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"Si la libertad significa algo será,sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oir" George Orwell

lunes, 14 de abril de 2008

“Yo no tengo nada de qué quejarme”

“Yo no tengo nada de qué quejarme”

De paso por la Argentina para acompañar a The Beats en el Gran Rex, el baterista de The Beatles entre 1960 y 1962 deja constancia de que es mayor la satisfacción por esos años que la frustración por haberse perdido la Beatlemanía.


“Me molesta cuando dicen que Stu no era buen intérprete. Lo que tocaba iba justito con lo que hacía falta.”
Imagen: Pablo Piovano
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Por Facundo García

Que una banda decida dejar afuera a alguno de sus integrantes es frecuente y cualquier músico debería prepararse para enfrentar esa situación. Excepto si esa banda es The Beatles. Estar ahí lo más bien y ver de pronto que aparece el manager para decir “lo lamento, los muchachos decidieron reemplazarte por otra persona” es una de las fórmulas que podría usarse para construir la pesadilla perfecta. Eso es lo que le pasó al bigotudo que espera sentado para conversar, en la penumbra tristona de un teatro todavía vacío de la calle Corrientes. Detrás del jogging y las zapatillas deportivas puede reconocerse a Pete Best, el baterista que compartió más de mil shows con tres de los cuatro tipos más famosos de Liverpool.

Pete Best: los que se hayan asomado a la historia de los Fabulosos Cuatro quizá recuerden que George Harrison, Paul McCartney y John Lennon lo fletaron en agosto de 1962, tras los primeros dos años de tocar juntos. Poco después, “Love Me Do” la rompía en todas las radios y el nuevo baterista, Ringo Starr, conseguía su asiento en el expreso que iba sin escalas al tope de la fama mundial. El delirio posterior y el merchandising se encargarían de opacar otra versión posible, la que puede contar hoy el único ex Beatle que sigue viviendo en Liverpool; el único que además fue panadero y trabajador social antes de poder volver al escenario y el mismo que, a pesar de no haber recibido nunca una explicación acerca del penoso raje, aprendió a canjear el rencor por la alegría de haber sido parte de algo mágico. Como si fuera el médium de una juventud perdida, Pete susurra en su inglés cerrado que no excluye los chistes ni el candor un poco inocente de aquellos días gloriosos.

¿Cuál es la etapa que más le gusta de The Beatles?

–Por la intensidad, me quedo con el período que va del ’60 al ’62. En segundo lugar, diría que el ’63 y el ’64 también son especiales. ¿Sabe por qué? Porque hasta ese momento los chicos todavía estaban experimentando. Tocaban algunos covers, los investigaban, y cada tanto salía un tema propio. Más tarde la cosa cambió. Empezaron a sacar una canción tras otra. Investigaban sonidos, sí; pero había desaparecido esa obsesión por pensar qué era lo que finalmente iban a grabar, o cómo lo iban a hacer cuando llegara “el gran instante” en que se abriera la puerta del estudio.


Todo es historia

El recorte que propone Best tiene que ver directamente con su biografía. Decidió unirse al grupo en 1960, cuando Paul lo llamó por teléfono y le comentó que precisaban un percusionista porque les había salido un viaje para tocar durante varios meses en Alemania. Pete se presentó ante sus amigos –los conocía desde hacía un año–, pasó por una sencilla audición y a las pocas horas estaba embarcándose con ellos hacia Hamburgo. Así, The Beatles salían a la cancha con John, Paul y George en guitarras, Stuart “Stu” Sutcliffe en el bajo –puesto que con el tiempo ocuparía McCartney–, y Best marcando el ritmo con furia desde el fondo. Se vestían con camperas y pantalones de cuero negro, un atuendo que sólo usaban los que andaban en moto. Tenían trabajo y chicas, y aunque las cinco o seis presentaciones semanales que debían hacer eran larguísimas, les quedaba un resto para escaparse a la zona roja y a bares donde “sólo se tomaba alcohol”, aunque en cantidades psicodélicas. De esas jornadas no quedó dinero, pero sí una lluvia de anécdotas que el entrevistado se divierte en difundir allí donde esté.

Una de las más conocidas es la que cuenta cómo una vez The Beatles decidieron salir a robar. Se habían dado ánimo y se escondieron a la espera de algún perejil. Vieron venir a un marinero inglés, y cuando llegó la hora de salir a punguearlo arrugaron todos, menos Pete y John, que entre los nervios y su escasa capacidad pugilística salieron corriendo. Creyeron, no obstante, que tenían en su poder la billetera de la víctima, aunque el pánico les había hecho tirar todo. Con relatos como ése, Best cautiva audiencias de todos los continentes, presentándose al mismo tiempo con la Pete Best Band y también con algunos amigos.

–Si andaban en ese tipo de actividades no deben haber estado muy cómodos. ¿Cómo era vivir con The Beatles en Hamburgo?

–Dormíamos en un lugar que para ser descripto necesita de una expresión que usamos mucho en Liverpool. Me refiero a la palabra crap (“mierda”). Eran unas piezuchas al fondo, nada más. Lo mejor es que esa pobreza no nos afectaba para nada. Eramos muy jóvenes y sentíamos el rock and roll en el alma. Esa era la clave. Habíamos conseguido llegar a Hamburgo de una forma divertida, teníamos un sueldo, mujeres que nos seguían. Ahí estábamos John, Paul, George, Stu y yo, súper conectados y tocando seis o siete horas cada noche. Se imaginará que todo lo demás era parte de la aventura, bancábamos casi todo mientras pudiéramos seguir conectados con la música. Y subrayo esto de la música como eje, porque fui viendo poco a poco cómo se metían en nuestras vidas las fans, los clubes que pagaban mejor, las fiestas y tantas otras variables que empezaron a jugar. Por entonces éramos una combinación perfecta. Nuestras presentaciones eran lo que los jóvenes –sobre todo los de Alemania– estaban esperando: mucha fuerza, más la posibilidad de beber, estar de fiesta o hacer lo que se nos diera la gana ahí arriba, permanentemente sobre el escenario.

–O sea, la “etapa alemana” podría interpretarse como el período “romántico” del grupo, una antesala bohemia del éxito comercial que vino después...

–Yo lo veo más bien como un tramo de desarrollo, cada uno metido hasta el cuello en la búsqueda. Necesariamente eso te hacía crecer en el manejo del escenario, en profesionalismo, en capacidades de ejecución. Cuando regresamos a Liverpool éramos una máquina. Sentimos que habíamos ganado mucho. Nos hacían tocar seis o siete horas, y cuando volvimos a Inglaterra nos pedían un show de una, a lo sumo dos. La potencia que lográbamos concentrar en ese ratito era increíble.


Flequillos

Cuenta la leyenda que en Alemania, George, Paul, John y Stu decidieron usar flequillo por consejo de la novia de este último, la fotógrafa y artista plástica Astrid Kirchherr. El dato quizá demuestre que Sutcliffe era un importante eslabón entre cierta vocación plástica y los sonidos. Como sea, su muerte por derrame cerebral dejaría una marca profunda en todos, especialmente en Lennon. “La vida de John ya estaba teñida de un aire medio trágico –explica Best– y lo de Stu le sentó definitivamente mal, porque ambos eran muy unidos.” Para el primer baterista oficial de Los Beatles, los que contaron el cuento han tenido olvidos notorios respecto del aporte de aquel muchacho: “Me molesta cuando algunos dicen que Stu no era buen intérprete. Era un músico sencillo, es verdad, pero lo que tocaba iba justito con lo que hacía falta. Otros dicen que tocaba de espaldas al escenario. Tonterías. Yo mismo a veces, mientras toco, miro para abajo. El simplemente se ponía así (gira el torso 45 grados), un poco de costado”.

–El aporte de Sutcliffe quizá pueda valorarse teniendo en cuenta una estética más general. Lo que lleva de vuelta a un tema clave, porque las fotos de la época muestran a todos con flequillo, menos a usted. ¿Tan mal le quedaba?

–¡No, después me lo dejé! (risas). No ahí, sino a mediados de los ‘60. Estaba harto de que siempre apareciera uno que decía que me habían dejado afuera por no usar flequillo. Entonces fui y me hice el “mop top”, solamente para demostrar que ése no había sido el problema de fondo para que me echaran. Un día me dije: “Ok, suficiente de este peinado”, y me puse el pelo más o menos como lo tengo ahora.

–Recapitulando: cuando terminaron estas volteretas iniciales por Europa la banda regresó a Liverpool. Aparece un contrato de grabación con EMI. Usted ya había participado en la grabación de un demo con una versión de “Love Me Do” que –salvo por alguna diferencia sutil en el tempo– no es muy distinta a la que quedó finalmente en Please Please Me (1963). Sin embargo, un día Epstein le dice que han decidido que salga usted y entre Ringo. ¿Empezaría ahí una etapa menos “apasionada”?

–Algo así. Ahí arranca otra onda. Se acabó esa locura del principio, los chicos fueron perdiendo energía y simultáneamente ganaron habilidad y técnica a pasos agigantados. Desde el punto de vista formal, eso trajo también sus consecuencias, porque pasaron de usar un sonido que contenía un mensaje a la elaboración de un mensaje que transportaba sonidos. Fíjese que hay una diferencia sustancial. Una propuesta musical que tenía un background se fue convirtiendo en un mensaje que tenía una especie de fondo sonoro que lo acompañaba. También es un camino interesante, por cierto.

Las décadas se llevaron la bronca. Algún suspicaz podría pensar que la tranquilidad tiene que ver con el dineral que Best ganó cuando a mediados de los ‘90 el disco Antology 1 incluyó grabaciones en las que él había participado. Un análisis más atento lo muestra como un tipo sencillo y honesto que tuvo que yugarla todas las mañanas para ganarse el pan. Cuando se le consulta acerca de su opinión sobre otros protagonistas de la movida, responde como un caballero. De Brian Epstein, el hombre que le comunicó su expulsión, dice que “se han destacado demasiado los aspectos polémicos de Brian. Que era gay o que era una persona naïf para manejarse en el negocio, por ejemplo. Lo cierto es que sin él conseguir un contrato hubiera sido muchísimo más difícil”. Reserva la misma actitud para el recientemente fallecido Neil Aspinall, con quien mantuvo una amistad que no impidió a Neil convertirse en el hombre fuerte de Apple, la empresa que administra hasta el día de hoy las ganancias de los Fab Four. Con George, Paul y John, en cambio, no volvió a tener comunicación.

Se han tejido todo tipo de especulaciones sobre el reemplazo de Best. Algunos dicen que no llevaba una vida tan salvaje como sus compañeros, otros opinan que lo echaron porque tocaba mal la batería, y hasta se ha dicho que el despido tuvo que ver con que el muchacho tenía demasiado levante con las chicas y eso despertaba celos en los otros. Como sea, sólo unos pocos saben la verdad, y lo más probable es que el hecho se mantenga como uno de los grandes misterios de la historia del rock. Para el entrevistado, la respuesta, en todo caso, consiste en cambiar de perspectiva.

–Cada uno tiene interrogantes con los que tiene que aprender a convivir como mejor puede. ¿Cómo resolvió usted el misterio personal de que lo relevaran justo antes del éxito masivo, sin darle nunca una explicación?

–Mire, llega una instancia en la vida en la que uno conquista cierta paz, y si tiene suerte también consigue autoconfianza. Tarde o temprano, si aprendiste algo, te proponés fortalecer tu carácter y lo que te hace mal empieza a verse cada vez más lejano. Al final uno descubre que la vida tiene que ver fundamentalmente con el hoy y el mañana. Con el ayer, lo mejor que se puede hacer es tomarlo con humor. Cuando aprendés a verlo de esa manera, te das cuenta de que podés encontrarle un sentido alternativo a eso que tanto te angustiaba. Redescubrís la salud, la felicidad, los amigos. Yo tengo una esposa hermosa, dos hijas, cuatro nietos. Estoy acá, esta tarde, conversando. Me siento vivo y muy contento de andar de paseo por Argentina. ¿De qué me puedo quejar? Cuando uno es capaz de percibir eso, se terminó el misterio.

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