(COMO) EMPEZANDO DE NUEVO

"Si la libertad significa algo será,sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oir" George Orwell

viernes, 8 de febrero de 2008

¡Hagan juego, señoras!

¡Hagan juego, señoras!

Pasión incontrolable, “forma no ligada al objeto de dependencia psicofísica con pérdida del control del impulso” según una definición más bien médica, placer difícil de describir...

La escritora y editora española Esther Tusquets lo ha contado en una novela recientemente. Mucho más acá todavía, dos jugadoras 100% argentinas, aunque una más apasionada que la otra, dicen que sí, que el jugar tiene algo de destino, de adrenalina, de sustraerse al mundanal ruido, aunque sea en medio del casino. Sobre perdiciones y aledaños se explayan, aquí, la actriz y cantante Rita Cortese y la guionista y periodista María Rita Figueira.




Por Moira Soto

Casi todo el mundo tiene algo para decir sobre los juegos de azar, generalmente en contra, desde la moral y las buenas costumbres, la psicología, la defensa de la propiedad privada, la familia. Un clásico de la ficción, la novela El jugador de Dostoievski, narra la transferencia de la pasión amorosa frustrada del protagonista, Alexei Ivanovich, a la dependencia inexorable de la ruleta en decadentes salas de juego, por supuesto perdiendo hasta los calzones. Más objetivo, Juan José Saer publicó en 1969 Cicatrices, cuatro historias ligadas entre sí por un mismo episodio: en Marzo, abril, mayo se cuenta de manera magistral, casi entomológica y en primera persona, la relación cada vez más intensa y fatalista entre el abogado Sergio Escalante y el juego: el hombre empieza ganando, creyendo que puede dominar el azar, no hace caso de los consejos de su abuelo (“lo que viene fácil, se va fácil”) y en su escalada imparable se juega los ahorros de la chica de los quehaceres domésticos, pide un préstamo importante y, naturalmente, pierde mucho más de lo que gana, sabiendo que no juega para ganar.

Las teorías de Escalante sobre la división entre juego de caos y de orden no dejan de tener cierto asidero, aunque este personaje no se basa en cálculos matemáticos, como tantos científicos lo hicieron, particularmente a partir del siglo XV, época en que los juegos de azar ya tenían una tradición de milenios. La meta de célebres hombres de ciencia era encontrar un modelo matemático de los eventos regidos por el azar. El holandés Christiaan Huygens, en el XVII, escribió el primer tratado científico conocido y, poco después, el francés Abraham de Moivre desarrolló su Doctrina de las oportunidades, tema que en el mismo siglo atrajo a Blas Pascal y a Pierre de Fermat (una disputa entre jugadores llevó a ambos a crear la Teoría de las probabilidades). Ya en el XIX, el marqués Pierre-Simon Laplace introdujo nuevas ideas en su libro Teoría analítica de las probabilidades. Después de varios siglos de controversias, en 1933 se incluyó la teoría de las probabilidades dentro de la teoría de la medida. Es cosa sabido, aunque seguramente ninguno lo confesaría, que algunos matemáticos brillantes y memoriosos desarrollan habilidades para ganar al black jack, por ejemplo, pero deben conducirse con cautela, cambiando continuamente de casino, para no llamar la atención.

Experta jugadora de poker, asidua del bridge y de otros juegos afines, la española Esther Tusquets, escritora y editora, acepta divertida su fascinación por el azar y por los lugares y los personajes vinculados con estas actividades lúdicas. El año pasado publicó su novela ¡Bingo!, donde recrea sus experiencias en este campo. Al igual que las entrevistadas de Las12, Rita Cortese y María Rita Figueira, dos jugadoras asumidas públicamente que no piden perdón, Tusquets reconoce su atracción por el juego que la ha llevado, por ejemplo, a irse de la cena donde se celebraba el premio Herralde que acaban de otorgarle, porque tuvo el antojo de ir a jugar.

Menos complaciente y más solemne, la medicina legal considera la pasión por el juego como el síntoma aparente de un proceso neurótico más profundo, con presencia de rasgos patológicos de la personalidad, si bien se supone que rara vez se encuentra una dinámica de tipo “tendencia patológica irreprimible” con pérdida de control y ausencia de capacidad de decisión libre. Con lo que se volvería difícil alegar disminución de responsabilidad criminal en el caso de un delito cometido por un sujeto apasionado por el juego, en cuyo caso sería muy poco probable una exculpación completa en tribunales por causa de esta dependencia que la psiquiatría quizá denominaría “forma no ligada al objeto de dependencia psicofísica con pérdida del control de impulso”. Ejem.

Casi no hace falta presentar en estas páginas a Rita Cortese, magnífica actriz y cantante, cuyo exitoso show tanguero, El amor, ese loco berretín, se repone con repertorio renovado próximamente en la sala El Nacional (Estados Unidos y Balcarce, los viernes a las 22.30), mientras que se anuncia la salida para marzo del correspondiente disco, distribuido por Acqua. María Rita Figueira, también conocida de este suple, es una notable periodista deportiva que actualmente, además de integrar el equipo de Latinamerican Idol (el programa que va por la señal de cable Sony), está en la radio: los domingos de 9 a 12 en AM Del Plata hace Dicen que dicen; los sábados de 13 a 15, por AM La Marea, No seré feliz pero tengo partido. Cortese ha sido jugadora a lo grande, principalmente de ruleta, y no reniega de esa parte de su pasado, aunque no la quiere repetir en esa escala en el presente. Figueira es una jugadora controlada pero frecuente que no abandona su lado de cronista cuando visita las maquinitas del hipódromo de Palermo, “con la fe de los conversos, porque hasta hace pocos años no había jugado nunca”.

“Para mí, el juego ya no es un lugar de diversión”, dice Rita Cortese. “Se ha convertido en un lugar de angustia. Y lo que no me da placer, trato de apartarlo de mi vida. Yo también fui conversa como vos, María Rita. Si bien hasta hace unos años no había casino en Buenos Aires, sí en otros lugares, pero yo jamás me tomé un micro para ir a jugar, aunque podría haberlo hecho. Ahora, si iba a Mar del Plata, a Punta del Este, jugaba. Ruleta siempre, maquinitas alguna vez. Entonces, ponen el casino acá y yo empiezo a ir mañana, tarde y noche, ganando muchísima plata y perdiendo muchísima más. Pero el casino era un lugar donde, cuando yo entraba, me calmaba, me provocaba paz. Hoy es un lugar donde ya no quiero estar, donde hay una zona mía que no reconozco. Es un lugar que, en mi caso, me doy cuenta de que me ha hecho perder libertad. Y por otro lado es un espacio donde he tenido la sensación de que ahí no existe la muerte, lo único que existe es el 20, el 22...

¿Cómo son sus respectivas historias con el juego?
R. C.: –Creo que el flechazo aparece con mi madre, que iba todos los santos días de Dios de la temporada de Mar del Plata a jugar en el Casino. Y yo llegaba de la manito de mi padre a buscarla a la salida, adivinando, cuando ella bajaba las escaleras del Provincial, si había ganado o no. Yo creo que mi madre se medía, pero no sé hasta qué punto si iba a la tarde, a la noche, diariamente. Papá a lo mejor iba dos veces en toda la temporada y se jugaba una fortuna. Creo que de ahí sale mi etapa de jugadora. Hoy no me ufano de eso; en otros momentos sí, me encantaba. Me parecía que el juego me daba una libertad sin límites, una cosa absoluta que sin duda la tiene. Ojo, cuando jugás de verdad es zona de riesgo. Yo he perdido mucho, actualmente no tengo back up pudiendo tenerlo, por el juego. Entonces dejó de ser un chiste, ¿no? Pero me gusta hablar de esto porque es una manera de terminar de exorcizar determinadas cosas.

M. R. F.: –Yo no he tenido problemas de dependencia ni con la falopa ni con el alcohol, sí con la comida, que ha sido para mí una especie de tatuaje. Hace alrededor de veinte años que la estoy dominando, pero sé que eso no se cura. Con el juego es reciente. Yo viví en Neuquén y en Rosario como 25 años, lugares donde el juego no existía. La gente iba a Paraná o a Corral de Bustos, en Córdoba. A mí ni se me pasaba por la cabeza la idea de ir a jugar, tampoco se jugaba en mi familia. Pero un día todo cambió para mí. ¿Se acuerdan de Hannibal, la segunda parte medio chotex de El silencio de los inocentes? Por supuesto, Hannibal tiene excelente gusto, es refinadísimo, pero manda una correspondencia que al ser analizada revela un sello de Las Vegas. La chica, Julianne Moore, comenta: “No, allí no estuvo porque él es un exquisito”. Y yo, en el momento del estreno, todavía compartía ese concepto, a Las Vegas no hubiese ido ni loca. Bueno, vengo a trabajar a Buenos Aires, estábamos escribiendo mucho con una guionista, emboladas, ya de mal humor, y ella me pregunta: “¿No querés conocer el barco?”. Me tomó por sorpresa, me dejé llevar. No me voy a olvidar nunca de la primera impresión: el casino flotante me pareció patético, deprimente, todo era espantoso. Ella me dice: “Pidamos una picadita”. Pensé que iríamos a un restaurante, pero la trajeron al lugar donde estábamos jugando. ¿Y qué pasó? Jugué, gané, fue un click. Me fascinó, sigo fascinada. Ahora voy al Hipódromo de Palermo, muy lindo arquitectónicamente, pero siempre a las maquinitas que yo sé que no te dan chapa... La ruleta, los caballos tienen otro glamour.

R. C.: –Cómo no te vas a fascinar si te quedás ahí pegada, hipnotizada...

M. R. F.: –Las maquinitas son temáticas, hay de películas, de ranitas, ¡de Betty

Boop, mi amor! Son una belleza, me dan ganas de llevar a mi sobrinito... Yo soy bostera fundamentalista, milito en Boca Juniors: hice una promesa de no tomar vino ni comer chocolate cuando Boca ganó la Intercontinental en Japón y cumplí, un año costándome un montón. Con las maquinitas intenté no ir durante tres meses, y no pude. Me doy cuenta de que tengo una neurosis de superyó muy fuerte que me hace no arriesgar más de lo que tengo, no excederme. Pero gasto mucha plata en jugar.

¿Sin poner en riesgo a terceros?
M. R. F.: –No, nunca, para nada.

R. C.: –Pero eso es algo que suele pasar, porque para empezar se pone en riesgo una.

¿El riesgo pasa por perder guita, por desafiar al destino, por asomarse a un abismo?
R. C.: –Bueno, yo creo que el que juega de verdad, juega con todo.

M. R. F.: –¿Viste lo de Miguel Angel, La agonía y el éxtasis? En el juego pasás de un extremo al otro sin transición.

R. C.: –El jugador juega para perder. Vos ganás 5000 pesos a las 3 de la tarde y no te vas porque sabés que al otro día volvés. Llega un punto en que es tal el sinfín que deviene pérdida, pérdida, pérdida...

M. R. F.: –Y no prorrateás, porque si ganás 5000, seguro que perdiste más.

R. C.: –Es que siempre se pierde. Pero hay algo también religioso en el juego: es una meditación, es presente puro. En este sentido, creo que el juego puede llegar a ser ciertamente sanador: no existe nada más que lo que está pasando ahí: el 17. El 15, el 20, el 8, lo que fuere. Después, puede ser que no sea tan sanador, porque fumás el doble, chupás... Cuando podés distanciarte, aparece una energía de tal desesperación que realmente no es agradable. Pero esto no me pasaba a mí en la época de auge, ni lo que pienso hoy supone que no tenga que haber casinos, por favor: cada uno elige, y los juegos de azar no los inventaron en el 2000... Todo depende de la medida con que se hagan las cosas: si vos te tomás un whisky por día, te cae brutal; ahora si te tomás una botella, sonaste. Bueno, yo he llegado a tomarme una botella en materia de juego, en cuanto a la dependencia.

¿Pasándola realmente bien?
R. C.: –Lo he pasado fantástico jugando, de verdad. Cuando no me pasaba lo que hoy me pasa, era maravilloso, esa sensación de estar suspendida en un presente puro, desligada de todo.

Si no es por la plata, ¿es entonces por esa sensación que se juega?
R. C.: –En mi caso creo que sí, aunque una no lo haga consciente en el momento de jugar. No es que vos vas porque te querés olvidar de todo y entrar en ese estado. Por ahí, esa idea estaría más relacionada con el alcohol, supongo yo. Por suerte, alcohólica no soy, por ahora, aunque me gusta tomar. Al juego te lleva la compulsión.

M. R. F.: –Sí, es compulsivo, pero puede haber situaciones que contribuyan. Yo he sufrido una educación espartana, me han tenido recagando. Esto, que por un lado me ha hecho padecer, creo que me ha dado esta fuerza para no pasarme de la raya, esta forma de la responsabilidad que me hace no jugar tanto como desearía. Yo soy incapaz de descuidar el laburo, por ejemplo.

R. C.: –Y no, cómo lo vas a descuidar si es lo que te sustenta el juego...

M. R. F.: –Sí, pero sabemos que hay gente que lo descuida todo. Hace un tiempo salió una nota en el diario sobre la ludopatía. En radio Del Plata propongo hacerle una nota a un jugador anónimo, consigo a un tipo divino, lo llamo, le dejo mensaje y me voy al Hipódromo. Y cuando vuelvo, está la respuesta de él explicándome que hace 6 años, 3 meses y 2 días que no jugaba: había llegado a cometer un desfalco, la mujer actuando como una especie de cómplice y a la vez de víctima. Fue una entrevista buenísima la de la radio. Porque a mí, además, el juego me encanta como tema, su color propio, su dramatismo, su cosa bizarra, que me despierta el humor negro. Tiene todo: hasta ves a una viejita que sólo le falta el suero y la sonda jugando sin parar...

R. C.: –Lo bien que hace en un caso así.

M. R. F.: –A mí gusta mucho, pero como les decía, me mantengo dentro de ciertos límites.

R. C.: –Hay una historia interesantísima de una jugadora que puso en peligro todo: su matrimonio, sus finanzas, todo. La tipa jugaba, jugaba, jugaba. Había sido corresponsal de guerra. Cuando entró a estudiarse el tema de su etapa de juego, resulta que era lo único que le provocaba una adrenalina comparable a la que le generaba estar en el frente era el juego.

O sea que hay un plus en el juego que no te lo da ni el alcohol ni el shopping, ¿tiene que ver con la pasión?
R. C.: –Creo que sí, que es una forma de la pasión. Pero cuando ves en la TV la avalancha que se armó en Mar del plata por el primer partido del superclásico de no se qué, eso no lo entiendo.

M. R. F.: –Bueno, chicas, es que ustedes no son futboleras. El fanatismo hacia un equipo excede toda racionalización. A ustedes les falta eso para ser felices del todo, no saben lo que se pierden...

R. C.: –De todos modos, estamos hablando de espectadores de un juego: el jugador de ruleta, de lo que sea, juega. Y creo que lo hace sin límites. Al menos yo no puedo jugar con límites. Sí puedo, con esfuerzo, comer con límites.

M. R. F.: –No seré entonces jugadora, pero lo vivo con placer y no quiero dejar de hacerlo. Seguro que he gastado más de lo que he ganado, pero creo que no es lo mismo el límite que la dependencia.

R. C.: –Creo que quedó claro que no me interesa juzgar a nadie, decir que esto está bien o que esto está mal. Simplemente, hablo de lo que me ha pasado a mí, de lo que me pasa hoy con el juego. Lo que pensé que era un gesto de gran libertad, me doy cuenta de que hoy me la quita. Eso es.

M. R. F.: –Yo tomo recaudos para no pasarme: no voy con la Banelco, aunque cuando salgo de casa estoy muy segura de que me voy a controlar, pero llega el momento y no hay modo. Entonces, voy siempre con el dinero que estoy dispuesta a arriesgar.

R. C.: –Ah, eso es otro número, otra cosa, está perfecto. Pero debo decirte que el jugador verdadero no se entera si entra Marilyn Monroe rediviva porque su cabeza está en otro lado. A mí me han dado palpitaciones: es entrar a jugar, pararte en la primera mesa y se acabó el resto del mundo. Me parece que hablamos de cosas distintas. Si tuviese detrás de mí un millón de dólares, a lo mejor estaría jugando de nuevo, no lo sé. Yo he llegado a ganar muchísimo dinero, y también a no tener plata para comprar cigarrillos. He tocado el límite con el juego, es mi estilo. Lo que pasa es que hay otros límites que me han devuelto más cosas que el juego, que más bien me ha quitado.

M. R. F.: –Aunque salga sin la Banelco, yo también creo que el juego tiene que ver con la pasión. En mi caso, con una tendencia al fanatismo, a los extremos, contraria a la indiferencia.

R. C.: –Ojalá yo pudiera ir sin la tarjeta. Pero si lo hago, cuando termino lo que empecé a jugar, me tomo un taxi, busco la tarjeta y cazo más plata...

Ustedes son jugadoras de un solo juego, prácticamente, pero hay personas que cultivan paralelamente distintas formas.
R. C.: –A mí punto y banca me aburre un poco, es de una violencia brutal. Se juega mucho dinero: esa parte me atrae. Pero lo otro, el tema de los números, me parece una maravilla.

M. R. F.: –A mí me llama más lo temático de la imagen. Las maquinitas son divinas, aunque sean de viejita con bastón. Hay todo un lenguaje alrededor.

R. C.: –Escuchen otra historia: mi época de juego mañana, tarde y noche, casino flotante, 2001, 2002, 2003. Me solía encontrar con alguna gente reiteradamente. Había un matrimonio, 40 años, muy bien, pinta de profesionales. Un día suena el teléfono –en la época en que te permitían contestar–, atiende ella: “Consultorio”. Era obstetra, ¿no es genial?

Además de lo religioso que mencionaste, ¿hay algo teatral en el juego?
R. C.: –Sí, claro. Lo religioso está en la conexión entre el tirador de la bola y los jugadores, en lo energético. Por eso creo que hay algo acertado en el viejo axioma que dice que el que gana se tiene que ir, cosa que sabemos que no hacen los verdaderos jugadores... Yo practico budismo, donde existe algo que se llama la iluminación de los objetos inanimados, porque son materia. Entonces, creo que existe la conexión del tirador, de la materia del paño en el momento del juego. Y esa concentración, esa energía, va y vuelve, es la que te hace ganar y la que te hace perder. ¿Sabés las veces que una dice “sabía que iba a salir tal número”? El pálpito es parte de la conexión energética.

Pero también hay algo de destino que se cumple en algunos juegos, que estaba escrito como en la tragedia, de ahí el fatalismo del jugador, de la jugadora.
R. C.: –Sin duda. Aparte de que ocurren tragedias reales. ¿Sabes por qué en el barco no se puede subir a la cubierta? Porque se ha tirado cualquier cantidad de gente, y no lo publican.

M. R. F.: –Pero aun jugando poco, cuando perdés, lo que te jode es que no tenés más plata para seguir jugando. Te vas de vos, retomás la dimensión perdida, observás el panorama y te puede parecer lo que a mí la primera vez que entré a las maquinitas.

En otras palabras, ¿se entra en trance en el momento de jugar?
R. C.: –Exactamente, entrás en trance, ésa es la parte mejor, claro que sí. Como ya dije, acepté esta nota porque es una forma de exorcismo para mí, de ponerlo afuera. Pero no porque lo haya ocultado: cuando ha salido el tema en entrevista, lo he mencionado.

M. R. F.: –Te pregunto algo, Rita, referente a esto de hablarlo y exorcizarlo: tu anécdota de “Consultorio” la asocio con otra situación: una vez me encontré con una mujer muy bien vestida, que parecía educada y que me contó que había estado tres días en Las Vegas sin dormir, se había jugado hasta los ahorros que tenía con el marido por si les pasaba algo. Y él no lo sabía. Como si mantuviera una especie de relación clandestina pasional... Me ha pasado de decirle a alguna amiga preocupada: “Tu marido no sale con otra, ¿sabes con quién anda? Con el casino”.

¿Como si se tratara de un espacio personal secreto?
R. C.: –Ah, no, no pienso eso, al menos para mí. Por eso, siempre que tuve oportunidad, lo he blanqueado. Quizás eso es lo que me ha salvado. Me parece que beber socialmente es muy distinto de beber en soledad... Nunca tuve ninguna adicción, que he tenido varias, encerrada. Miren qué interesante: tengo dos amigas que están pasando un momento de enfermedad grave, una atendida en los mejores lugares privados, la otra en el hospital público. Con la amiga que está atendida en el Roffo, saliendo a Dios gracias, pude darme cuenta a través de sus comentarios de que en la socialización de la enfermedad, en el cariño de la atención, ahí residen el paliativo, la curación. La enfermedad no es un castigo divino, cosa que sí se siente en el ocultamiento que se genera en los lugares caros, con las prepagas más importantes, donde la desprotección afectiva, la distancia que existe con el enfermo es brutal. Claro que las prepagas no sólo han cooptado la hotelería, sino también la cabeza de los médicos, entonces se ha convertido en un sistema perverso. Por eso pienso que es tan importante evitar el tabú. Pero sé que no es lo que ocurre habitualmente. Conozco a señores muy encantadores de la escena nacional que Dios me ampare y me salve si llegan a verse mencionados en esta nota...

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