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"Si la libertad significa algo será,sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oir" George Orwell

viernes, 21 de septiembre de 2007

educacion

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La mano tendida

Fátima Freire, una de las cinco hijas de Paulo Freire, asume el legado de su padre siendo ella misma educadora. Define su trabajo como “el acto de estar presente” al lado de maestros y maestras que se están formando, “marcando” sus cuerpos, que se convierten así en la usina de temas que se elaboran en ese proceso.





Por Veronica Gago

Desde San Pablo

Fátima Freire, educadora e hija del legendario Paulo Freire, acaba de editar en Brasil su primer libro. Dice que le costó parirlo más que a cualquiera de sus hijos. El título es una síntesis conceptual de su trabajo como formadora de docentes de todos los niveles: Quien educa marca el cuerpo del otro. “Se debe a que estoy asqueada de leer libros de educación que no sienten nada respecto de lo que dicen: o son recetas o son directamente incomprensibles”, agrega en un castellano con un acento arrastrado desde los largos años que vivió en Chile.

¿Cómo empieza su recorrido en la educación?
–Siempre me gustó aprender. De allí me surge una curiosidad por cómo una aprende, es decir, a partir de mi propio deseo de aprendizaje. Lo que más me marcó en este sentido fue una experiencia riquísima y es que en mi casa mis padres tenían como regla que el proceso de estudio no se hacía en escuela privada, sino en la escuela pública, popular, de Recife, la ciudad donde vivíamos. Eso fue lo mejor porque resulta que yo aprendí a convivir con mundos distintos: estudiaba con las niñas que vivían en las favelas al mismo tiempo que frecuentaba la clase social a la que yo pertenecía. ¿Qué me dio esto? La claridad del cuerpo, de lo vivido, del privilegio que significa tener comida y libros en la propia casa. Como mujer madura, hoy me doy cuenta de que esa conciencia te lleva a envolverte en un proceso político-social que implica pelear para que pueda existir un mundo mejor. Otro privilegio que me dio esa experiencia de infancia fue el de circular en estos dos mundos con mucha naturalidad. Siempre tuve claro que no se trataba de dejar de ser yo misma para involucrarme en un proceso de transformación: nunca me cambié de ropa para ir a un barrio. Al inicio, cuando llego a ciertos lugares a los que voy a hacer cursos de formación siento que la gente piensa: “¿Qué es lo que hace esta mujer vestida de ese modo acá?”. Esto lo sé porque lo siento en las personas y porque después, cuando entran en confianza, ellas mismas me lo dicen. Pero cuando comienzo a hablar y empezamos a estar juntos esa sensación desaparece. Ese estar con el otro o la otra que claramente no es de mi propia clase social se convierte en un estar verdadero, porque se logra un respeto mutuo y esto me viene de esa experiencia de infancia.

¿Cuál es tu trabajo actual?
–Lo fuerte de mi tarea es el trabajo de formación con profesores de primaria, secundaria y universitarios, sean de escuela pública o privada. Defino esa formación como el acto de estar presente al lado del maestro o maestra en su proceso de aprendizaje. Y le llamo a esto poner la mano en el cuerpo del otro: me refiero al sentido de marcarlo, de estar realmente con él, de ser generosa a la vez con el otro y con una misma. La que practico es una formación totalmente autónoma y creo que va más allá del sentido de educar en términos estrechos, en la medida en que yo no tengo nada predeterminado: ni textos, ni programas ni currículas. Pero a la vez se puede decir que tengo todo porque trabajo con el cuerpo de los profesores y profesoras: todos los temas que trabajamos los saco del cuerpo de cada quien.

¿En qué consiste esa formación que practica?
–Podría decirte que tengo tres objetivos básicos para la formación: aprender a hablar, aprender a escribir y aprender a defender lo que se dice y lo que se escribe. En este aprender a hablar hay sutilezas. Por ejemplo: cuando trabajo con el cuerpo del profesor/a insisto en utilizar esa expresión que refiere al cuerpo y no decir simplemente “yo trabajo con el profesor/a” porque sí, no, se da por sentado que sólo se trabaja con la cabeza. De allí que le doy importancia a la historia de vida: no me refiero sólo a cuestiones personales, sino en el sentido de quién eres y cuál es tu forma de estar en el mundo, porque ése es el modo en que te vinculas con el mundo. Por ejemplo, en la mayoría de las escuelas de Brasil es muy difícil que a los niños y niñas les guste leer. Y esto es una queja permanente de los profesores. Por eso yo acostumbro a decirles: “qué martirio debe ser sensibilizar el cuerpo de tus alumnos/as hacia el placer de leer, ¡si a vos no te gusta leer!”.

¿Cómo evalúa la situación actual de los docentes? Se la suele definir en términos de crisis...
–Yo veo que los docentes se sienten perdidos, cansados, estafados. Percibo en ellos una eterna sensación de nunca estar a la altura. Es decir, corren como locos y nunca consiguen tener las tareas al día. Es una cadena de ida y vuelta infinita y no saben qué hacer. Al mismo tiempo, hay una evidente crisis de autoridad. Creo que la maestra o el profesor lidian con dos aspectos de la autoridad. Hay un aspecto que es “funcional” y otro que es “social”. La autoridad social la recibís, es decir, es otorgada cuando te invisten de un cargo. Pero en Brasil la figura del profesor está socialmente desautorizada o no reconocida. Hoy el mero hecho de que te digan que sos el encargado de tal curso no te vuelve efectivamente profesor de ese grupo. Para eso debes construir en el aula, con tu clase, una autoridad funcional. Pero nadie te enseña, como docente, qué camino debes recorrer para lograr esa autoridad. Por eso hoy en Brasil cualquier profesor/a se encuentra hablando a su clase como si estuviera totalmente desnudo, sin ningún soporte de la autoridad social ni del propio grupo de alumnos que tampoco lo reconoce como autoridad.

¿La misma crisis afecta a padres y madres?
–Sí, si los educadores en general están sin soporte para ocupar el lugar de autoridad, lo mismo les pasa a los padres y las madres. En algunas escuelas privadas, por ejemplo, cuando los profesores quieren retar o marcar algo a algún alumno, éste se levanta y le dice: “No te olvides de que es mi padre quien te paga el salario”. ¿Qué hacemos con esto? Las reuniones pedagógicas existen, pero no hay reflexión sobre este tipo de temas o problemas, que son los que realmente deberían discutirse en el equipo docente.

¿Esta crisis de la educación formal da más espacio a las prácticas de formación alternativas?
–Creo que está posibilitando que muchas otras personas y organizaciones dirijan su atención hacia los resultados de procesos de aprendizaje en educación no formal, porque son mucho mejores que los obtenidos por la educación formal.

¿Cuál es la clave de lo no formal para ser eficaz en esta época?
–La experiencia que yo tengo es que las situaciones de aprendizaje no formal dan lugar a una vivencia particular porque en ellas se autoriza, se permite, que la afectividad permee las relaciones. Otro aspecto fundamental es la no presión del sistema, porque el sistema es algo que te estructura, te fija y te termina enyesando. Estoy convencida de que mientras no se tenga un deseo político capaz de investir la figura del educador/a, hablaremos de la crisis en la educación.

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