(COMO) EMPEZANDO DE NUEVO

"Si la libertad significa algo será,sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oir" George Orwell

martes, 12 de febrero de 2008

La cocaína y la ciencia

La cocaína y la ciencia


Por Adrián Paenza

Algunas preguntas:

¿Cuánta cocaína se consume por día en la Argentina?

¿Cómo varía por ciudad?

¿Qué diferencia hay en el consumo, entre los días laborables y fines de semana?

¿Cómo incide el poder adquisitivo?

¿Cuánto dinero involucrado hay?

¿Cómo varía con el tiempo?

Podría seguir, pero prefiero parar acá, aunque le pido que sea generoso por un par de párrafos hasta que pueda mostrar cómo la ciencia y una idea revolucionaria pudieron y pueden cooperar.

No fue casual que hubiera elegido la cocaína. De hecho, me voy a apoyar en un estudio que se conoció en el año 2005 en Italia, siguió en Suiza en el 2006 y se extendió a una parte de España (Barcelona y Catalunya) en el 2007.

Era un camino inexplorado hasta acá y tan ingenioso como riesgoso para poder contestar las preguntas que figuran más arriba..., pero valió la pena.

En realidad, cualquier gobierno necesitaría poder contestar esas preguntas, si le interesa tener un relevamiento de lo que está pasando en la sociedad y de esa forma poder cuidar la salud de los ciudadanos y establecer políticas preventivas en consecuencia.

Un grupo de investigadores italianos, liderados por Ettore Zuccato, del Instituto de Farmacología de Milán, utilizó un procedimiento inédito: decidieron medir los niveles de una sustancia llamada benzoilecognina (a la que voy a llamar BE a lo largo de este artículo) que es eliminada a través de la orina solamente por aquellas personas que son consumidoras de cocaína.

Lo extraordinario es que midieron los niveles de BE en dos lugares muy particulares:

a) En las aguas del río Po (el más caudaloso e importante de Italia).

b) En cuatro piletones hacia donde confluyen las aguas residuales (cloacales) domésticas de más de cinco millones de italianos que viven cerca de Milán.

Lo que encontraron los impactó: en cuatro mediciones distintas, las aguas superficiales del río Po llevaban el equivalente de ¡4 kilos de cocaína diaria! Esto les permitió extrapolar los datos y concluir que se consumían en esa zona ¡40.000 dosis diarias! o, lo que es lo mismo, siete dosis por cada 1000 personas por día.

Afinando el estudio y considerando que la droga tiene un impacto mayor entre los jóvenes de edades que van entre los 15 y los 34 años, los resultados son más asombrosos: 27 dosis por día por cada 1000 personas de ese grupo.

Los datos oficiales del año 2001 decían que en ese grupo el consumo era de aproximadamente 15.000 dosis ¡por mes! Ellos afirman que el consumo linda con las 40.000 dosis por día.

Como todo estudio serio, necesita de confirmaciones por otras vías, o verificaciones por otros grupos para darle validez. Entonces, luego de medir las aguas del río Po, se abocaron al estudio de lo que sucedía en los piletones..., y ya sin tanta sorpresa descubrieron que todo cerraba, todo era consistente.

Más aún: para corroborar que la metodología (y los lugares) que eligieron para medir eran los adecuados, tomaron un grupo de drogas que los médicos prescriben habitualmente.

Seleccionaron las 30 más usadas (ibuprofeno, ansiolíticos, calmantes, anti-histamínicos, anti-depresivos, anti-inflamatorios, etc.) y estudiaron los niveles que aparecían en las mismas aguas en donde habían testeado la existencia de BE.

Los niveles que obtuvieron en todos los casos para todas las otras drogas eran los esperables.

La conclusión resultaba obvia: “Si funciona con las drogas ‘legales’, debería funcionar con las otras también”.

El informe incluye también un –mínimo– análisis del negocio involucrado. Haciendo cuentas muy groseras, si hay un consumo de 4 kg diarios de cocaína, implica un total de 1500 kg por año, lo que a un valor (en la calle, en Italia, en ese momento) de 100 dólares por cada ¡gramo! resulta en un total de 150 millones de dólares..., y sólo en la gente involucrada en el área de estudio.

El estudio tuvo impacto en Europa en forma inmediata. Lo repitieron en distintas ciudades, pero quiero detenerme en dos lugares en particular:

a) En una pequeña ciudad en Suiza (Saint-Moritz), un lugar dedicado –casi con exclusividad– a esquiar, con una población estable estimada en alrededor de 5600 habitantes, pero que está siempre “repleta de turistas”. Allí detectaron que se consumían 1400 dosis de cocaína ¡por día!

b) En Barcelona y alrededores, un área que abarca a 3.200.000 personas. Ahí el resultado es más impactante aún: se consumen ¡más de 73.000 dosis de cocaína por día! Concluyen los autores que estos datos casi duplican los que se obtuvieron no sólo en Milán, sino también en Valencia. Y otro dato interesante: el consumo también se duplica durante los fines de semana y los días feriados.

Es obvio que el BE encontrado en todas las mediciones tiene que ser menor que el que mide el consumo real, aunque más no sea porque más allá de recolectar la orina de las aguas cloacales, hay mucha gente que no necesariamente vive en condiciones que incluyan un baño. Por lo tanto, es difícil medir lo que se pierde. Es más: si hay imprecisiones en la medición, es por defecto y no por exceso.

Estos son sólo algunos ejemplos.

El impacto que produce el estudio es obvio. No hace falta ser muy ingenioso para darse cuenta de que esto permite hacer un relevamiento de la realidad sin necesidad de invadir la privacidad de nadie y en forma totalmente anónima. Lea de nuevo: no viola la privacidad de nadie y es absolutamente anónimo. ¿Les interesará igual a aquellos a los que sólo les importa punir, perseguir, castigar, especialmente si se trata de gente “pobre”?

Al mismo tiempo, permite entender un poco mejor la realidad que nos rodea y obrar en consecuencia. Pero, por supuesto, hay que tener la voluntad de hacerlo y reconocerle a la ciencia (y a los científicos) el lugar que les corresponde dentro de esta misma sociedad.

* Carlos D’Andrea, matemático argentino, doctorado en la UBA, ex profesor en la Universidad de California en Berkeley y actualmente profesor en la Universidad de Barcelona, es coautor intelectual de este artículo.

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