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"Si la libertad significa algo será,sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oir" George Orwell

martes, 8 de marzo de 2011

Mujeres árabes, cineastas y activistas

La tunecina Dora Bouchoucha y la egipcia Jihan El Thari analizan la situación en sus países tras las revueltas

ÁLVARO CORCUERA - Uagadugú (Burkina Faso) - 


"Cada productor, cada cineasta... pero también cada panadero, y no estoy bromeando, puede ayudar a crear la democracia. La revolución tunecina no fue cosa de los intelectuales, sino de la gente. En realidad, nosotros los profesionales del cine no tenemos muchas lecciones que dar. Tuvo que ser la inmolación de Mohamed Bouaziz la que apretó el gatillo", reflexiona Dora Bouchoucha, directora y productora de Túnez, y presente en el FESPACO, el Festival de Cine Panafricano de Uagadugú (Burkina Faso) que se celebró la semana pasada. La ola de cambios y de protestas que se extienden por los países árabes y algunos del África subsahariana es, según ella, consecuencia de un "efecto dominó" que empezó en su país: "Egipcios o libios han dicho: si los tunecinos han podido, nosotros podemos".
La cineasta egipcia Jihan El Thari
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La cineasta egipcia Jihan El Thari- JOAN TUSELL | CASA ÁFRICA
 
En el FESPACO, el encuentro de cineastas más importante de África, la actualidad está presente. Y se aprovecha la presencia de los periodistas para hacer cierta crítica: "Las protestas se han extendido a muchos más países. Está sucediendo también en Djibouti o Angola. ¿Por qué no se habla de ellos? La culpa de que no se sepa más es de los medios de comunicación", apunta Jihan El Thari, cineasta egipcia. Y es que en Burkina Faso, los artistas africanos señalan a Occidente y sus intereses muy concretos para poner más atención en unas revueltas que en otras.
"Estoy orgullosa de lo que ha pasado en Egipto. Durante 15 años no he podido viajar apenas a mi país y me han prohibido trabajar allí. Así que solamente el hecho de poder volver y rodar allí sería fantástico", explica El Thari, que vive habitualmente entre París y Johannesburgo. Para esta escritora y directora de documentales -ha trabajado para la televisión francesa y para la BBC, y filmó los campos de entrenamiento de Osama Bin Laden en Sudán en 1992-, todavía es pronto para saber si la marcha del presidente Hosni Mubarak servirá simplemente "para hacer cambios cosméticos" a Egipto o si por el contrario, se modificarán "los cimientos de los problemas". Sea como fuere, señala, "lo más importante es que la gente ha roto la barrera del miedo. Han dicho basta. Es enorme y muy difícil lo que han hecho".
Ese esfuerzo de los egipcios por hacer historia en la plaza de Tahrir tuvo una característica que destaca esta cineasta: "Durante 18 días hubo muchísima gente en las calles. ¿Pero cuántas caras has visto que hayan emergido para liderar el futuro? ¡Ni una! No existen porque el antiguo régimen se encargó de decapitar a la clase media. Y esa es la peor enfermedad. Abolieron ese perfil de hombres y mujeres críticos capaces de surgir como nuevos líderes".
En el caso tunecino, cuenta Bouchoucha, la población llevaba tiempo harta: "En los últimos años se venía cociendo. No sabíamos cuándo iba a estallar. Hablábamos de política, de los problemas y de Ben Ali. Últimamente ya no bajábamos la voz". En su caso particular, nunca tuvo afinidad con el Gobierno, pero este la ignoró en cierta manera, en una suerte de juego del ratón y el gato, en el que ella sabía qué tenía que hacer o decir, y de qué manera, para no tener problemas. "Quizá no los tuve porque yo no le interesaba al Gobierno", reflexiona.
En cuanto al futuro, Bouchoucha se muestra preocupada por los intentos de "sembrar el caos" por parte del partido de Zine el Abidine Ben Ali. Mientras, para El Thari, Egipto tampoco se librará de las dificultades: "El Ejército está al mando. Ellos controlan el 30% de la economía. ¿Están preparados los militares para reestructurar sus privilegios? Ojalá, pero lo dudo". Según ella, el peligro también puede llegar por culpa del exceso de optimismo de la población: "Nosotros los africanos también tenemos la culpa de haber creado dictadores. Cuando llega alguien nuevo decimos: '¡aleluya!'. Y les damos tanto poder y crédito que se termina excluyendo a los demás. Dicho eso, ojalá esta vez la película termine como en Hollywood, con flores en todas partes, un corazón enorme y un beso final".

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