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domingo, 22 de junio de 2008

Los poderes de la jerarquía católica

Los poderes de la jerarquía católica

El periodista analiza la conformación, tras la caída de Perón, de dos líneas dentro de la Iglesia: el integrismo nacionalista y el cristianismo revolucionario. Ecos actuales de la vieja relación eclesiástica con las instituciones políticas.


Por Silvina Friera

“La historia de la Iglesia es una de nuestras grandes deficiencias.” Lo advirtió el entonces cardenal Antonio Quarracino, y lo recuerda Horacio Verbitsky en el epígrafe de La violencia evangélica (Sudamericana), el segundo tomo de la Historia política de la Iglesia Católica Argentina, que abarca el período 1955-1969, de Lonardi al Cordobazo. En esta investigación, respaldada por la documentación encontrada y por cientos de testimonios y entrevistas que permiten empalmar las piezas de un rompecabezas, que curiosamente hasta entonces nadie había intentado armar, el periodista describe y explica cómo se fueron conformando, dentro de la Iglesia Católica, dos líneas centrales: el integrismo nacionalista y el cristianismo revolucionario, después de la caída de Perón, en la que la Iglesia tuvo una participación decisiva. “Lo que me resulta asombroso es que la idea de la Iglesia Católica como hilo conductor de los proyectos reaccionarios en la historia argentina no haya sido conceptualizada previamente”, dice Verbitsky a PáginaI12.

En ese largo siglo que estudia Verbitsky, que empieza en el primer tomo con Cristo vence, “la Iglesia Católica formó parte institucionalmente del poder y de los gobiernos”. La imagen del Congreso Eucarístico de 1934 con el presidente Justo recibiendo al cardenal Pacelli, y esa concentración en la Avenida del Libertador donde miles de soldados de las Fuerzas Armadas comulgaron al aire libre; el apoyo del episcopado a la fórmula Perón-Quijano en 1946; la participación del cardenal Caggiano y el arzobispo Lafitte en la conducción del golpe de 1955, o la presencia de Ca-ggiano junto al presidente Frondizi en discursos transmitidos por cadena nacional en momentos de crisis institucional; la participación del cardenal Caggiano en todas las ceremonias de jura de ministros del gobierno de Onganía, firmando las actas junto con el dictador, o los actos de bendición de los sables de los nuevos generales por el arzobispo Tortolo o el vicario Bonamín durante la última dictadura son formas de participación de la jerarquía eclesiástica en el poder.

–¿Qué cosas descubrió durante la investigación del período que abarca La violencia evangélica?

–Me sorprendió la importancia de la Juventud Obrera Católica (JOC) como antecedente de lo que fue el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo en la década del ’60. Otra cosa que me sorprendió fue la relación estrecha del cardenal Caggiano con la dirigencia sindical, su relación con Augusto Vandor con José Ignacio Rucci. El más notable de los asesores de la JOC era Enrique Angelelli, en vinculación con el mundo popular, con el mundo del trabajo, cuestionando a la jerarquía por haberse alienado la relación con la clase obrera. Este proceso de Angelelli es doblemente interesante porque él ha sido comando civil. Angelelli fue uno de los organizadores de los comandos civiles católicos. En Córdoba estaba el arzobispo Lafitte y como organizador de los comandos civiles había un sacerdote italiano, Quinto Cargnelutti, cuyo principal colaborador era Angelelli. Una vez producido el derrocamiento de Perón, Angelelli es de los primeros en darse cuenta de que la Iglesia ha serruchado la rama sobre la cual estaba sentada; que al participar del derrocamiento de Perón se ha alienado la relación con la clase trabajadora. Eso lo descubren simultáneamente Angelelli, Carlos Mugica, Jaime de Nevares y otros sacerdotes jóvenes. Lo descubre Quarracino, que defendía la inserción de la Iglesia en el mundo popular, confrontado por Caggiano, que reprimía esa inserción. Lo impresionante fue que no hubo un solo pronunciamiento de la jerarquía condenando los fusilamientos de 1956, así como no hay hasta el día de hoy un solo pronunciamiento contra los bombardeos de Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955, del que se acaba de cumplir un nuevo aniversario. Claro, ese bombardeo fue hecho por aviones que tenían pintada la cruz en las alas, con absoluto respaldo y apoyo de la jerarquía. En esos cincuenta y tres años transcurridos no hubo una sola declaración de la jerarquía que condenara los bombardeos y los fusilamientos. Esto significa una identificación con la violencia represiva muy fuerte.

–¿Cómo se relaciona esta identificación con la frase que da título al libro, La violencia evangélica?

–Esa frase proviene de un documento muy importante del Episcopado que se firmó en asamblea plenaria en mayo de 1969, que se conoce como la Declaración San Miguel, el documento de actualización a la Argentina de las decisiones del Celam. Por primera vez la Iglesia plantea el pecado no como una actitud individual sino como un fenómeno social. La situación económico-social que vivía la Argentina era una estructura de pecado. El país, dice el documento, vivía un proceso de opresión que se daba en todos los sectores (económico, político, social y cultural); en consecuencia, el proceso de liberación que se tenía que dar en el país, que equivalía a la redención del pecado, también tenía que ser en todos los sectores. Los obispos se comprometían a participar en ese proceso de liberación con “la violencia evangélica del amor”. En la Argentina de mayo de 1969, la frase participar de un proceso de liberación con la violencia evangélica del amor no se prestaba a doble sentido; tenía un sentido único: los obispos se comprometían a ser parte de un proceso revolucionario de liberación y no descartaban el uso de ningún medio. Incluso Quarracino, que ya era obispo, dijo que los procesos revolucionarios requieren ciertas dosis de violencia. Quince días después de ese documento se produjo el Cordobazo.

–¿Con el paso de los años, qué actitud tuvo el Episcopado frente a ese documento?

–En marzo de 2006, el Episcopado editó una recopilación de documentos de la Iglesia de los últimos treinta años, que tiene un prólogo muy interesante de Bergoglio, donde dice que “no hay que tenerle miedo a la verdad de los documentos”. Entre otros, está este documento de San Miguel, pero estas cosas que estoy diciendo están mutiladas del documento, hay puntos suspensivos entre párrafo y párrafo. Aún hoy la jerarquía eclesiástica no se hace cargo de la responsabilidad que tuvo en el proceso político argentino. Cuando se produjo la represión tanto en la dictadura de Lanusse como luego en la de Videla, en vez de participar en el proceso de liberación con la violencia evangélica del amor, formó filas con la dictadura para reprimir a esos jóvenes que habían leído el mensaje evangélico y que sí se lanzaron a participar del proceso de liberación. El gran estigma del Episcopado argentino es que no ha podido hacerse cargo de sus responsabilidades; las borraron con puntos suspensivos...

–¿Cómo impacta en la jerarquía de los años ’60 la conformación del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo?

–En la década del ’60 la jerarquía estaba en relación estrecha con los gobiernos antipopulares, pero dentro de la Iglesia había un movimiento de base muy fuerte que justamente buscaba el contacto con los sectores populares. Ese momento de contestación al interior de la Iglesia, respaldado por el Concilio Vaticano II y por los documentos de la Conferencia Episcopal Latinoamericana en Medellín, produce el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, que se constituye en una especie de jerarquía paralela. Esto es un trauma tremendo para la jerarquía, porque la Iglesia católica es la última monarquía absoluta del mundo, y esta horizontalidad contradice fundamentalmente la verticalidad. Hay una cruz de conflicto entre la verticalidad de la jerarquía y la horizontalidad de ese movimiento. La jerarquía lo siente como un desafío a su poder; su propia existencia está en cuestión. Este movimiento horizontal crece en tanto y en cuanto el contexto sociopolítico lo permite. Ese movimiento sacerdotal es paralelo al proceso de nacionalización de las clases medias y a las luchas populares por el regreso de Perón, el socialismo nacional y todos esos conceptos propios de la época. Pero el regreso de Perón a la Argentina pone internamente un límite en el peronismo a todos esos movimientos. En noviembre de 1972, Perón les echa un balde de agua fría a los Sacerdotes para el Tercer Mundo cuando les dice que los quiere en la Iglesia rezando y no en las calles y en los barrios haciendo política. Y produce dentro del movimiento la misma conmoción que produjo dentro de la juventud peronista. A partir de ahí todavía hay un par de años –el gobierno de Cámpora, de Perón, de Isabel– en los cuales se mantiene una pulseada interna de poder entre esas dos franjas dentro de la Iglesia, hasta que con el golpe del ’76 la jerarquía recupera absolutamente el control. Esa es una de las razones por las cuales la jerarquía es tan partidaria de la dictadura, porque la dictadura viene a poner orden dentro de su propia casa.

–¿Qué posibilidades habría hoy de que se diera dentro de la Iglesia una situación de confrontación similar a la que hubo en los ’60?

–La situación actual es distinta. Hay ciertos movimientos horizontales en la Iglesia, específicamente el grupo de Sacerdotes en la opción por los pobres, pero no es un movimiento que le dispute el poder a la jerarquía. Estos sacerdotes han incorporado la experiencia anterior y saben que la estructura jerárquica de la Iglesia católica es muy difícil de conmover y que todos los recursos del poder institucional están en contra de quien intente alzarse. Por otra parte, las condiciones externas son totalmente distintas. Hay gente viviendo en situación de absoluta pobreza, hay una concentración brutal de la riqueza, pero lo que no hay a escala nacional, pero tampoco mundial, es un movimiento contestatario como el que se produjo en la década del ’60. Las dos grandes iglesias, la católica y la comunista, entran en crisis en la década del ’60. El período que abordo en La violencia evangélica es el de mayor crecimiento de la economía y de mayor transferencia hacia las clases subordinadas. Ese proceso se agota en los primeros años de la década de 1970 cuando comienza la implantación del paradigma neoliberal, con la crisis del petróleo de 1970, con la desvalorización de las monedas, con el abandono del patrón oro.

Verbitsky subraya que dentro de la Iglesia Católica hay sectores vinculados con la opción por los pobres que, aun con posiciones críticas frente al gobierno de Cristina Fernández, procuran formas de acercamiento porque “no están de acuerdo con la opción por los ricos que se manifiesta en estos movimientos llamados del campo, donde sectores de clase media urbana y rural militan activamente a favor de la concentración del ingreso”. Pero este intento de acercamiento, según aclara el periodista de PáginaI12, no tiene un reflejo significativo en la jerarquía. “La posición de confrontación virulenta que plantea Bergoglio no es acatada automáticamente por el conjunto de la jerarquía, pero tampoco hay dentro de ésta algún sector que plantee abiertamente un acercamiento a las políticas estatales –explica el autor de El vuelo y Robo para la corona, entre otros títulos–. La última declaración del Episcopado es notable. Por primera vez en mucho tiempo no hace ninguna referencia al problema de la distribución del ingreso y de la pobreza. Si uno repasa los documentos del actual Episcopado a lo largo de varios años, salvo los específicos sobre algún tema religioso, todos los que abordan cuestiones de interés general y reflexiones globales sobre la realidad del país tienen un capítulo significativo dedicado a la pobreza y a la distribución del ingreso. Cuando se produce en el país un debate sobre la pobreza y la distribución del ingreso porque el Gobierno aumenta la alícuota de un impuesto con el propósito declarado de hacer una transferencia de ingresos, el documento del Episcopado no menciona la distribución del ingreso y la pobreza. Esa es una toma de posición estridente por omisión, pero igualmente clara.”

–¿Cómo caracterizaría la relación entre la Iglesia Católica y los gobiernos de Néstor y Cristina?

–A partir de 2003 ha habido una reticencia del Estado a aceptar el rol que tuvo la Iglesia Católica, que se manifiesta en la decisión presidencial de desconocer como secretario de Estado al obispo castrense, por haber aludido a los vuelos de la muerte en una polémica política con un ministro, en la resistencia oficial a permitir que los Tedéum se conviertan en momentos de arenga política en los cuales la jerarquía eclesiástica le indica a un poder subordinado qué es lo que tiene o no que hacer. Si la jerarquía eclesiática quiere reunirse con la Presidenta, la Presidenta los recibe inmediatamente, pero no los considera asesores a tener en cuenta para tomar las decisiones políticas que van por una cuerda distinta. En los actos de la Mesa de Enlace siempre hay una virgen y una bandera; es la asociación propia del nacional-catolicismo: Dios, patria, hogar. Lo argentino es lo católico, lo que no es católico es extranjero, y como extranjero extraño, ajeno, infiltrado y debe ser rechazado. La Mesa de Enlace ha buscado contacto con el Episcopado, se ha reunido con el obispo Casaretto. El Gobierno no ha aceptado esa intervención porque no reconoce ese rol de la jerarquía católica. Al mismo tiempo éste no es un gobierno que se haya caracterizado por atacar a la Iglesia. Le paga todos los subsidios, tanto los que son para el sostenimiento del culto, los que tienen raigambre constitucional, como los que tienen que ver con la transferencia de recursos para el sistema educativo católico, que no son de raigambre constitucional y podrían modificarse sin afectar el sostén del culto católico. Este gobierno simplemente no acepta a la jerarquía como un actor político. Y ésa es una de las razones de la crispación constante del cardenal Bergoglio y su búsqueda permanente de factores de irritación contra el Gobierno.

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