos como descerebrados? Por lo menos fracasarían las funciones corticales. Con esa interpretación retrocedemos a un determinismo biologista.


La interpretación judicial

Tanto el enceguecimiento activo del adulto ante la inermidad de la víctima cuanto el otro modelo que en diversas circunstancias procede con la meditada decisión de violar y corromper, dependen de la curiosidad, la satisfacción por el abuso de poder y la desnudez del cuerpo infantil. En esos meridianos se crea la escena que con reiterada frecuencia omite la perspectiva judicial al desconocer que entre el cuerpo desnudo y la ley existe un juego de ficciones (Mari, E. 2002). Instituye el cuerpo de la niña o el niño como sujeto jurídico y por lo tanto, sujeto anónimo de la ley, ficcional. Las ficciones no son un error, ni falsedad, ni ilusión, ni mentira, “no están concebidas como objetos concretos en un espacio-tiempo real, no tienen relaciones causales con cosas que sí las tienen y son creadas escribiendo cierto tipo de enunciados de acuerdo con un conjunto dado de convenciones”.

Esas convenciones son las que diseñaron los adultos entre sí y para sí, algunas de las cuales sostienen que los niños y las niñas no son creíbles. Y que los padres siempre aman y protegen a sus hijos.

Pero no existe una convención concreta entre los derechos de los niños y los jueces, ni se ha gestado un contrato entre ellos acerca de la verosimilitud de lo que los chicos dicen. Un contrato en el cual una parte se comprometa a creer al mismo tiempo que reconoce la verosimilitud de lo que escucha.

Las palabras con las que el niño cuenta lo sucedido, narrativa de verosimilitud obligada y obligatoria, quedarán capturadas en el nivel de las que Vaihinger denominaba “tierra de las ficciones”.

La inclusión del cuerpo victimizado de la criatura en el circuito del derecho merced a las palabras del mismo niño además de los estudios anatomofisiológicos y psicológicos es el que lo transforma en sujeto de derechos, que será interpelado y mediatizado por la palabra y los dibujos del niño o niña que los colegas presenten.

Determinados magistrados se ciñen a un pensamiento que transforma en error o mentira la palabra de los niños que merced a sus presencia en los juzgados quedan entrampados en una situación ficcional que los aleja de la realidad que han vivido.

Es la inclusión del cuerpo desnudo del niño en el discurso jurídico lo que crea la ficción, inevitable porque es preciso escuchar a la víctima y preguntarle, pero el procedimiento no debería transformar en falsedad la narrativa del niño; solamente lo inscribe en una dimensión ficcional del discurso jurídico que se utiliza a veces como duda y aun certezas respecto de la verosimilitud del relato. Verosímil no es lo que sucedió, sino el modo de narrarlo por parte de la víctima. La confusión entre categorías conduce a que se torne falso aquello que dice esa criatura a la cual la práctica jurídica convirtió en sujeto ficcional. Su descripción proviene de un niño que por el solo hecho de estar declarando ante un juez es un sujeto de la ficción jurídica. Lo cual pertenece a otra categoría respecto de la verosimilitud de su relato y en relación con lo que padeció.

Lo que le hicieron está inscripto en el cuerpo de la criatura, en su anatomía y en las que fueron sus reacciones iniciales en el momento de la violencia, algunas ahora inexistentes como huella corporal pero bordadas en cada sensación mentalmente preservada.

La verosimilitud de lo que el niño cuenta puede resultar atropellada por la búsqueda de “la verdad”, sin categorizar las diferencias entre lo ficcional del Derecho, lo verosímil de la narración de niños y niñas y sin radicar la pregunta emergente: ¿por qué sucederá de este modo?


Las lógicas actuales

Quizá sí podemos pensar que la inhumanidad asociada a las lógicas del mercado, del consumismo, de las adicciones (a la tevé, al trabajo, al alcohol, es decir, a las lógicas de quedar atrapados por otras cosas ajenas a los sentimientos hacia el otro) intervienen en la construcción de las relaciones vitales y vinculares. Las lógicas están reguladas por lo orgánico brutal, por la necesidad de satisfacerse, si estoy nervioso no me aguanto y pego, si empecé a pegar sigo pegando como el adicto, no puedo detenerme, como no puedo dejar de comprar, es decir, no puedo dejar de.

Ajena a determinismos biológicos facilitadores de cualquier explicación, prefiero pensar en la actual presencia de mecanismos sociales que inhiben la compasión y la solidaridad al mismo tiempo que producen el daño y garantizan la indiferencia moral hacia la víctima. Provenientes de cualquiera de las dos montañas que presionan el horizonte de innumerables niños y niñas. Dinamitar montañas no es ecológicamente recomendable, además también es riesgoso. Con la colaboración de los niños y de las niñas tal vez podamos perforar túneles que permitan atravesarlas, hacia otros paisajes, donde la ficción se torne aliviante y entretenida y lo verosímil sea priorizado por el mundo de las artes.

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